En el ocaso
Percibo sus pasos; trota al principio, corre después. Siento su respiración agitada, cada vez más cerca. Al fin la veo. Aparece al doblar la esquina. Corre dejando atrás un corredor maldito en la calle de tierra que pasa frente a las vías del tren. Apura la marcha, se acerca cada vez más. Estira sus brazos hasta casi tocarme mientras balbucea algo ininteligible, una súplica, un ruego desesperado; sus dedos alcanzan mi rostro. Me despierto, bañada en sudor. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Necesito tantear la cama para saber que en realidad estoy aquí, no allá, no con ella. Doy un par de vueltas en la cama y al final consigo dormirme. Es la novena vez que la sueño en menos de un mes.







