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Los Hijos de David (Capitulo 1): Negociaciones


Atravesando el enorme portón de la fortaleza y recorriendo los laberintos de pasillos y escaleras, David se recoloca bien la coraza y limpia la coagulada sangre de la espada que varios dias atrás pertenecio a algún loco guerrero que no sabia donde se metia. Está preparado para mantener una larga conversacion con un viejo no amigo, que no puede verle, que le necesita y que tiene un ejercito basto como improperios su boca es capaz de lanzar. LLeva días pensando en este momento que es ya inminente, repasando cuidadosamente como moverse, como ponerle nervioso y como relajarle después, dado que no es rey de la palabra, sino más bien ogro, pues que mejor que llevar un par de ases en la manga por si acaso. De un rápido vistazo ve y asume que los dos guardas que le acompañan podrían ser aplastados con un buen empujón y espadazo bien blandido, como siempre.


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Ángel. Capítulo 4 (de 8)


(Aquí el resto, resto, resto.)

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Claudia planeaba en el cielo oscurecido de Madrid. Su destino: Hospital Clínico San Carlos. ¿Y qué iba a encontrar allí? Lo que estaba buscando. A otro que, como ella, es un ángel. Alguien que le ayudará, que le sacará de su desesperación. Porque Claudia ya no puede más. No puede controlar su poder. Primero fueron las alas, la repulsa de sus padres hacia ella. El miedo dibujado en la mirada de su hermano cada vez que se cruzaba con él. Luego vino lo peor. Vino el verdadero Poder. La verdadera Locura. La incapacidad de pensar nada por miedo de hacerle daño a nadie. De veras que no podía mirar a nadie sin pensar que podía volarle la cabeza, como pasó con Julio. Aquél chico de su instituto… Pero Claudia intentaba pensar en ello lo menos posible. El único objetivo que tenía ahora era encontrar al Otro, a su semejante. Ella podía sentirlo, no podría explicar cómo, pero lo notaba. Sabía que dirección tomar para encontrarle. Le notaba más y más cerca cada vez. Necesitaba verle, necesitaba hablarle.


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El Gol.


Kiko manejaba el esférico con los pies, evitando obstáculos, dando giros apoyandose sobre el balon, ó driblando y regateando al más puro estilo de Pelé o Maradona hasta ponerse frente a la porteria vacía. Sonrió y mientras Antonio el portero corría hacia él para atrapar el balón, ya se oía el ruido de cristales rotos.

- ¡Me cago en la leche kiko!¡ Ya me has vuelto a romper la vidriera de la porteria! ¡ Los vecinos se la cobraran a tus padres!- gritaba el señor Antonio alejandose de su portal, mientras perseguía a Kiko calle arriba.- ¡Corre corre!¡Que esta vez no te escapas de un tirón de orejas!

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