SOPA DE RELATOS

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Chu-chu-chu-chu-chúpamela


“¡Chú-chú-chú-chú-chúpamela!… Yeah… Chú-chú-chú-chú-chúpala ya”.

El reggaeton amartillaba los oídos de Paco. Sus vecinos no paraban, todo el día, con la musiquita infernal para arriba y para abajo.

Su mujer, Lidia, estaba harta. Habían llamado a la policía muchísimas veces, pero los muy cabrones apagaban la música en cuanto oían una sirena acercarse.

El hijo de Paco y Lidia, Jon, tenía tres años, y repetía todo lo que oía. Le parecía gracioso ver la cara de sus padres cada vez que decía “Chúpamela” o “Eres mi zorra. Mi linda zorra. Hasta que me corra”. Jon, lógicamente, no entendía lo que decía. Para él sólo eran palabras sin sentido que hacían enfadar a sus padres. Era divertido. Salvo cuando la música seguía por la noche. Seguía y seguía y Jon no podía dormir. Entonces lloraba y ahí es cuando sus padres se enfadaban de verdad. Aporreaban la puerta de los vecinos y se oían gritos desde el interior. “¡Déjanos en paz, coño!”, o “Llama a la poli ya y vete, huevón”. Y la música seguía, y la policía no venía, decían que era inútil, y la música seguía. “Chú-chú-chú-chú-chúpamela”.


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Olor a mañana


Bajo la nube de polución, la ciudad despierta con olor a cruasán y gasóleo, como cada mañana. Un puñetero histérico toca el claxon, aquel del periódico frunce el ceño y un niño ojeroso lanza el despertador contra el suelo. 3 millones de autómatas se mueven al compás del tecleteo o el ronroneo de las máquinas. Huele a café y a tinta, huele a mañana.

David M. sale de la ducha, con una mano alcanza una toalla rosa y con la otra enciende un transistor recubierto de polvo.

-¡CRISIS! ¡CRISIS! … el gobierno… ¡qué desastre! los índices indican…los analistas predicen…

– Con Adelgar el engordar se va a acabar. Ya no le verán como antes.

-¡GAZA! ¡45 muertos en AFGANISTÁN!

¿Adel qué?-. David M. se acaricia la barriga con preocupación. Suspira y vuela con los ojos cerrados.


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Desfase


La cabeza me va a reventar, es lo único que mi cerebro es capaz de articular, y lo que me hace darme cuenta de que sigo vivo. Intento abrir los ojos, y un estallido de luz inunda mis ojos provocando que los vuelva a cerrar. Lo intento de nuevo pero más despacio, hasta darme cuenta de que no hay tanta luz como pensaba, pero aun así molesta la muy puñetera…

Intento incorporarme pero parece haber subido la gravedad, porque algo me empuja de nuevo atrás. Me mareo, cuesta creer que no puedo ni sentarme en la cama. Por cierto, ¿donde estoy? Este cuarto no me suena nada.


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