El Artófago.
El primer caso se dio en una sala del Museo del Prado de Madrid.
En la sección de Goya, sus “pinturas negras” se habían puesto a la par de la obra de Rothko en cuanto a la pureza descriptiva del nombre de la obra para con ésta (tampoco hay mucho que describir…) o podríamos decir que se convirtieron en la antítesis del “blanco sobre blanco” de Malévitch.
Dentro del marco sólo vacío.
Las noticias lo achacaron a un acto de vandalismo a algún dadaísta iconoclasta o a algún enfermo mental.
Otros acusaron al vigilante de seguridad, pero las cámaras revelaron que él no estaba allí en ése momento.
Nadie estuvo allí. La obra sencillamente se tornó negra por completo.
Mientras los especialistas sometían a estrambóticas pruebas piezas microscópicas de lienzo, los atónitos turistas del Louvre declaraban haber visto una sombra que se daba un rápido atracón con un cuadro de Arcimboldo y desaparecía dejando un rastro irisado y cambiante que echó humo y luego no dejó más rastro.







