SOPA DE RELATOS

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Un día cualquiera


Como cada día, se levanta masticando la almohada. Se revuelve y para el despertador de un golpe. Bosteza a la vez que se rasca los legañosos ojos y hecha un vistazo a su mujer; sigue fingiendo que no ha escuchado la alarma.

Él se inclina y le susurra al oído que van a llegar tarde, a lo cual ella reacciona y se levanta para ir a preparar un desayuno rápido. Aprovechando esto, el hombre ocupa el cuarto de baño, se ducha y se afeita también. Una vez ha terminado, coge la taza de café que con esmero le ha preparado y bebe rápido. Su mujer cae sobre él y le ajusta la corbata.


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La estrella inalcanzable


Ya entrada la noche, arrastrando los pies y la mirada, Selene se dejó caer en el lecho sin ni siquiera quitarse los zapatos. Tumbada en la cama, estiró sus brazos y sus largas piernas, doloridas de tanto caminar con zapatos de tacón. Se frotó los ojos, irritados y cansados de derramar lágrimas, se acurrucó a un lado de su cama y se quedó profundamente dormida.
Fue entonces, creyendo que en sus sueños hallaría el refugio que tanto necesitaba, cuando la memoria volvió a jugarle una mala pasada, evocando aquel rostro del que venía huyendo. Intentó no mirarle, pero era imposible, y se perdió navegando en cada una de sus facciones: su pelo, lacio y suave cubriéndole parte del rostro; sus ojos, mirándola fijamente con aquella expresión de seguridad en sí mismos… unos ojos tan seductores que podrían hechizar a cualquiera que osase mirarlos directamente. Quiso besarle, ahogarse en su boca y morir entre sus labios, que dibujaban una media sonrisa que le daba un aire enigmático y misterioso que hacía que las piernas de Selene flaqueasen.
Gunnar se acercó despacio, alargando una mano hacia ella. Selene quiso detenerle, marcharse, evitar el contacto con él, pero su cuerpo no la respondía. Estaba presa de un embrujo que la paralizaba y la atraía con fuerza hacia su acompañante.
Cuando estaban tan cerca que podían sentir la respiración del otro en sus caras, ella tembló y le pidió que la dejase marchar. No le sorprendió que él la besase, tierna y suavemente en los labios, así como tampoco se sorprendió al verse tumbados en el lecho, ella quitándole la ropa y acariciando su espalda, mientras él recorría la curva de sus caderas y la piel de sus muslos.
Selene se rindió, se abandonó al deseo y al placer.
Se abandonó a un amor que sabía que no era correspondido, a unos labios que la besaban, pero que estaban vacíos de sentimiento alguno.
Buceó en la mirada de Gunnar, sin encontrar ni rastro de afecto ni cariño…


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