¡Haz qué se callen!
-Siguiente -dijo la cajera.
La espera en la cola estaba matando a Daniel. Las vacaciones estaban ya aquí y eso se notaba en la abundante cantidad de gente. Era la una y medía y tan sólo disponía de media hora para comprar unos limpia parabrisas nuevos. Ana, su mujer, estaba preparando las maletas en casa mientras él hacía las comprar de última hora. La cola avanzaba a marchas forzadas y aún quedaba un matrimonio de ancianos por delante. El calor era asfixiante, y el aire acondicionado no parecía hacer nada.
-¿Van a pagar en efectivo o con tarjeta? -preguntó la cajera a sus clientes.
-En efectivo -respondía la mujer mayor.
Lentamente, tanto la mujer como el hombre, empezaron a contar moneda por moneda el importe exacto de su compra. Daniel miró su reloj, pensando en la bronca que con seguridad iba a regalarle Ana por su tardanza. La cajera miró al resto de clientes de la cola pidiendo perdón con la mirada.







