Oh, querida
Te deseo con locura. Cada vértice, cada ranura. El parpadeo de tu mirada, roja y verde, me convence a cada instante de la certeza de tu vida, me basta un botón para hacerte mía. Mío es tu control, mía es tu realidad. Yo decido qué hay en tu mente, qué hay en tus entrañas, cuándo y cómo se abrirán las ranuras que te comunican conmigo. Es el tacto de mis dedos, acariciando con el sensual y mecánico ritmo que me gusta, lo que te permite abrir la mirada al mundo. O eso creía yo, hasta ahora.
Porque dime, oh, computadora. Dime, asquerosa zorra inmunda: ¿por qué te reseteas? ¿Pero qué carajo te hice yo? ¿Acaso no cambié al vil y malvado de las ventanas de colorines y te abrí las puertas de la libertad a lomos de un pingüino? Yo te quiero, te quiero mía, a mi merced, ¡no a la merced de tus caprichosos reseteos! ¿Es acaso este tórrido calor? ¿Por qué, querida mía? Casi 8 años juntos y ahora me desprecias. Muchas más jóvenes qué tú suplicaron a mis pies, yo no las acepte… porque eras mía.








