SOPA DE RELATOS

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LEX, LEGIS (Leyes)


- ¡Protesto!

- No se admite la demanda.

- ¡Pero mamá! A mis amigas les dejan estar fuera hasta después de las doce. ¡Es lex loci!

- Aquí esa norma es irrelevante. La norma vinculada a nuestra lex domicilii es “a las once en casa”.

- ¡Eso es lex iniusta! Exijo el recurso de amparo al Tribunal Supremo… ¡Papáaaaa! ¡Mamá no me deja salir con mis amigas!

- Pero bueno… ¿Ya estáis otra vez las dos? (¿Quién me mandaría casarme con una abogada?)

MORALEJA: “La categoría profesional no influye en la temática de las discusiones madre-hija”.

  • lex loci = ley del lugar
  • lex domicilii = ley del domicilio
  • lex iniusta = ley injusta
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EL SUPERMERCADO (PARTE I)


(1969California, un supermercado cualquiera en cualquier lugar de los barrios bajos de la ciudad)

La señora Gutierrez avanzaba muy inquieta, con ansia por llegar al supermercado. ”Es solo un barrio más, no tiene porqué pasarte nada” se decía a si mismo, mientras en las aceras ladrones y mendigos clavaban su mirada sobre ella. Entró porfin agradeciendo a dios la ayuda prestada. También le dió gracias a la virgen y a los doce apostoles. Media hora despúes se dispuso a hacer la compra. El lugar estaba lleno de marujas y de chachas de todas las razas y de todas las edades. Había también un hombre de raza negra vestido de pollo que ofertaba alitas de pollo con salsa de barbacoa. Ella pensó que no era mala idea comprar una caja para la cena. ”A Ralph y a los niños les encantarán, estoy segura vaya” pensó mientras se aproximaba al hombre pollo.


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Cuando Walt Disney despierte: Parte I


Como cada día a las 8 de la tarde, Peter Berling saca a Bruno de paseo mientras se fuma un par de cigarros. Camina ensimismado, haciendo un repaso pormenorizado de las tareas que deberá completar al día siguiente en la oficina. No puede olvidarse de mandarle el fax al capullo del gerente, ni tampoco, de repasar el apasionante informe mensual de contabilidad de clientes.

Mientras recoge una cálida cagarruta canina, idea una excusa para ir al escritorio de Estela y hablar por fin de algo que no sea meteorología o fútbol. Realmente el fútbol le importa tanto como el color de la ropa interior de su gerente.

Cuando llega a su bonito adosado grisáceo abre el buzón y, bajo las facturas del dentista y varios folletos de colorines, encuentra una caja de plástico de las que se usan para los DVDs. No parece ser ninguna película, ya que en lugar de portada la cajita está recubierta por una fina película plateada.


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Un relato de amor (Parte 1: Encuentros)


Durante muchos años convivimos, durante muchos años nos vimos, e incluso, alcanzamos a cruzar un par de palabras… sin embrago (y por mucho que duela) a duras penas lográbamos identificarnos, tú en tu vida, llena de personas que te querían y comprendían, yo en mi mundo solitario lleno de personajes de mis novelas e investigaciones que sólo interesaban a aquellos que quisieran oírme (pocos… rayando en  ninguno).

Esta situación se prolongó durante casi 5 años (¿o cuatro?… no logro recordarlo con claridad) pues ya, acabando un ciclo de nuestras vidas, empezamos a hablar, a reconocernos, y contra todo pronóstico… a entendernos.

Tu lograste entrar en mi reducido grupo de compañías, y yo logre destacar entre tus ya numerosos amigos (sorpresa mía que les llamabas compañeros o conocidos sin la más mínima muestra de remordimiento).


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tétrico…Don´t worry


“Luis paseaba con los cascos puestos y daba saltitos con los pies cuando me lo cruce la semana pasada.

Cuando le paré parecía sonriente, algo que me inquieta más al pensar que se suicidó y fuí la última persona a la que vió.

Me comentó que se había muerto su madre esa semana, pero que estaba mayor..Y que había dejado de trabajar en el sitio en el q llevaba quince años, porque había decidido tomarse unas vacaciones largas.

Apenas estuve tiempo hablando con él…pues alegué tener prisa, el sonrió de nuevo, me chocó la mano y se puso los cascos alejandose en dirección contraria a por donde yo tenía que ir.

Realmente no me paré a pensar que se dirigía al puente para tirarse… Aunque parecía feliz, sobre todo recuerdo la canción que iba tarareando… “Don´t worry, be happy”.


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GRACIAS DIOS.


” Metro de Madrid informa: por una averia en las lineas seis y cua…”                                                                                                                                                   

Me cago en la puta Dios, yahvé, o como te llames. Encima ya son las 8:45, llego tarde. Mierda, justo tenia que pasar esto el puto dia de la selectividad. Manda huevos la palabrita eh, selectividad. Me cago en tí , ¿para que nos haces inventar esa palabra?. Corro con todas mis ganas (poquitas) hacia la salida de la estación Alonso Martinez. A mi derecha, Viena Capellanes. ¡Qué hambre!. A mi izquierda, una chica de esas que me follaría una y otra vez sin descanso. ¡Qué hambre!. Me pregunto mientras continuo corriendo a la parada del autobús 125 cuando perderé la virginidad. Era algo que me pesaba tantisimo…Bueno, aun tengo dieciocho años, que mas da. Puedo esperar hasta los veinte. Pero ya está eh, dios, a los veinte follo ¿vale?. Son las nueve cuando llega el autobus con un gordo al volante. Y como no, una vieja de esas asquerosas se cuela delante mia, bastón en mano, lista para subir al vehiculo con la velocidad de un camaleón. Y con los mismos ojos que un camaleón, porque la muy arpía vigila constantemente sus espaldas agarrando el bolso con esas uñas bañadas en carmín precedidas de unas manos huesudas. Mira Dios, ¿porqué no la matas?. Antes de responderme, piensalo. Tendrá mas de noventa años, está sufriendo. Acaba con su dolor. [...] Bueno pues nada, luego no vengas tu pidiendo favores. Me siento en el bus y vuelvo a hablar con él. Me obsesiona el tema del sexo , la virginidad, y todo eso. Y tengo muchas preguntas.


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La noche mas blanca


Al despertar me he sentido confuso. Todas las paredes de mi cuarto estaban desnudas, pálidas. Todo había desaparecido, excepto yo, la cama y la ventana, y a través de ella solo veía una intensa luz blanca, que lo inundaba todo ahí fuera.

De pronto estaba de pie, frente a la ventana. No recordaba haberme movido. Observe con atención el exterior, pero por mucho que me esforzaba no conseguía vislumbrar nada. Solo esa inmensa fuerza lumínica. Me esforcé aun más y apreté mi cara contra el cristal. En seguida note como el vidrio absorbía mi nariz. Por un momento creí que perdería el conocimiento por el intenso dolor, pero a los pocos segundos la fricción se detuvo, y ahí quede, con la punta de mi nariz al otro lado del cristal, atrapado.

Hubo un momento de calma.


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Chu-chu-chu-chu-chúpamela


“¡Chú-chú-chú-chú-chúpamela!… Yeah… Chú-chú-chú-chú-chúpala ya”.

El reggaeton amartillaba los oídos de Paco. Sus vecinos no paraban, todo el día, con la musiquita infernal para arriba y para abajo.

Su mujer, Lidia, estaba harta. Habían llamado a la policía muchísimas veces, pero los muy cabrones apagaban la música en cuanto oían una sirena acercarse.

El hijo de Paco y Lidia, Jon, tenía tres años, y repetía todo lo que oía. Le parecía gracioso ver la cara de sus padres cada vez que decía “Chúpamela” o “Eres mi zorra. Mi linda zorra. Hasta que me corra”. Jon, lógicamente, no entendía lo que decía. Para él sólo eran palabras sin sentido que hacían enfadar a sus padres. Era divertido. Salvo cuando la música seguía por la noche. Seguía y seguía y Jon no podía dormir. Entonces lloraba y ahí es cuando sus padres se enfadaban de verdad. Aporreaban la puerta de los vecinos y se oían gritos desde el interior. “¡Déjanos en paz, coño!”, o “Llama a la poli ya y vete, huevón”. Y la música seguía, y la policía no venía, decían que era inútil, y la música seguía. “Chú-chú-chú-chú-chúpamela”.


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Olor a mañana


Bajo la nube de polución, la ciudad despierta con olor a cruasán y gasóleo, como cada mañana. Un puñetero histérico toca el claxon, aquel del periódico frunce el ceño y un niño ojeroso lanza el despertador contra el suelo. 3 millones de autómatas se mueven al compás del tecleteo o el ronroneo de las máquinas. Huele a café y a tinta, huele a mañana.

David M. sale de la ducha, con una mano alcanza una toalla rosa y con la otra enciende un transistor recubierto de polvo.

-¡CRISIS! ¡CRISIS! … el gobierno… ¡qué desastre! los índices indican…los analistas predicen…

– Con Adelgar el engordar se va a acabar. Ya no le verán como antes.

-¡GAZA! ¡45 muertos en AFGANISTÁN!

¿Adel qué?-. David M. se acaricia la barriga con preocupación. Suspira y vuela con los ojos cerrados.


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Desfase


La cabeza me va a reventar, es lo único que mi cerebro es capaz de articular, y lo que me hace darme cuenta de que sigo vivo. Intento abrir los ojos, y un estallido de luz inunda mis ojos provocando que los vuelva a cerrar. Lo intento de nuevo pero más despacio, hasta darme cuenta de que no hay tanta luz como pensaba, pero aun así molesta la muy puñetera…

Intento incorporarme pero parece haber subido la gravedad, porque algo me empuja de nuevo atrás. Me mareo, cuesta creer que no puedo ni sentarme en la cama. Por cierto, ¿donde estoy? Este cuarto no me suena nada.


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why I fight?


Dos cuerpos, dos bocas, demasiados dedos intercambiando caladas con destino a ninguna parte. Entrelazadas con el humo se escapaban las palabras, resultaba complicado averiguar dónde acababa una y empezaba la siguiente, se descolgaban sílaba por sílaba de aquel balcón pendiente de la mole de ladrillos que abatía las miradas, desgranaban las vocales en las esquinas de aquella calle gris y gigantesca, fría aún siendo hija del agosto, reemplazado el sol por la insultante luz de las farolas. La conversación versaba sobre las creaciones de éste y aquel, acerca de cómo seducir a las musas y encadenarlas al vago atisbo de inspiración que siempre acababa siendo un desvarío inconcluso, soñado mientras las distancias entre el papel y el boli abren paso a la brecha desganada de los suelos de baldosas.


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Tarde Gris (El Entierro)


Tarde gris. Otoño.

La lluvia fina como agujas

Moja la hierba muerta.

Lamentos. Quejidos.

Súplicas.

 

La monótona melodía

De un violín lejano…

Clava sus notas melancólicas

En los corazones desdichados.

 

Las flores mustias envidian

Al enhiesto ciprés que,

De nefasta piedra rodeado,

Observa la escena sin interés.

 

De negro las mujeres,

De negro los caballeros,

Corren las lágrimas con las notas puntiagudas

A lo largo del sendero.

 

Una fuente murmura.

Sopla, frío, el viento.

Todos callan. Nadie habla.

Parece pararse el tiempo.

Tarde gris.

Las nubes, tristes, se agolpan

Para darse mutuo consuelo.

 

Alza la voz al cielo

Mirando el yerto, níveo y muerto


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El abismo de Liberto


Le vi por primera vez dónde sólo se ve a los muertos, en un sueño. Tenía las manos suaves, me agarraba con fuerza para subir una pendiente abrupta, en medio de una niebla espesa, que no hacía presagiar nada bueno. A pesar de sus esfuerzos, de sus palabras de aliento, mi respiración era cada vez más agitada, mi corazón latía en la cabeza con un ritmo frenético y mis músculos se iban tensando tanto que dolían como miles de agujas ensartadas en las sienes. Cuando mi mano se soltó de las suyas y empecé a caer, desperté con la sensación de seguir cayendo al vacío.


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El acantilado


El inspector general de la policía de Crawley, un cincuentón adaptado a la rutina refunfuñaba por haber tenido que alejarse tanto de su comisaría. El caso es que una serie de extraños asesinatos se habían producido a lo largo de toda la costa de West Sussex, y la policía de toda la región no daba abasto, así que habían tenido que recurrir a las pacíficas villas de interior donde nunca sucedía gran cosa que valiese la pena registrar con un sinfin de inútil papeleo.


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El Ataque del Actor Protagonista


Un señor vestido de Espinete me pregunta qué hora es. Le digo que no lo sé, mi reloj se ha parado. Aún así, inconscientemente hago el movimiento mirar hacia mi muñeca, donde está el reloj. Creo que fue ahí donde me robó la cartera. Una cartera de piel negra, de importación, de primera calidad.

En la comisaría de policía una mujer de dos metros veinte me atiende con una tranquilidad que ya la quisiera el teniente Colombo. Incluso tiene también un ojo locuelo. Aunque yo diría que los dos van a su aire. De todas formas, es guapa, muy guapa. Siempre me gustaron altas. A los cinco minutos de hablar con ella se me olvida lo que había venido a hacer aquí y la invito a tomar un café. Lo rechaza, dice que el café no le gusta. Le digo que entonces un té. También lo rechaza. Le gusta, pero dice que la teína le pone demasiado activa. No la creo. Aún así, insisto y le digo que se tome lo que sea conmigo. Me dice que no come nada, que es una vegana de nivel 10 y que tiene prohibidos todos los alimentos sólidos.


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Volar


Llegó al atardecer, cuando el Sol, como un padre que vigila a sus hijos desde las alturas, estaba ya escondiéndose en el horizonte para dar paso a la Luna, cuya tenue luz blanquecina nos cuida de noche y nos protege de nuestros miedos. “Es la hora”, pensó “Ya estoy preparado” Y lo estaba. Había esperado mucho para ello, sabía que ese día iba a llegar tarde o temprano, y por fin, tras todo el entrenamiento físico y mental al que se había sometido, estaba preparado. Le costó bastante al principio, le daba miedo no tener las cualidades necesarias para hacerlo, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que lo necesitaba: allí estaba atrapado, encadenado a una pared con gruesas cadenas de hierro, oxidadas por el paso de los años, la monotonía, el sufrimiento, las broncas, los llantos… todo aquello había formado una bola que le acechaba incluso en sus sueños. Hasta que dijo “¡basta!” Con esfuerzo sobrehumano se había liberado de las cadenas, las había roto, aliviando el dolor de sus muñecas, con la piel rojiza y la carne malherida después de tantos años de prisión.


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Juegos de mesa (2)


 

El otro tipo, el de la bizarra sudoración, reía nerviosamente y se tocaba compulsivamente el pelo mientras el gorila lo sacaba de la sala. Ahora recibiría su dinero.

-¿Qué te ha parecido muchacho?- las palabras del Pintor sonaban lejanas, las oía, pero no podía contestar, no parecía hablarme a mí.

La voz acida de su lacayo me sacó del trance – Este no sabe donde se ha metido. Los únicos cadáveres que ha visto han sido en las películas del autocine cuando iba a meterle mano a su novio- su comentario le pareció muy gracioso y soltó una sonora carcajada, dejando ver los huecos donde antes había dientes.

-no tengo novio- No sé porque dije eso. Quería decirle que era un gilipollas repugnante por el que nadie pagaría ni un mísero céntimo para sacarle de un estanque lleno de acido si se lo pidieran, y que me había acostado con más mujeres de las que jamás a él se le han acercado sin tener que usar el dinero o la fuerza. Pero solo pude decir –no tengo novio-.


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Un relato en cinco minutos


Hoy he ido a una iglesia y el cura me ha confesado. Le he dicho que he robado el dinero del cestillo y me he bebido el vino de misa.

Jamás vi a un hombre de Dios caer tan profundamente en la ira. Me ha empezado a gritar, a decirme que me fuera, a decirme que soy la vergüenza de su casa… Es que es mi hijo. Desde hace unos años vivo con él, desde que murió su madre. Mi mujer, ¡qué mujer! ¡Y qué croquetas, oiga!

Cambié el sexo por las croquetas desde que teníamos cuarenta años. Sus últimos treinta, me dejé el colesterol y la figura. Claro que el infarto lo sufrió ella. Y la figura no es que la perdiera, sino que la encontré. Esférica perfecta. Llegué a ir a la facultad de Matemáticas como ejemplo para una clase. Incluso fui el tema central de la tesis de uno de los profesores. “Estudios de las geodésicas en espécimen humano. Un tratado de la información de trayectorias óptimas”, se llamaba.


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Te quiero. (Final)


Hoy me he levantado pesadamente tras un agetreado fin de semana, tras ir al cine, a comer, al teatro, a cenar, a estudiar…Enfin. Nada mas me levanté puse en marcha mi plan: cogí un cuchillo de los de sierra de la cocina y lo metí en el bolsillo pequeño de mi mochila QuikSilver. Cuando ví a Fernando , una vez en el patio de las once y cuarto,no me lo planteé dos veces: me acerqué a el, el cuchillo escondido en la manga, y se lo clavé en la tripa. Siempre me pregunté como sería clavarle un cuchillo en la tripa a alguien. Hay que poner mucha fuerza para clavarlo bien, para que sangre. A lo mejor mañana salgo en las noticias, Fernando ha muerto desangrado a las 16:34

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La justicia de la calle


Martín sollozaba de alegría tras varios meses sollozando de tristeza. Montaba en su moto, con gran decisión volviendo a su barrio. Su ropa estaba polvorienta del viaje, estaba cansado, despeinado, probablemente olía mal y a veces daba peligrosas cabezadas que hacían peligrar su equilibrio, pero no se quería detener…A pesar de estar tan mal no le preocupaba ya lo que le pasase, sólo quería cumplir su palabra. Martin parecía un soplido del propio Céfiro, el dios del viento…Nada le podía detener ni siquiera las quejas y lamentos que oía en su portaequipajes. Algo colgaba por ambos lados. Era un gran bulto, un atillo de gran tamaño que sospechosamente tenía la altura de un humano. Martin entró en la ciudad y bordeó esquinas despreocupado de golpear a su “copiloto”, rodeando la antigua zona amurallada para dirigirse al sur de la ciudad, donde se encontraba su barrio. Martin derrapó en el medio de la plaza donde sus amigos solían estar. Sin bajarse de la moto dió un puntapie a los bajos del atillo y el bulto cayó desenrollándose al suelo. Antes de que se le pudiese ver la cara a aquel envuelto individuo, Martin arrancó marcando ruedas para llamar la atención de la gente y se marchó sintiendose liberado, haciendo un caballito. Frenó cuando estaba lo suficientemente lejos como para no ser seguido, pero para poder observar la reacción de la gente.
Los curiosos que se acercaron destaparon la manta. Allí habia un hombre con sangre en la frente, con cara de miedo y una pelota de coma en la boca atada por detrás de la cabeza. Llevaba precintado a sus brazos un cartel que decía. “EL ASESINO DE MARIBEL”. Los que se habían congregado empezaron a soltar puntapies al hombre o a llamar a otros…Maribel la hermana de Martin había muerto hacía dos años, violada en la carretera cuando volvía de la Disco. Ese señor había estado dos años en la calle libre, y cuando la policía por fin había dado con él la justicia le había soltado demostrando su demencia… Y se había escapado sin problemas del hospital psiquiatrico. La noticia había espantado a la madre de Martin, y había despertado su propia furia. Si aquel individuo había quedado impune por la justicia burocrática, tendría que ver lo que era la justicia de la calle.


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