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El Restaurante Ming


Cuando entramos en el Restaurante Ming la cara de Luisa se iluminó.

Luisa y yo llevamos casados 2 meses y aunque os parezca una locura, Luisa no ha comido nunca en un resturante chino. Sus padres son muy raritos y nunca comen fuera de casa porque dicen que les da dolor de estómago, asi  que en las bodas y demás siempre se llevan todo pre-preparado.

El caso es que Luisa no era tan rara, y cuando entramos, dijo algo asi como que se había transladado a otro lugar diferente.

Nos sentamos y ella me dejó elegir por los dos, Rollitos primavera, Arroz Tres delicias y pollo al limón, además una ensalada china y una ternera con patatas. Teniamos apetito.

Al final de la comida, se nos acercó la chica y nos dijo que nos invitaba a un licor, bueno, “licol” como decía ella.


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¡Hola, lectores!

Desde SOPA DE RELATOS queremos comunicaros que se abre la veda de los votos. Ya está disponible la primera encuesta, en la que podéis votar el relato (uno de cada autor que haya escrito) que más os haya gustado, cautivado, sensibilizado, emocionado o exasperado de todo el mes de Julio. La encuesta estará abierta durante todo el mes de Agosto.

Los relatos de Julio los podéis leer en nuestro FICHERO, en la barra lateral izquierda. Un poco más arriba es donde podréis votar alegremente.

El relato que más votos reciba, tendrá el lujo de ser reeditado, con algún comentario del equipo y de su autor, y entrará a formar parte de los relatos destacados.

Esperamos vuestra participación sincera ¡y que nos leáis!

Un saludo a elegir: mediano, grande o gigante.

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La Flecha de Fuego. Capítulo 2


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Personajes

AURO: Protagonista. Joven enamorado de Esther. 25 años.

ESTHER: Novia de Auro. Hija de Paco, el tendero. 23 años.

PACO: Tendero del pueblo. Padre de Esther. 50 años.

MÓNICA: Mujer de Paco y madre de Esther. También se hace cargo de la tienda. 50 años.

SILVIO: Hermano pequeño de Esther. 17 años.

ZOA: Hermana pequeña de Auro. 18 años.

NOÉ: Primo de Auro. Ama a Esther en secreto. 26 años.

LUCIFER: El Diablo. Señor de las Tinieblas.

Escena 2ª

Escenario: Aposento de los padres, PACO y MÓNICA.

Situación: Ellos se encuentran en el dormitorio. Él tumbado, pues está enfermo y ella atendiéndole. ESTHER entra en la antecámara y habla sola. La madre se da cuenta y espía a través de la puerta.


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El náufrago humillado


                Despierto. Me duele la cabeza y tengo los ojos secos. Borroso. Todo lo veo borroso. Delante tengo lo que parece ser el mar y debajo de mis nalgas noto la cálida arena de lo que parece ser una playa desierta. No sé cómo he llegado hasta aquí ni cuánto tiempo llevo desmayado.
                El Sol está cada vez más alto y mi moral cada vez más baja. Noto como los rayos del sol me golpean en la cabeza con fuerza, friéndome los sesos por dentro. Mi mirada se pierde en el horizonte tratando de escrutar cualquier tipo de señal que me pueda decir qué demonios hago en este lugar. Finalmente mi cabeza empieza a dar vueltas hasta que caigo desmayado.               
                Vuelvo a abrir los ojos. Ha atardecido. Tengo sed… ¡Tengo mucha sed! Miro a mi alrededor y no veo más que arena y el oleaje del mar. Arena y mar. Mis párpados se vuelven a cerrar. Parece ser que lo único que puedo hacer bajo este sol abrasador es desmayarme.        
                Empecé a soñar que estaba en una bañera blanca algo sucia, junto con un patito de goma amarillo y unas gafas de bucear. Al intentar coger al patito, éste me sonríe y grita:           
                – ¡Heeeelados! ¡Patatas! ¡Cooooocacolasssss!     
                Me despierto sobresaltado. Es obvio que mi imaginación me la está jugando, pero aun así alzo la mirada y busco en la dirección de donde parecía estar gritando el patito. No hay nada. Tan sólo me acompaña el anaranjado tono del atardecer y la salada brisa marina. Me miro las manos y… ¡Oh Dios mío! ¡Está todo borroso! Ahora soy consciente de que el sol ha debido de derretir mis retinas.      
                Empiezo a llorar de desesperación. Me estoy quedando ciego en una isla perdida. Pero las lágrimas no acuden a mí, por lo que la única forma de consolarme es gritar.           
                – ¡¡Ahh!! – trato de gritar, pero no me escucho… ¡Oh Dios mío! ¡Estoy sordo también!    
                – ¡¡Hijo de puta!! – Le grito a Dios. Levanto el puño zarandeándolo amenazadoramente mientras sigo blasfemando.               
                – ¡¡Baja aquí grandísimo hijo de puta!! – Intento levantarme, pero me caigo de culo.     
                No da resultado. Dios no baja a ayudarme. Me llevo las manos a la cara. Las tengo tan secas y ásperas que me hago daño en las yemas de los dedos al tocar mi barba. Intento levantarme otra vez, pero sólo logro ponerme de rodillas. Me tiro al suelo y empiezo a dar puñetazos a la arena. Esto es una maldición, una maldita maldición.       
                De repente un instinto suicida se apodera de mí. Me tumbo en el suelo y empiezo a tragar arena con las dos manos. Prefiero morir rápidamente antes que esperar a morirme de sed en esta isla desierta.   
                Trago arena rápidamente mientras lloro. O mejor dicho mientras me aflijo, ya que las lágrimas no acuden a mis ojos.               
                Para mi sorpresa noto como algo me agarra de hombro. ¿Un oso? Noto que me agarran también de los dos brazo y que tiran de mi hasta inmovilizarme. ¿Caníbales? Forcejeo todo lo que puedo y logro librar mi brazo izquierdo. En mi desesperación por suicidarme lo más rápido posible empiezo a palpar el suelo con la mano libre en busca de algo con lo que poder matarme.              
                Arena… arena… arena… mi mano sólo toca la arena de la playa… un momento… parece que acabo de tocar algo parecido a… ¡mis gafas!               
                Me pongo rápidamente las gafas. Al hacerlo recupero la vista, y veo como tres personas están intentando inmovilizarme. Las tres personas abren la boca constantemente como si estuvieran pidiendo auxilio, mientras más personas acuden a su llamada para tumbarse encima mía. Algunos de ellos me miran con cara de preocupación. Son todos gente normal vestidas con trajes de baños. No parecen caníbales.      
                No logro entender de donde han salido estas personas… ¿Serán compañeros de mi desgracia? ¿Vendrían en mi mismo avión cuando estrellamos? ¿O tal vez nuestro barco encalló cerca de esta isla y el oleaje nos trajo hasta aquí?     
                Noto como unas manos hurgan en mis orejas hasta meterme algo por el oído, y al instante escucho un jaleo. Alguien me ha puesto mi audífono.        
                – ¡Abuelo! ¡Deja de tragar arena! – Me grita una chica sollozante. Reconozco esa voz… ¡es la voz de mi nieta!            
                De repente, en unas milésimas de segundo, mi cerebro lo recuerda todo. Yo vine con mi familia a Benidorm y bajamos a esta playa turística. Me debí de quedar dormido y me desperté bajo el calor del sol. Lo que parecía una isla abandonada no es más que una playa para turistas. Y no estoy solo, sino entre un bullicio de gente que me mira con ojos alarmados. Duele. Me duele mucho la tripa.


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