La vida en pelotas nos hizo menos idiotas.
Ese día me desperté sobresaltada. Porque mi radio-despertador no había sonado. El ruido característico de un típico amanecer madrileño había desaparecido: coches, la puerta del garaje y el taconear de la vecina. Solo los pájaros y el viento contra la persiana. Qué ironía despertarse por culpa del silencio. Un silencio incómodo y amenazante.
Me incorporé e inmediatamente lo noté: estaba desnuda. Abrí mi armario. Toda la ropa había desaparecido. Busqué por los cajones, debajo de la cama, en el salón, cocina, baño, hasta me atreví a bajar al trastero, tapada con el cuadro del pasillo. Y cual fue mi sorpresa al encontrarme a dos vecinos en mi misma situación, utilizando la tabla de planchar a modo de escudo protector.
Ese día desapareció la ropa de todas las casas, tiendas e industrias textiles de la ciudad. Provincia. Comunidad. País. Ese día nadie salió de casa. Ni al día siguiente. Ni al otro.







