SOPA DE RELATOS

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El Ataque del Actor Protagonista


Un señor vestido de Espinete me pregunta qué hora es. Le digo que no lo sé, mi reloj se ha parado. Aún así, inconscientemente hago el movimiento mirar hacia mi muñeca, donde está el reloj. Creo que fue ahí donde me robó la cartera. Una cartera de piel negra, de importación, de primera calidad.

En la comisaría de policía una mujer de dos metros veinte me atiende con una tranquilidad que ya la quisiera el teniente Colombo. Incluso tiene también un ojo locuelo. Aunque yo diría que los dos van a su aire. De todas formas, es guapa, muy guapa. Siempre me gustaron altas. A los cinco minutos de hablar con ella se me olvida lo que había venido a hacer aquí y la invito a tomar un café. Lo rechaza, dice que el café no le gusta. Le digo que entonces un té. También lo rechaza. Le gusta, pero dice que la teína le pone demasiado activa. No la creo. Aún así, insisto y le digo que se tome lo que sea conmigo. Me dice que no come nada, que es una vegana de nivel 10 y que tiene prohibidos todos los alimentos sólidos.


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Volar


Llegó al atardecer, cuando el Sol, como un padre que vigila a sus hijos desde las alturas, estaba ya escondiéndose en el horizonte para dar paso a la Luna, cuya tenue luz blanquecina nos cuida de noche y nos protege de nuestros miedos. “Es la hora”, pensó “Ya estoy preparado” Y lo estaba. Había esperado mucho para ello, sabía que ese día iba a llegar tarde o temprano, y por fin, tras todo el entrenamiento físico y mental al que se había sometido, estaba preparado. Le costó bastante al principio, le daba miedo no tener las cualidades necesarias para hacerlo, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que lo necesitaba: allí estaba atrapado, encadenado a una pared con gruesas cadenas de hierro, oxidadas por el paso de los años, la monotonía, el sufrimiento, las broncas, los llantos… todo aquello había formado una bola que le acechaba incluso en sus sueños. Hasta que dijo “¡basta!” Con esfuerzo sobrehumano se había liberado de las cadenas, las había roto, aliviando el dolor de sus muñecas, con la piel rojiza y la carne malherida después de tantos años de prisión.


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Juegos de mesa (2)


 

El otro tipo, el de la bizarra sudoración, reía nerviosamente y se tocaba compulsivamente el pelo mientras el gorila lo sacaba de la sala. Ahora recibiría su dinero.

-¿Qué te ha parecido muchacho?- las palabras del Pintor sonaban lejanas, las oía, pero no podía contestar, no parecía hablarme a mí.

La voz acida de su lacayo me sacó del trance – Este no sabe donde se ha metido. Los únicos cadáveres que ha visto han sido en las películas del autocine cuando iba a meterle mano a su novio- su comentario le pareció muy gracioso y soltó una sonora carcajada, dejando ver los huecos donde antes había dientes.

-no tengo novio- No sé porque dije eso. Quería decirle que era un gilipollas repugnante por el que nadie pagaría ni un mísero céntimo para sacarle de un estanque lleno de acido si se lo pidieran, y que me había acostado con más mujeres de las que jamás a él se le han acercado sin tener que usar el dinero o la fuerza. Pero solo pude decir –no tengo novio-.


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