¡Haz qué se callen! 2º
-¡Dios santo! -dijo el joven que acompañaba a Daniel con total asombro.
La exclamación hizo detener la marcha al parking del supermercado. El joven salió corriendo hacía la multitud de personas que se agolpaban para obtener su trozo de cristal gratis para abrirse la cabeza. Desde que aquel coche se estrellara contra el escaparate del supermercado los “paranoicos llorones” habían aprendido a usar los pedazos de vidrio como abrelatas para sus cabezas.
El joven vestía un polo ajustado de color azul pastel, combinado con unos pantalones vaqueros de marca y zapatos de vestir. Su media melena estaba bien cuidada y peinada hacia un lado. Toda la ecuación daba un único resultado evidente. En su corta conversación entre la caja donde fueron compañeros de cola hasta la entrada acristalada del establecimiento, Daniel creía haber oído su nombre: Roberto quizás.







