SOPA DE RELATOS

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El Ritual.


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Rojo bermellón, fumadora empedernida, misógina aparente, para qué justificarme pudiendo ser sincera. Para Iratxe, Raquel e Iker porque me da la gana.

 

 

 

 

Empieza a anochecer. Bajo la persiana y subo a tope el volumen de los altavoces, pidiendo a gritos que el Gran Hermano entre en mi cuarto y me cante bien alto para fingir que me olvido de lo-mal-que-está-el-mundo.

 

Cierro los ojos.

 

Abro el armario. Elijo ropa de zorra, eso sí, con mucha clase. Se que suena superficial, pero seamos sinceros, no solo de pan vive el hombre y esta noche te voy a dar lo que no te ha dado nadie.

 


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Deseo sin forma


La calle respiraba fuego
y húmedos cuerpos
la noche en que mis pasos
temblaron ante tu puerta.

La luna y Manhattan
nos envolvían en la blancura
del anonimato
permitiendo confidencias.

Tú no te rendías
pero mis artes malignas
y la manzana del pecado
surtían finalmente
su efecto. Y caíste,
como Adán
ante su dulce veneno.

Cuando el día despuntaba
volvió la culpa
y te encerraste
en tu atalaya de cristal,
arrepentido por quebrantar
los eternos mandamientos.

Más yo,
Eva sin principios,
serpiente urdidora
de mágicos ungüentos,
luché
contra esos soldados tuyos
del miedo. Y vencí
-sólo a medias-
al maldito Lancelot
que llevas dentro.

Hoy, siglos después
de tan extraño encuentro
te reconozco diablo,
dios absoluto,
caballero andante
y deseo sin forma.

Hoy, cuando tu pecado
ya ha sido perdonado,
vuelvo a sentir
que la calle respira fuego.


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El lamento del cautivo


Escribo estas últimas líneas con la vieja pluma de mi padre. Apenas queda líquido en el tintero, cuando se haya acabado mis secretos serán mi sombra, me acompañarán lo que me resta de vida, que no es mucha, y después de muerto serán enterradas junto a mí. En el horizonte y a través de mi ventana, veo caer el sol, rojizo, ensangrentado y en última instancia moribundo, es el reflejo de mi existencia. El calor y el color comienzan a desvanecerse de lo que en estos últimos años llegué a llamar mi cuarto, con tal de alejarme de la realidad. Se asoma la Luna, cae la noche y ésta da paso al frío y a la penumbra del bosque que rodea a estas instalaciones, en mi cuarto hay calefacción, pero no la noto, tengo el frío dentro del cuerpo. Saco dos velas y las coloco a los lados del pergamino. No me dejan tener fuego, así que mi mente crea la ilusión de que están encendidas y continúo escribiendo. Me imagino caer lentamente perladas gotas de cera, en ese momento me doy cuenta de que estoy llorando, éstas son las lágrimas del desesperado, del que sabe que ya nadie va a venir por él. Antes de sucumbir quiero decir que me arrepiento de mis actos, quiero dejarlo en constancia sobre este papel que se emborrona con la lluvia humana, que ha de ser lo último que vea en vida. Afuera se escuchan los primeros grillos y el suave aleteo de una lechuza que se afana por ganarse el pan. El batir de sus alas me recuerda dónde estoy, los ojos se me están cerrando ya y la fuerza, antaño orgullo superfluo, se me va del brazo. Mientras las últimas palabras queman el papel oigo un lamento en la oscuridad, se qué el próximo soy yo. Unos pasos firmes se acercan por el pasillo y unas llaves suenan al abrir mi puerta, ya es la hora, ya es mi hora.


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