SOPA DE RELATOS

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CAPERUCITA BOBA, la historia nunca contada


Érase una vez Caperucita boba, una niña que en pleno siglo XXI iba por ahí con una cesta en vez de un bolso, trencitas de Pipi Calzaslargas y una caperuza roja pasada de moda. Un día, su madre le dijo que le llevara a su abuelita, que vivía en la residencia de ancianos, una cesta con comida, bebida y las pastillas para la tensión. Evidentemente, en aquella residencia no les daban nada de nada.

Caperucita boba se fue en dirección a la residencia. Pero por el camino se encontró al Sr. Lobo, que le ofreció unos caramelos. Caperucita, que era boba pero no imbécil, los rechazó y se fue por otro camino para huir del Lobo.


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La suerte aborrece a los cagones (Parte V)


V

Al despertar Andreu se nota agitado. Ya son las seis y media del lunes, hora de levantarse. Ha dormido de un tirón pero se encuentra pastoso y algo mareado. Una ducha y como nuevo. El estómago sigue regular. Mucho mejor que ayer por supuesto, pero todavía se nota descacharrado. Una manzanilla quizá lo acabe de arreglar. Y sí, la infusión caliente lo reconforta. Mucho mejor. Mamá, me voy que no quiero llegar tarde.


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La suerte aborrece a los cagones (Parte IV)


IV


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La suerte aborrece a los cagones (Parte III)


III

Andreu salio muy satisfecho de la consulta del doctor. Y muy aliviado también. El médico había sido tan comprensivo con su problema como explícito en apuntar la solución. Esto le hizo ver que quizá debería comentar su problema con Jordi, el amigo de la infancia con quien no tenía secretos. Bueno, con quien apenas tenía secretos. Quedaron en verse esa misma tarde, sobre las seis. Tomarían un café y Andreu le explicaría su problema y le pediría consejo.


Jordi era muy diferente de Andreu. Independiente, extrovertido, atrevido. Desde niños se les conocía como la extraña pareja, de tan inseparables y desiguales que eran. Laurel & Hardy, Yogui & Bubu… La novedad para Jordi fueron los gases de su amigo, porque él ya era pleno conocedor de la debilidad de Andreu por su compañera de trabajo. Habían hablado de ello en muchas ocasiones y siempre le había aconsejado lo mismo: invítala a salir, hombre; empieza por acompañarla a tomar un café a media mañana. Pero Andreu era incapaz de dirigirle la palabra. Ni siquiera podía sostenerle la mirada más allá de dos segundos. Sólo pensar en hablar con ella y se le hacía un nudo en el estómago. Y además, ¿qué le diría?


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La suerte aborrece a los cagones (Parte II)


II

Hay noches que Andreu no puede quitarse a Meritxell del pensamiento. Da vueltas y más vueltas en la cama pensando en ella. Suele imaginarse que salen juntos, que van a la playa, que se la presenta a sus amigos…, a su mamá. ¡Y los cada vez más frecuentes sueños húmedos! ¡Y mira que hace todo lo posible por expulsarla de su imaginación siempre que la tentación se antoja irresistible! Andreu, de una manera o de otra se duerme con Meritxell en la cabeza y, al despertar, ella sigue allí tras un sueño por lo general liviano y nada reparador. Esta fijación ha empezado a provocarle un sentimiento ambivalente porque, si bien es verdad que pensar en Meritxell le produce una felicidad tan embriagadora como tonta, también es cierto que pasar las noches en blanco comienza a pasarle factura.


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EL COYOTE Y EL CORRECAMINOS


“¡Mec, mec!”

(Geococcyx velox, alias el correcaminos)

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Da igual lo ingenioso que sea el coyote. Nunca atrapará al veloz correcaminos. Al menos, eso era lo que se mostraba en la serie de televisión. Pero si la ficción trata de desafiar a la realidad, la realidad también toma la revancha y desafía a la ficción.

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En el año 1991, en el colegio de Puig d’en Valls, el equivalente humano al correcaminos era un chaval rubio y delgado como un fideo llamado Toni. Iba a mi misma clase. Y con sólo nueve años ya era un campeón benjamín de atletismo, con unas cuantas medallas en su haber.

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¿Y quién era el ingenioso coyote? Pues era yo, la Raquel, alias “la empollona”. Sacaría las mejores notas de la clase, pero de cerebro para abajo mejor ni hablemos. En resumidas cuentas, me aprobaban educación física por lástima. Y eso me daba mucho complejo.


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La suerte aborrece a los cagones


Como cada lunes y como todos los días desde hace más de un año, Andreu será el primero en llegar a la oficina de recaudación municipal. Todavía no son las ocho y él ya hace rato que ha pasado su tarjeta magnética por la ranura del artilugio electrónico que controla la jornada de los empleados. Don Marcial, el veterano jefe de departamento, lo viene observando discretamente desde hace meses. Está muy satisfecho de Andreu y lo tiene por un joven prometedor a quien no conviene perder de vista. Pulcro, eficiente, puntual por supuesto. Comedido por añadidura. Callado y los ojos siempre abiertos para no perder detalle de cuanto ocurre a su alrededor. Este es Andreu, veintiocho recién cumplidos, apenas un año y medio de antigüedad y a decir de don Marcial, un brillante futuro por delante.


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