Ojalá pudiera adentrarme entre los resquicios de la luz. Me levantaría de la silla, estiraría los brazos muy alto y, juntos, los pegaría fuertemente a mi cara. Cerraría los ojos. Me mordería el labio inferior hasta notar una sensual gota de sangre acariciando melosamente mi barbilla. En un movimiento brusco y seco, caería de rodillas, primero, sintiendo un punzante e intenso dolor en la rótula izquierda, y después, el torso, los muslos, y mi cara sangrante se desplomarían como muertos ante la infinitud del suelo blanquecino.
Después de unos instantes de adormecimiento y hermosa lujuria, pasaría entre el más sólido y firme de los enchufes que vigilan el cuarto, saboreando la entereza de cada uno de los dos agujeros que lo conforma.
Siempre desisto, penosamente, en este punto, medio inconsciente por el golpe, y cargado de ira. Y entonces sólo unos lánguidos pantalones, magullados, liberan una desencajada y cargante carcajada, que me sume en mi inconsciencia, pataleo y desmayo.
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