SOPA DE RELATOS

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La boda


Todos los comensales esperaban sentados a que saliese la comida. Parecía que los cocineros debían ser muy inexpertos pues nunca un banquete de bodas había tardado tanto en servirse. Y algunos creían que no debían haber dejado a los invitados a la boda escuchar los sangrientos golpes de la cocina escucharse desde fuera. Oyeron unos pasos que salían y todos esperaron impacientes encontrarse al cocinero con una gran bandeja. Pero del cocinero sólo se veía el brazo. Parecía que el resto del cuerpo estaba alojado dentro de las fauces de un gran animal difícil de describir. Era grande, peludo y con unos dientes escalofriantes, y se movía a saltos impulsandose con las patas delanteras. La gente palideció y algunos no se atrevieron ni a correr, aunque por lo general todos se sumaron al griterio y al caos de la gran evasión.


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Lovely Rita


Rita solía caminar sola de madrugada, sin importarle nada más que el frágil silencio de la cuidad. En ocasiones, si no hacía mucho frio, andaba descalza  sintiendo las imperfecciones de la acera y el color blanco de los pasos de cebra en las plantas de sus pies, que siempre acababan negros, pero a ella le daba lo mismo, disfrutaba en la ducha viendo como una parte de la cuidad se diluía en un grisáceo lamento hacia el desagüe.

En los días de lluvia Rita, lejos de quedarse en casa, se sentaba en las paradas de autobús a escuchar el ruido de las gotas golpeando el suelo y los coches aparcados. Disfrutaba del olor de la hierba mojada de un parque, y contaba las ondas de los charcos que avanzaban concéntricas hasta la orilla del asfalto;  imaginaba pulgas surfistas cogiendo olas de color del aceite hecho arcoíris. Y no pensaba en nada, y no decía nada.


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La Boca del Metro (Parte 1 de 2)


Bueno aqui va otro pequeño homenaje a Ray Bradbury:

Hacía ya unos doce años que Rose viajaba en el metro a diario, desde su casa hasta el mismo banco de siempre, cuando hizo el descubrimiento

Una nariz afilada, seguida de unos labios carnosos de una gran belleza, salía tímidamente de una de las paredes de la estación.

Se detuvo de pronto, mirando absorta esa extraña y nueva manifestación, frotándose los ojos, desconfiando de sus propios sentidos. “Estúpida vieja chocha” se dijo. Y miró a su alrededor, buscando empatía, en unos seres humanos-mecánicos, que se movían exclusivamente por impulsos rutinarios. Nadie se fijaba, aun cuando ella les intentaba parar y les gritaba. Ellos sencillamente le esquivaban, como a cualquier otro obstáculo de su camino.

Finalmente se rindió y volvió a colocarse junto a aquella boca. Curiosa como una niña, con los ojos preocupados pero llenos de curiosidad, esos ojos brillantes, fijos, profundos.


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Rivales…


Nos miramos fijamente. Nuestros músculos se tensionan. El público contiene la respiración. Se da la señal. Nuestros cuerpos reaccionan instintivamente. Se cruzan nuestros ataques. Recibo tus golpes. Esquivas los míos. Caigo al suelo. Mis fuerzas me abandonan. Alzas los brazos, victorioso. El público te aclama. Eres el número uno. Lo tienes todo. A mí no me queda nada. Eso es lo que piensas. Pero te equivocas. Al tenerlo todo, ya no te queda nada. Yo tengo lo único que necesito. Lo que necesita todo ser vivo. Un reto. Un objetivo. Superarte. Superarme.

Suena la campana y todos volvemos a clase…

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Mar de sangre, infierno inútil


Estaba hecho polvo, el consumo de toda clase de drogas había acabado con su cuerpo. Levantarse por la mañana era sólo una cuenta atrás hacia la muerte y la cuenta parecía no acabarse. Tras escasos instantes de pensamiento en blanco y escribir una nota de despedida decidió poner fin a tanta debilidad y acabar con su asquerosa vida. Salió a la terraza y tras conseguir mirar a alguien fijamente a los ojos se tiró, se tiró siete pisos en picado con el consiguiente mar de sangre.

Parecía que con este suicidio y aunque mucha gente dijera que es una actitud egoísta, la familia tuvo unos momentos de paz, momentos que finalizaron al leer la nota: “tú vendrás conmigo”. No sabían a qué se refería pero esa nota les dejo bastante sorprendidos.


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El Donante (I)


Un despertar diferente.

Querido hermano, he recibido la noticia de que ¡al fin! has conseguido salir del coma. Perdona que no estuviera presente cuando volviste a la vida. Me hubiera gustado estar allí y darte la bienvenida. Por desgracia debido a cuestiones que más adelante te explico he tenido que emprender éste viaje y sólo puedo comunicarme contigo por correo. Podrás ver, sin embargo, que la habitación es diferente a cualquiera del hospital, y es porque he querido que cuando llegara este día disfrutaras de una decoración alegre. En las paredes he colocado varios carteles de lugares encantadores: las calas de la Costa Brava; las playas de la Republica Dominicana; las dunas del desierto; los glaciares de la Patagonia. Habrás visto que encima del televisor coloque la cadena de música que compré en un tenderete del rastro, cerca de donde trabajabas y cerca también de aquel bar en el que sirven esos estupendos caracoles con salsa riojana. ¿Te acuerdas? Realmente están deliciosos y tú siempre me invitabas a unas raciones de lo más generosas.


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