SOPA DE RELATOS

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La carnicera de los infiernos


Todo comenzó una tarde de mucho calor, en la que los pájaros se mojaban las alas en las fuentes y los ciudadanos de a pie, se refrescaban en bares y terrazas. Cuando lo que parecía ser una mujer, que se acercaba desde la distancia, tambaleándose de un lado a otro, a un ritmo casi gracioso. Debía de medir unos dos metros y medio por lo menos, era inmensa, tenía una larga melena negra, unos brazos largos y musculosos, fuertes como los de un campeón de culturismo, unas manos tan grandes que podían coger una cabeza y estrujarla como si fuera una simple esponja, unas piernas tan largas, que de una zancada recorría varios metros sin esfuerzo, sus ojos eran grandes y negros, inyectados en sangre, que parecía estar poseídos por el mismo Satanás. Llevaba un hacha en una mano y una cabeza cogida por los pelos en la otra.


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Azar


Torbellino… eso es el azar. Un torbellino aleatorio que arrasa con todo, moldeando la vida. ¿La vida? ¿ Cómo? Moldea los encuentros casuales. La gente que conoces. Cómo la conoces. Moldea los sentimientos. Todo.

Porque todo forma parte del mismo sistema caótico. ¿Qué sentido tiene preguntarse el por qué de las cosas cuando como causa última siempre están los dados de la fortuna?

¿Demasiado pesimista? Quizá, o también puede que demasiado realista. Es la misma historia de siempre: verlo todo con buenos ojos y luego llevarte los palos, o prepararte siempre para lo peor y (muy) de vez en cuando, llevarte una alegría.

Pero al fin y al cabo es siempre el mismo perro, sólo que con diferente collar. Sólamente nos queda elegir, en nuestra imaginación, a quién preferimos: es Dios el que juega a los dados… ¿o es el Diablo?

Yo aún no lo tengo claro.


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