SOPA DE RELATOS

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El Cielo


Recomiendo fervientemente leer este relato después de haber leido El Infierno (si no lo lees primero El Infierno antes que El Cielo perderás todo el suspense generado).

 

Me acabo de despertar en este tétrico cuarto de paredes de color carne. No hay luz ni oscuridad, no hace ni frío ni calor. Es como estar en una caja, protegido.

Delante de mí hay un espejo con un marco dorado. Me acerco a él. Es inevitable no acercarse. Me doy cuenta de que el marco es de oro. Mis ojos se posan, sin yo controlarlos, en el espejo. Obviamente me veo a mí, tan bajo, tan fofo, con esos ojos feos… un momento… ¿era yo así de guapo? ¡Yo antes no tenía esos abdominales, ni esa cara de triunfador!


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Microrrelatos Hiperbreves 3


(Parte 1, parte 2)

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1) El cirujano

Y todo por un error del cirujano plástico.

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2) ¿La paz?

No era la más querida, pero sí la más magreada.

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3) El científico

Apenas logro comprender cómo funcionas.

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4) Amor

Rizos, curvas, carne, tacto y fin.

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5) Ladillas

El experimento salió mal.

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Lascivo. 3 de Setiembre de 2008

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En Vías de Putrefacción #8


(Hoy dejo el capítulo un poco antes, que tengo examen por la tarde, ¡Deseadme suerte, mortales!

Ah, y si os perdisteis el de ayer, clickad aquí o arrepentíos)

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El inspector González devora un bocadillo de atún con tomate empotrado en la cómoda silla de su pequeño despacho. Su bigote, lleno de miguitas de pan, oscila de un carrillo a otro con cada bocado. Olmedilla, el diminuto y granudo ayudante del inspector, se dirige a la puerta del despacho y la golpea tres veces con los nudillos, abriéndola.

-Señor inspector…

-¡Mierda Olmedilla! ¡Espero por tu bien que me traigas buenas noticias! ¿No ves que estoy ocupado?

-Señor… No era mi intención molestarle mientras comía…

-¡Mientras comía! ¿¡Mientras comía!? ¡Joder Olmedilla, joder! ¿No ves que estoy trabajando? ¿Qué cojones vienes a contarme?

-Olmedilla… Digo, ¡señor! Señor… inspector… yo…


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A la hechicera no la dejarás con vida


     

       

       El sol del mediodía brilla con fuerza en el cielo diáfano, en el que se recortan, a lo lejos los picos nevados sobre las verdes colinas del valle. Atada de pies y manos al poste donde minutos más tarde será quemada viva, la muchacha vuelve sus ojos al cielo. Una brisa tibia acaricia su rostro. Ella cierra los ojos e inhala suavemente el intenso perfume de la primavera. Al abrirlos el reencuentro con la realidad es cruel. La multitud que poco a poco fue congregándose alrededor de la hoguera, clama a viva voz por ver concretarse el siniestro espectáculo. El párroco de la capilla que es a la vez inquisidor y testigo, y fiscal y defensa se acerca empuñando su crucifijo.

 

    -Arrepiéntete ahora, y al menos no sufrirás la condenación eterna- susurra al oído de la joven.

 


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