Yonky
Es verdaderamente una puta que alguien te diga que le gusta lo que escribes. Aquí empieza a engendrarse el monstruo que cada aspirante a letrista lleva dentro, sediento de elogios y alabanzas, de tinta para impresora y de distintos tipos de letras, que si te paras a pensar no conseguirán mejorar la resaca de versos que te gastas algunas mañanas. De repente, y casi sin darte cuenta, escribir es como un reflejo innato. Ni respirar te da tanta vida, y a la vez tanta tempestad. Sueñas en blanco y negro, metáforas en vez de coches de gama alta, sinónimos en vez de amores platónicos. Rebosas prosa espontánea, fusilas ideas que adornas con circunloquios demasiado rebuscados para ser viernes por la noche. El alma en coma y dos puntos que empieza lo bueno, empieza la subida hasta lo más alto de las letras que llevas tatuadas en las entrañas de tu poesía catártica y tiritante. Disuelves la imaginación en una cucharilla y te inyectas tu dosis diaria. Buscas en cada explosión desangrar los sentidos del lector, volver a coserle el corazón al pecho después de habérselo exprimido en cada palabra con la que quisieras remover su conciencia.
Yo señoras y señores, me declaro bajo los efectos de la literatura.







