Ángel. Capítulo 8 (de 8)
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Son las 15:37 horas y en Madrid el Invierno acaricia las calles desiertas. Un Sol pálido restriega su fría luz por las aceras y un silencio sepulcral inunda cada esquina de una ciudad carente de vida. Sólo una silueta se mueve en el abierto cielo. Una figura lejana, pequeñita, como una mota, contempla desde su trono de aire el resultado de su obra. En sus ojos una llama se va extinguiendo mientras su boca denota un grave y profundo cansancio. Su pelo, antes de una negrura abisal, ahora tenía cierto tono grisáceo. Y en su espalda, volvían a asomar dos alas, también grises, pero mucho más enclenques que las que anteriormente lucía con tanto gracejo.
Claudia por fin estaba en paz. Por fin había acabado con todo lo que le atormentaba. Había convertido al planeta en un inmenso patíbulo y había ejecutado a todo ser vivo en él. Ahora estaba sólo ella. Ahora ya podía dejar su locura. Ahora ya podía pensar con claridad.







