LA PIEL DE LA MUJER.
Dejó caer su mirada,
incrédula y lasciva,
en la piel de la mujer,
de un dorado doloroso para la vista,
abrasador para su mano mortal,
y la mirada
– ansiosa, impaciente –
recorrió la frontera que separaba carne y tela.
La piel de la mujer
jamás estuvo tan cerca de sus manos
– sí de sus perversos pensamientos –
ni su espalda tan desnuda.
Se permitió estirar un dedo,
dudoso, inexperto,
dibujando la línea de la ropa
en el aire, a escasos centímetros
de la piel de la mujer,
para sentir el dulce y ansiado calor.
A pesar de todo, tal vez esa noche,
no iba a morir de frío.









