SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Desorden de identidad de la integridad corporal


Llorando. Estoy llorando. Delante del espejo. Lloro y las lágrimas caen como chorros por mis mejillas. Mi boca se deforma con mi llanto. La veo y me avergüenzo de mí mismo. Pero sigo llorando y mirándome en el espejo. Me acerco para ver más de cerca cómo las lágrimas salen de entre mis párpados semicerrados.

Qué asco.

Me estoy dando asco. Verdadero e innecesario asco. ¿Por qué lloro?, se preguntará más de uno. La respuesta es fácil. Mi mente no funciona bien. En otras palabras. Estoy loco. Loco. Acabo de darme cuenta de que hace unos quince minutos me he rebanado uno de mis dedos con unas tijeras previamente afiladas. Y no sé porqué lo he hecho. Estoy loco.

Loco.


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Soy un cerdo


Es increíble. Esta mañana me he despertado y no era yo. Era un cerdo. Un cerdo.

Os preguntaréis cómo es posible que sea un cerdo de la noche a la mañana. Pues yo también. Pero tampoco es que me importe. Mi vida anterior no se diferenciaba mucho de ésta. El caso es que ahora soy un cerdo, y tendré que acostumbrarme a ello. Quién sabe, lo mismo mañana vuelvo a ser humano, y la verdad es que estoy mejor así.

Yo, como cerdo, no es que sea un gran cerdo. Soy bastante gordo, como todo marrano, pero no soy un cerdo que destaque por su tamaño. Tengo la piel rosa con manchas más oscuras, una orejas que cuelgan y que incluso me quitan visión y un rabito rosita enroscado bastante chiquitajo. Vivo en una granja y estoy dentro de una cerca en la que hay un montón de paja y barro. Tenemos también una cuba de agua (bastante sucia, pero al menos no es garrafón) y un comedero lleno de una porquería viscosa que no sabe del todo mal.


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Paciente número 214


17:35 horas. Décima sesión.

Paciente: Techo.

Problema: Leve depresión debida al enamoramiento no correspondido.

- Buenas tardes, señor Techo.

- Hola, buenas tardes.

- Pase, pase. Póngase cómodo. ¿Quiere tomar algo? Mi secretaria ha traido unas galletas, caseras, hechas por ella, que están de muerte. Sírvase.

- Oh… muchas gracias.

- Bien, sr. Techo, ¿cómo se encuentra hoy?

- Bueno… No muy bien, la verdad.

- Cuénteme, ¿qué le ocurre?

- Es que… No puedo más, doctor. La veo siempre. Durante todo el día. Está delante de mí y no soy capaz de decirle nada.

- Estamos, de nuevo, hablando de la señorita Suelo, ¿verdad?

- Sí, sí. No paro de pensar en ella. Está frente a mí día y noche. A veces me pilla mirándola… Y las paredes ya están empezando a cuchichear entre ellas. Saben mucho, ¿sabe? ¡Ay, si las paredes hablasen!


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