Tres minutos y cuarenta segundos
El avión dio vueltas en círculos en la negra noche. La lluvia caía desde las entrañas del mismo cielo. Desde lo alto, la ciudad era una miniatura. David podía sentir el calor de todas las luces que brillaban abajo, como si de una colmena gigante se tratara de pequeñas abejas que ayudaban a destruir el medio. Sabía que los viajes de negocios no eran divertidos. Tras a su asiento de lujo había un sofá donde una pareja disfrutaba de una copa, reía y se cortejaba. Para él todo era más serio; su maleta, que se encontraba arropada en sus rodillas, era el único espacio que debía proteger. Sabía que aquellos viajes era muy importantes en su carrera en la empresa, pues si perdía alguno peligraba su puesto. Aún así tenía contactos en la empresa que solventaran sus pequeños errores.







