SOPA DE RELATOS

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Llegué a un viejo edificio, parecía lo único en pie en aquel lugar.

- Disculpe, ¿la oficina del alcalde?
- si, es aquí.
- ¿Podría hablar con el?
- No, murió.
.
.
.
- lo lamento.
- Fue una pena, era un gran hombre. Culpa de un concurso de tortillas, el se ofreció de jurado; los huevos pasaron mucho tiempo al sol…nada se pudo hacer. De verdad, una pena. Sobró mucho pan, eso si.
- Ya veo… ¿nadie le sustituye?
- Solo vivíamos el alcalde y yo en el pueblo. La tortilla era mía. ¿Quiere usted almorzar?

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Piedras de arenisca


Apostada detrás de una duna, con la arena del desierto bajo mis pies, observo a la ceremoniosa procesión. Hombres de blanco de piel brillante por los aceites perfumados que cubren su piel, y ni un solo pelo en su cuerpo.


El sol, que acaba de nacer un día más, empieza a lanzar sus rayos acusadores a mi espalda, mientras observo el destino de esa gente, todavía sumido en la oscuridad.


Piedras de arenisca se levantan delante de mi, cerrando un recinto sacro. Tan sólo uno de esos hombres podrá entrar hasta el lugar más sagrado, para dar de comer y asear a su Señor, como Él manda, el más poderoso, el más adorado.



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