¡Haz qué se callen! 5º
-¡Haz qué se callen! -gritó Alberto.
Sus gestos eran antinaturales, sus ojos sufrían un ligero estravismo y sus labios se tensaban cuando no habría la boca para hablar. Había perdido el norte, al igual que el resto de la ciudad. Gemía y lloraba mientras sus gritos de auxilio inundaban la calle.
-¡Joder, Alberto, reacciona! -trató Daniel, en vano, traer a su compañero a la cordura.
Alberto empujó entre sollozos a Daniel, quizás en un intento de pedir auxilio con más fervor. Daniel a su vez le respondió asestándole un puñetazo en el estomago. No lo hizo por el empujón, sino por la desesperación de no saber qué hacer. Había visto que con golpes a veces la gente se tranquilizaba y entraba en razón. O eso creyó Daniel. Pero fuera quien fuera el que hablara en su cabeza, fuese lo que fuese, le producía mucho más daño en esos momentos que cualquier golpe.







