SOPA DE RELATOS

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Plañidera de estación de autobuses de un barrio perdido en una ciudad desestructurada.


 

En una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mi bicicleta por un reloj con cronómetro) no dejan tiempo para pasarte por el hospital a ver a tu abuelita; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mis alpargatas por las Nike de Gasol –pero de mi talla-) no dejan tiempo para tomarte tranquilamente el café de después de comer con tu madre; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mis dos gallos por un despertador con radio) no dejan tiempo para cocinar una fabada casera, comerla tranquilamente, digerirla y cagar sin reparar en el tiempo que estás en el cuarto de baño; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié las cartas por un teléfono móvil multimedia) el oficio de plañidera ya no era útil en su concepción antigua, había que renovar la profesión, aire fresco.


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En Vías de Putrefacción #4


(Este capítulo tuvo una dedicatoria en su día, así que se la voy a mantener. Espero que os guste.

Dedicado a todos los que siguen este relato, especialmente a Champiñón, a Antonio y a Patri (aunque me termine temiendo).

¡Ah! Y para ver el capítulo anterior, aquí.)

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Extracto del diarío de María Martínez Márquez. Estudiante de 2º de la ESO. 14 años.

14 de Abril. Lunes

Hoy no ha sido un buen día. Mi madre me ha llevado al médico porque dice que me pasa algo. El médico no me ha hecho sacar la lengua ni nada, sólo me ha estado hablando. Tampoco tenía bata, como el resto de médicos. Me ha dicho que tenía que comprarme un diario y anotar en él todo lo que me pase, así no me tendrá que recetar ninguna medicación. Y eso estoy haciendo. Tengo que escribir todos los días.


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La Pintura


Dedicado con especial cariño a Pequadt, quien me ha recordado que todos tenemos un inicio. Este es mi primer relato publicado en internet. Espero k os guste

Aquella mañana el Sol no quería asomarse, tenía pereza de levantarse, no quería ver a las mismas personas de siempre, que a ritmo de monotonía realizaban las mismas tareas en un continuo vaivén rutinario. Las nubes y la lluvía tomaron el relevo, anunciando la llegada de un estado de ánimo algo oscuro y sobretodo, lleno de nostalgia  y de sentimiento por lo que se había dejado atrás.

Kasumi, la niña niebla, observaba a través del cristal mojado los movimientos lentos de Taro a través de su habitación. Había reñido, se daba cuenta una vez más de que las cosas no eran como él quería. El mundo iba en su contra, un alma que quiere dar, pero recibe lo que más odia. Una vez más se daba cuenta de la insignificancia del hombre.


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