De la perfección
Fue como si de repente me encontrara en otro lugar, desconocido y a miles de quilómetros de esa estación. Un simple roce al hacer transbordo en Moncloa, y toda la realidad dejó de tener sentido. No se trataba de nada físico, era algo más, quizá sólo la sensación de calor que me transmitía. Era como si todos mis anhelos, incluso deseos tan recónditos que ni tan solo yo sabía poseer, se materializaran allí mismo. Pero me quedé helado como un pasmarote, dejando que se me escapara. Ella, la mujer perfecta, el ideal.
Su imagen nunca se borró de mi memoria. Por eso semanas después, sentado en una cafetería del centro, me bastó una mirada para reconocerla. Esas manos, esa sonrisa… y, sobre todo, su perfume. Traté de contener el aliento para evitar así el efecto narcótico que su olor me producía, pero la fascinación persistía. Nunca hubiera creído que un sentimiento tan ilógico pudiera arrebatarme la razón así, y allí estaba. O ya no. Se escapó de nuevo.









