SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

¿? ¿R.I.P.?


Hay tantas cosas que quise comprender, tantas dudas, tantas ilusiones, tantos falsos pretextos y tantas mentiras. Y lo malo es que el tiempo pasa y la nada se vuelve real, que las costumbres, buenas o malas, poco a poco se introducen y nos hacen configurar, de manera sutil y sin prisas, nuestra nueva realidad.

Y nadie se dio cuenta, nadie quiso protestar, en la cultura del máximo ahorro y la internacionalización, no estaba mal, no pasaba nada, era un acto más, una tontería, una gamberrada, una comodidad.

Pero ahora querría preguntarles qué pasa, y si no es con esta fórmula indirecta no puedo. Que las cosas importan, y aunque sean pequeñas no hay que desdeñarlas, y menos, si como esta configuran el pensamiento.


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La Muerte


 

 

Corría. Corría en dirección opuesta al viento, pues éste luchaba por arrastrarla a su lado. Con una mano sujetaba las faldas de su vestido deseando no caer, no tropezar… el cielo se tornaba oscuro por momentos, pero ya no le importaba el tiempo. Sólo le preocupaba huir de Ella, aunque en el fondo sabía que eso era completa y humanamente imposible. Los árboles de ramas retorcidas se mecían cuando el viento los acariciaba violentamente y obstaculizaban su paso; más de una vez las ramas punzantes arañaron su piel haciendo que por ella corrieran finos hilillos de sangre. Pero no le importaba.

Corría sin aliento a través de la niebla espesa y blanca que el viento movía a su antojo y con la que creaba fantasmas traslúcidos que parecían reír a su paso; procuraba no volver la vista atrás, pues sabía que se aproximaba cada vez más, podía sentir su gélido aliento en la nuca…


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Un Alma en Pena.


Tratando con el tiempo, así me encontraba aquella tarde, pensando como siempre, perdido en mis propias cavilaciones, con la falsa esperanza de conseguir un trabajo imperecedero. Del otro lado de la ventana caía, monótona y casi sin sonido, la lluvia. Más allá unos jirones de nubes negras dejaban traspasar unos mortecinos rayos de luz, la Luna reclamaba su soberanía en la noche, cabe añadir que sin demasiado éxito.


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A veces, y sólo a veces, cierro los ojos…

Digo sólo a veces porque ahora ya no puedo permitirme cerrarlos todo lo que quisiera. Siento que la amenaza constante de ser atacada planea ante mí, sobre mí, poniéndome en tensión al más mínimo atisbo de movimiento. Tensión que se traduce en un crujir de puños, en puñetazos rabiosos contra la pared del baño. Peligro silencioso que acecha a la vuelta de la esquina, preparado para clavarte un puñal por la espalda y regodearse en tu sufrimiento. Y entonces la alerta se produce. Un ruido, un sólo ruido basta para que reduzcas tu ámbito de movimiento al diámetro de las pupilas. Localizas la fuente del sonido, te giras y te encuentras unos ojos llenos de odio irracional hacia ti.


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Estás hecha polvo… no te rompas todavía.


Hoy es uno de esos días en los que hace más frío dentro que fuera. Siento cómo se congelan las palabras antes incluso de ser pronunciadas; con el corazón escarchado, crujiendo en cada helado respirar. Las manos tan frías que resulta casi imposible escribir algo medio decente. Una barrera de hielo en torno a mí, aislada de todo y de todos, gritando en silencio, sin sonido en el vacío, respirando cada vez menos, no vaya a ser que me duela, no poder correr por miedo a quedarme en el camino…

Y la duda de si realmente hay algo ahí adentro me corroe, pero a veces puedo ser tan cobarde…

La luz va desapareciendo, cómo siempre. Y cuando me quede a oscuras me levantaré, saldré afuera, y, por no quebrarme los ojos mirando de frente la realidad, giraré la cabeza hacia la ventana, sólo cenizas en llamas y una luna de plata, estrellas quemadas. Obviaré las distancias, al fin y al cabo el cielo es el mismo. Y, mientras la guitarra siga sonando, viviré en mi cabeza, pasando de toda esa mierda que acabo comiéndome a la fuerza.


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A este circo de reales…


Igual su amor también vale,
igual corresponde,
mas los ecos de las noches de diciembre
aún resuenan en mi almohada,
aún te buscan sin encontrarte mis palabras.

Se desglosan sin quererlo estrechas miradas
a las páginas de tu alma.

Eras saeta del alba, búsqueda del rocío en la mañana,
rojo fulgor en en los latidos de todo corazón,
lágrimas que empañaban mis sentidos.

Pero te siento ahora tan lejano,
insondable en el camino;
viento que arrastra lo estrellado,
huracán se torna hacia la más oscura noche;
vuelve en mi la luna solitaria,
descolgándose sus ojos y naciendo soledades.

Recuerdos caen ahora como losas en la tierra
sepultando cadáveres de escarcha,
y amarillean los versos del poeta,
pues ya no alcanzo a reescribirme y voy perdiendo,
poco a poco,
la inconsciencia.

Recaigo en lo gris de la rutina
observando a lo lejos castillos en el aire,
anclada en tierra de nadie;
promesas deslucidas en el km. 0


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