Destructividad
Se dio cuenta tarde de la locura en que había convertido su vida. No se puede decir que fuera enteramente culpa suya, pues fue él quien alimentó la bestia, pero no quien la parió. Siempre le había gustado escribir. En el colegio, la clase de Lengua era su preferida, no por los análisis sintácticos ni el estudio de la ortografía que, sin embargo, dominaba bien; sino por las redacciones que sus compañeros tomaban como desagradables y pesados deberes para casa, pero que para él significaban entretenimiento y oportunidad dejar volar su imaginación. En el instituto participó en concursos de literatura, con pasión, aunque sin demasiado éxito. Pero no se desanimaba, porque mientras le gustara lo que hacía, lo que opinaran los demás era secundario. Pasó la época de las redacciones y llegó la universidad, y siguió escribiendo. Publicaba con frecuencia relatos cortos en diversos sitios de internet, con similar éxito al obtenido en el instituto. Cuando, recién estrenados los veinte años, murieron sus padres en uno de tantos accidentes de tráfico, poco podía imaginar hasta dónde llegarían las consecuencias. Lo peor no fue la profunda depresión creada por la terrible pérdida, sino el método que eligió para superarla, que, por otra parte, fue una elección de lo más lógico.







