Chu-chu-chu-chu-chúpamela
“¡Chú-chú-chú-chú-chúpamela!… Yeah… Chú-chú-chú-chú-chúpala ya”.
El reggaeton amartillaba los oídos de Paco. Sus vecinos no paraban, todo el día, con la musiquita infernal para arriba y para abajo.
Su mujer, Lidia, estaba harta. Habían llamado a la policía muchísimas veces, pero los muy cabrones apagaban la música en cuanto oían una sirena acercarse.
El hijo de Paco y Lidia, Jon, tenía tres años, y repetía todo lo que oía. Le parecía gracioso ver la cara de sus padres cada vez que decía “Chúpamela” o “Eres mi zorra. Mi linda zorra. Hasta que me corra”. Jon, lógicamente, no entendía lo que decía. Para él sólo eran palabras sin sentido que hacían enfadar a sus padres. Era divertido. Salvo cuando la música seguía por la noche. Seguía y seguía y Jon no podía dormir. Entonces lloraba y ahí es cuando sus padres se enfadaban de verdad. Aporreaban la puerta de los vecinos y se oían gritos desde el interior. “¡Déjanos en paz, coño!”, o “Llama a la poli ya y vete, huevón”. Y la música seguía, y la policía no venía, decían que era inútil, y la música seguía. “Chú-chú-chú-chú-chúpamela”.








