SOPA DE RELATOS

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Coches grandes para gente pequeña


Joaquín estaba a bordo de su coche Land Cruiser, inmenso y colosal. Y veía al resto de los mortales por encima del hombro. Tan patéticos y pequeñitos. El ego de Joaquín era tan grande como pequeño su pene. Su complejo de inferioridad era compensado por otro de falsa superioridad que crecía día a día. En su trabajo (un buen trabajo, tenía a más de diez personas a su responsabilidad) era un verdadero cabrón, y un perfecto lameculos para con sus superiores.

Pero vamos a lo importante, Joaquín estaba a bordo de su Land Cruiser. Él y su ego seguían pensando en las musarañas cuando un minúsculo coche, un Smart, de esos tan minúsculos que sólo tienen dos plazas, se le puso delante haciendo una maniobra relativamente brusca. Indignado, Joaquín intentó adelantarle. Pero en el carril de su izquierda, un viejo mierdoso a los mandos de otra minucia de coche circulaba paralelo a él, sin cambiar su velocidad. “Putos viejos”, pensó Joaquín, cada vez más cabreado, mientras pegaba  su morro al culo del cabronazo de delante. También le dio ráfagas con las largas, a ver si no iba él a tocarle los cojones a un mierda, con el pedazo de carro que le costó un pastón. Joder.


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Furia


Un tartamudeo inseguro surgió

de su boca y de sus ojos alegres.

Una nube invisible se postró

y una niebla oscura le cego en mal.

-

La lengua empezó a correr más que su

razón maltrecha por el momento, mas

sus aspavientos mostraban en exceso

su extasis en furia y en dolor. Fuera de sí

-

Era ira, era rabia, era dolor, “Furia”

Era un gorgoteo ardiente del alma

que chamuscaba ese cuerpo de  ”Furia”

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La chica de Algodon


 Era domingo, exactamente no se cuanto tiempo hace. Algo me despertó sobresaltado; un sueño maldito que más tarde se convirtió en pesadilla. Solía dormir con ella pero a distancia, era la persona con la que soñaba desde niño, y con la que vivía un autentico sueño. Cualquier mortal desearía mirarla para descubrir lo que es la belleza, sus ojos color miel aun hoy me revuelven el cerebro con las misma ilusión de siempre, pero con la diferencia de que ahora solo los veré en fotografías.

Como contaba; un sueño me desvelo aquella noche, un mal augurio y tan pronto como pude, sin saber porque me dirigí a su casa, temiendo lo peor. Abrí la puerta con miedo, y lo que me encontré no encajaba en ninguno de mis esquemas. Allí estaba ella mirándome desde el suelo con esos ojos color miel, mirándome perdida, con un pequeño bote entre las manos. No respiraba, y me di cuenta que estaba ante el frió cadáver de quien me brindaba el más tierno calor. Yacía en el suelo con una camiseta vieja, de tres tallas más grande, a modo de ropa de cama. También estaba allí Golfo, su peludo compañero diario, que recostado sobre su cuerpo parecía abrazarla queriendo reanimarla, como sabiendo cual había sido su triste final. Y solo él lo sabía.
Pronto llegó la policía, extraño sino les había avisado, y tras ver el cuerpo de la joven en el suelo al borde de la escalera, salieron sus más primitivos prejuicios. A sabiendas de mi inocencia me deje llevar, siguiendo un protocolo que solo conocía de las clásicas películas Americanas. En fin, era lo que había. Un agente me confesó que una vecina les avisó tras oír un fuerte golpe. No podía creerlo, y ¿el bote que tenía entre sus manos? …..

Todo comenzó hace un par de años, lo que parecía por entonces en pasajero se convirtió hasta hoy en infinito. La chica de Algodón se hacía llamar. Podías localizarla por los Chat y foros de moda, CottonGirl, me llamó la atención y comenzamos a hablar y hablar. Hablábamos de todo, del tiempo, de su música, de la mía o de lo mal que va el mundo. Era como su apodo dice, una chica suave, dulce, pero con alguna espina cabrona que a veces dolía.

Nadie puede explicarse cómo ha podido pasarle una cosa así, era la envidia la única sospechosa de quitársela del medio pues tenía todo lo que cualquier chica de su edad sueña: belleza, una carrera profesional intachable, dinero, pero lo más importante y menos considerado por la sociedad actual, un interior del que cualquier humano se enamoraría. No creáis que la idealizo, al contrario me estoy quedando corto. Lo mejor de todo es que encima teníamos un presente, porque el futuro se ha quebrado en mil pedazos. Lo que entre nosotros comenzó como algo sin papel ni guión se fue solidificando poco a poco. Este era nuestro segundo año, segundo año de idilio. Algo nos decía por dentro que nada nos iba a separar. Y yo lo veía en sus ojos, en sus abrazos…

Alicia, que así se llamaba realmente era en definitiva lo que todo hombre sueña. Una mirada tierna con un cuerpo de escándalo cálido como el algodón -eso le decía yo, y siempre se le tornaba su pálida tez en un color rojizo que te encandilaba aun mas- combinado con una sabiduría y madurez impropia de sus 24 años. Su pelo era moreno largo, liso, y su sonrisa, la típica sonrisa picarona de quien por mal que este muestra sus mejores galas sin perder esa picardía juguetona de quien te cuenta un chiste con los ojos.
Cuando llegamos a la comisaría, aun me encontraba desencajado, algo no me cuadraba habíamos hablado hacia apenas tres horas, y nada me hacía presagiar ese final. Solo faltaban dos meses para la unión de nuestro futuro en uno solo, y por nadie sabe que, se truncó de una forma inesperada. Me tomaron huellas, nombre, declaración y que se yo cuantas cosas que como ya he contado solo lo conocía de las películas americanas. Yo a sabiendas de mi inocencia procure mantener la calma y a las pocas horas me llevaron a casa.
Estaba agotado, dolido, desencajado, sin sentimientos, perdido. Ausente. Al día siguiente desperté sobresaltado, no podía creerlo. ¿Como podía estar aquí conmigo? ¿Y la sangre de la cama? Todo es tan raro desde hace un par de días que ya no sé qué es lo que se, o lo que creo. ¿Vivo en un sueño? O estoy soñando en vida… Qué coño he tomado, o hasta donde he llegado para estar así, confundiendo lo real con la ilusión. Al cabo de dos minutos eternos ella se levanta preguntándome que tal. Mi último recuerdo de ella era tirada en el suelo como un desecho, y sin embargo me está hablando. Siento miedo pero me acerco para comprobar que es real, y lo es como el frio tacto de su piel, al igual que la gélida brisa que recorre la habitación. Intentaba tranquilizarme con un susurro que me desconcertaba. ¿Cómo podía hablarme sin mover los labios? Y lo peor, ¿Cómo me escuchaba sin yo hablar? Me llevo de la mano, al cuarto de baño, su mano, aunque fría no había perdido esa suavidad. En el espejo no veía nada. Sentí miedo pero empezaba vagamente a creer. Caminábamos por la calle y nadie nos miraba, no sabía qué era lo que me quería enseñar pero parecía que iba a ser revelador. De pronto se detiene, en mitad del parque parecía yacer un cuerpo, me acerco lento, pausado, y me veo tumbado en el suelo con una pistola junto a mi cuerpo. Olía a petardo y empezaron a sonar sirenas. Las luces blanquiazules de las patrullas iluminaban el Retiro. Me acerco a ella, y me susurra:
-Te equivocaste, yo me tropecé en la escalera. Pero ahora estamos de nuevo juntos.

Al parecer mi confusión inicial me llevo a la demencia, pero ella me saco de allí para reemprender una Nueva Vida juntos; una vida lejos de todo lo real, en definitiva una vida de sueño.

Innerspirit.


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Oh luna, luna… (Vida y obra del imaginario Bengalita)


Introducción: antes de proceder a la lectura de esta incomparable oda, es aclarador para el lector/a que los siguientes versos inéditos hacen referencia a la vida y obra del (des)conocido poeta “Bengalita”, leyenda (urbana) de la lírica. Tan sólo conocido por su apodo, atribuido por sus “fans” (si es que se les puede llamar así), por el efecto que sus poemas -tales como “Oh, luna” o el afamado “Oh, luna, luna”- tienen en el público: el de una bengala encendida directa al oído interno. Así pues, procedamos sin dilación, a recitar este poema tan hor… conmovedor. Avisados están.

 

Oh luna, luna.

Como su poesía

no hay ninguna.

De chico se cagó

en la cuna

porque no tiene

dignidad alguna.

Oh luna, luna.

 

Oh luna, luna.

Hasta Bartolo vi

detrás de una,

pero él no se come


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