SOPA DE RELATOS

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Una nueva vida (Capítulo 8)


La chica giró el cuello rápidamente hacia mi posición, pero afortunadamente tras convertirme en vampiro mis movimientos alcanzaron una magnifica velocidad, y pude saltar instintivamente a una escalera de incendios medio derruida antes de que sus ojos enfocaran al lugar donde debía de estar. La chica no vio nada más que al gato asustado, y con un suspiro de alivio siguió caminando más rápidamente que antes. La seguí por las escaleras (pisando con cuidado el metal para que no me delatara) cuanto pude y bajé al suelo cuando vi que la chica giraba otra esquina en dirección a un callejón. Fui tras ella, dejando más espacio entre nosotros. La poca iluminación de la zona me permitía refugiarme de sus miradas fugaces, hasta que hubo un momento en el que ésta pasó de ser escasa a nula. Mis ojos se adaptaron muy rápidamente (demasiado rápido a mi parecer) a la oscuridad total, y pude ver a la chica tocando las paredes de los edificios para poder orientarse. Continué tras sus pasos, mucho más lento que antes, esperando a que ella también se adaptara a la noche. Pasé junto a un escaparate, y vi dos destellos rojos en su interior. La primera reacción fue alejarme del cristal con un salto, pero cuando me fijé detenidamente noté que el brillo rojo venía de mi propio reflejo, y en concreto de mis ojos. Me quedé quieto, observando el color rojizo casi hipnótico, que aunque era débil como para ser visto desde lejos, en distancias cortas eliminaba toda la posibilidad de hacerme pasar por mortal. Quizás por esto mis ojos se han adaptado tan bien a la oscuridad… Volví la mirada hacia la chica y vi que se alejaba bastante de mi posición, por lo que dejé atrás el escaparate y recorté distancias.


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Tempestad de arena


A veces el destino se parece a una pequenya tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. (…)

Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena, e ir atravesándola paso a paso.


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Rehén


¿Me podría decir la hora?- me dice, en un susurro el hombrecito de los ojos redondos. Apenas mueve los labios, sin dejar de mirar hacia la puerta, cuidando no ser visto. Le respondo-también en un susurro, tampoco yo quiero ser visto- que no llevo reloj. El hombrecito me mira un poco desilusionado, e intenta la misma pregunta con la mujer que está sentada junto a mí. Me pregunto de qué servirá saber la hora en estas circunstancias. Qué más da si son las ocho, las nueve o las diez (yo diría que son las nueve y media) si nuestro tiempo ya no nos pertenece (aunque nunca nos haya pertenecido realmente), sino que depende de lo que estos hombres dispongan.

-Nueve y veinticinco- responde la mujer. El hombrecito respira satisfecho.


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