Mediastintas
Sabemos de buena tinta que allí vivía, rodeado de toda aquella blancura, aquella planicie inmaculada.
Cuando ocasionalmente se posaba allí algo con letras, él se preparaba para darles caza.
Se armaba con un signo de exclamación al que le había sacado punta y lo empuñaba a forma de lanza, moviéndose con sigilo.
Entonces se abalanzaba contra las desprevenidas letras, que una vez desprendidas de la superficie que las mantenía presas se volvían salvajes, se encabritaban emitiendo onomatopeyas según sus fonemas a la par que intentaban embestir con sus astas.
Una vez domadas había que pegarlas de nuevo en el papel para que no huyeran; Las Sans eran un poco más dóciles que la Serif (que eran muy traviesas y revoltosas), más claras en su expresión pero sin gracias.
Las elegantes cursivas eran un tanto soberbias, con un gracioso acento italiano antiguo.








