Relatos historicos, Primera entrega.

Vietnam, año 1966.

Había una atmosfera de olor a cereales y a carne humana en putrefacción en aquella aldea, lo recuerdo perfectamente. Los gritos de las ultimas mujeres violadas y de los ultimos hombres fusilados se entremezclaban con los disparos de mis camaradas. El viejo porfin se dispuso a hablar.

– ¡Ray! ¿Qué ha dicho? ¡Traduce! – me gritó el sargento McCarthur. Yo, por supuesto, obedecí.

– Dice que el Vietcong se ha marchado y que nunca mas va a volver a esta aldea – el viejo volvió a hablar, algo indignado – tambien reclama su derecho como vietnamita a no ser fusilado.

El sargento se echó a reir y me hizo el gesto. Ese gesto. Yo, habiendo perdido ya mi sensibilidad como ser humano, apunté a su desnutrido cuerpo y le volé las tripas. Más tarde el sargento dió la orden de quemar todas las cabañas y de avanzar por la espesa jungla. Esta estaba repleta de cadaveres de guerrilleros vietnamitas. Los guerrilleros no eran comunistas en su mayoría, ni siquiera eran hombres en su totalidad. Cuando alguna unidad estaba escasa de efectivos reclutaban mujeres que combatían con la misma fiereza que sus compañeros masculinos. Esta fiereza, determinación y renuncias reconozco que me sorprendió mucho, a mi, que había llegado del sureste asiático por un reemplazo. Aquellos hombres y mujeres menudos y, generalmente, delgados, siempre me han dejado perplejos por su tenacidad y voluntad de vencer a cuantos enemigos se le hayan opuesto. Pese a todo, el sargento dice que no es fiereza, si no fanatismo inculcado por los dictadores comunistas como Ho Chi Minh, Stalin…etc. La luz del abrasador sol matinal apenas nos llegaba, pues se lo impedían la densa vegetación. Una vez llevabamos seis o siete horas caminando por la humeda selva nos hicieron la emboscada ”esos malditos socialistas”. De entre las palmeras brotaron como por arte de magia decenas de MG-42 que el vietcong nos había arrebatado en alguna de sus escaramuzas habituales, y una explosión dejó K.O a varios camaradas.

– ¡¡¡Mortero!!! ¡¡Dispersaos!! – gritó el sargento, con todas sus fuerzas. Todo el mundo se refugió entre la maleza y tras los arboles.

Nosé porqué, pero una vez me refugié tras una enorme palmera, me eché a reir. Era una risa completamente histerica, como esa que solía venirme con mis amigos en la adolescencia. Lo cierto es que no solo se contajiaron mis camaradas, si no también las tropas enemigas. El sargento yacía en el suelo, herido de gravedad, pero nada ni nadie parecía prestarle atención. Un nuevo obús nos devolvió a todos a la realidad, y las rafagas de disparos continuaron invadiendo la selva. Tras un par de minutos, decidimos rendirnos. Los nativos tuvieron la misma piedad que hubiesemos tenido nosotros en su luga: ni la más minima. Yo podía entender lo que decían: ”Esto va por mi abuelo” o ”Así aprendereis a invadir a nuestro sagrado pueblo” decía, mientras nos llevaban a algún lugar de la selva. La mayoría iba con el torso desnudo y dejaba a relucir su repugnante desnutrición: la piel les colgaba por los codos y los pectorales y era muy facil apreciar sus costillas y sus columnas vertebrales. Cuando estuvimos bien alejados de cualquier tipo de ayuda, nos juntaron los unos con los otros e hicieron lo que su jefe les mandó . Los ultimos gritos de mis camaradas fueron ”¡¡Viva la democracia y abajo el marxismo!!” o ”Sois los chinos de mierda que veré en el infierno”. Yo me mantuve serio hasta el final, y siempre supe que aunque mi padre, allá en Texas, se vería afectado, le alegraría saber que yo había dejado el mundo por una buena causa, o eso dijo siempre el sargento, en paz descanse.

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