SOPA DE RELATOS

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Dale al Dédalo


Había entrado allí persiguiendo una idea. Había pasado sobre una luz ámbar en el suelo.
caminaba entre altos muros, de un blanco hueso mugriento, más anchos en su base.

Lo primero que se le ocurrió fue seguir avanzando con la mano izquierda puesta en la pared del muro, pues recordaba haber oído que así se podía hallar la salida de un laberinto. Pero como si el Dédalo le hubiese leído el pensamiento, esto no le sirvió pues pronto se encontró dando vueltas alrededor del mismo punto, así que decidió atravesarlo en dirección de la suave pendiente del suelo.

Avanzaba despacio en la penumbra tropezando de vez en cuando con lo que se le antojó rocas blandas, disponiéndolas de tal modo que le sirvieran de marca en su camino. Se asomaba con cautela a cada encrucijada.
Ahora, un poco mas seguro, tras no encontrar más que escombros, avanzó hasta que se vio obligado a virar y justo entonces metió el pie en una especie de melcocha pegajosa y oscura. Logró salir de ahí no sin esfuerzo, y se llevó consigo el molesto ruido de su pie pegándose y despegándose a cada paso.


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Un adiós con vuelta atrás


Todas las despedidas son amargas, pero algunas lo son más que otras. La de aquella tarde había sido especialmente dolorosa. Sus últimas palabras, cuidadosamente elegidas para la ocasión, conformaban un adiós sencillo, sincero y directo. Sin dar lugar a segundas interpretaciones ni dejar lugar a la duda. “Lo que se acabó, acabado está”, era la conclusión. Pero, aunque fue tan tajante respecto a la posibilidad de un “después”, sigo convencido de que cometí un error al no seguir insistiendo, aceptar el fin y dejarla. La profunda depresión que me consumió los siguientes días es prueba de ello.


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