SOPA DE RELATOS

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ANTIGUA – 25 de Julio de 2009 (3ª DE 3)


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Óscar, sin decir palabra, fue hacia la cocina. Estaba hecho un asco: ojeras, la ropa raída, restos de vómito en su mejilla izquierda (y en el suelo de su cuarto). Ni siquiera nos miró a mí, que seguía observando toda la escena desde la puerta de mi habitación, ni a Olga, que estaba en el interior de la cocina. Puede que se hubiera enterado de lo que pasó durante la noche, ya que su cara era extremadamente seria. Olga, a la que podía ver desde donde estaba, tenía una expresión de miedo, sospecho que debido a que tenía los mismos temores que yo.


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El último relato (1 de 2)


- Soñar es maravilloso, me gusta soñar, además siempre he tenido una imaginación vívida y maravillosa-

Dijo Carlos con sus manos tomadas sobre su espalda y la mirada perdida en la pared sur, su compañero lo escuchaba desde el extremo norte. El lavamanos metálico brillaba tenue bajo la escasa luz de luna que bañaba la habitación.

–Ese día había transcurrido con normalidad, los juegos y las risas consecuentes, junto a la compañía de mi querida Susana bajo una manta cálida. Tras mi acostumbrada cerveza fría y un vistazo al cuarto volumen de mi serie favorita, me recosté en la cama. No conciliaba el sueño y los minutos parecían horas… fue cuando comenzó…-.


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LA MISIÓN


            Clara caminaba sola, como cada noche, por mitad de la carretera. Una fuerte corriente helada hacía ondular con viveza su vestido, y conseguía que los innumerables árboles que presidían ambos lados de la calzada hasta la lejanía oscilaran con violencia. Con la misma brusquedad, variaba la trayectoria de algunas de las finas gotas de lluvia cuya meta original era el asfalto, para que chocaran repetidamente contra su rostro. Le daba igual, aquello no era suficiente para impedir que siguiera, ya había pasado por cosas peores.

            En mitad de aquella música indefinible que producía el resto de gotas chocando una y otra vez sin cesar contra el suelo, creyó escuchar, muy a lo lejos, el sonido del motor de un coche, acercándose a gran velocidad. Clara se paró en seco. No sentía miedo por lo que pudiera sucederle. Conocía de sobra qué iba a ocurrir, lo mismo que tantas otras veces.


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