El Encargo
Me levanté cansado. La pistola seguía en mi mano. La chica seguía en el suelo. Lo que dejé como un charco de sangre era ahora una gran mancha granate, oscura, casi negra, de costrosos restos de puta barata veinteañera. Un circo de miles de hormigas seguía en línea recta el camino hacia la sangre seca. Paralelas a las que venían iban sus compañeras, cargadas de trocitos de costra, a fin de alimentar a la siguiente generación. Vaya con la putita, sólo sirvió para algo después de muerta. Irónico.
El piso, por lo demás, estaba inmaculado. No tenía muebles, salvo la cama y una nevera, además del váter y el lavabo de rigor. Eso sí, sin ducha. Era un estudio, y daba sensación de ser amplio por lo vacío que estaba.







