SOPA DE RELATOS

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LA CARTA


                El grito escalofriante del ama de llaves había alertado a los vecinos del inmueble. Cuando algunos de ellos acudieron, confusos, al piso, punto de origen de semejante alarido casi inhumano, se quedaron absolutamente sobrecogidos ante la escena dantesca. La mujer permanecía allí, de pie, petrificada como el resto de concurrentes. Justo enfrente, un cuerpo se balanceaba tímidamente, al compás del sonido que producía la lámpara desde la que pendía. Era la muchacha que se había mudado un par de días antes, quizás, según los pocos que habían tenido ocasión de entablar cierta conversación con ella, huyendo de un pasado que pretendía olvidar para siempre. Ahora su cuello gravitaba cruelmente, sin remisión alguna, sobre un trozo de sábana que emulaba a la soga de un verdugo. Pero aún encontraron en la habitación algo que despertó una mayor inquietud, si es que la capacidad sensitiva humana puede abarcar todavía un grado más amplio de agitación del que los allí presentes estaban experimentando desde el principio. Al frente, justo delante del ventanal abierto de par en par, las cortinas ondulando al son del viento, había una silla. Estaba chamuscada por algunas partes, y restos de ceniza se amontonaban sobre ella y el suelo alrededor de la misma. A medida que la gente se iba atreviendo a acceder al interior, hubo uno de ellos que se detuvo en seco ante un leve chasquido. Había pisado algo cuya presencia, hasta el momento, nadie había sido capaz de advertir. Una hoja de papel arrugada descansaba sobre el suelo, muy cerca de los pies de aquella desgraciada muchacha. Pese a que la tinta se había corrido en algunas zonas, el mensaje era perfectamente legible, y como, dadas las circunstancias fuera de lo normal, no había cabida para la culpa moral, entre todos comenzaron a leer:


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EL AVISO – PARTE 3


Andrés abrió los ojos en el instante en que sintió los primeros rayos de sol sobre su cara. Había permanecido así, sin poder dormir, únicamente con los ojos cerrados, durante toda la noche. El aparato había dejado de grabar hacía ya mucho tiempo, pero Andrés se había sentido incapaz de mover un solo músculo. Estaba indefenso, solo ante aquello cuya presencia había estado notando hasta hacía unos minutos. Parecía que la luz cegadora del sol lo había ahuyentado.

            Se incorporó y rebobinó la cinta. Ahora tocaba escuchar lo que se había grabado. Dudó un instante, pero decidió que no había pasado aquella noche en vela para no conseguir nada ahora. Tragó saliva y apretó el botón. Lo primero que reprodujo la grabadora fue la propia voz de Andrés, tras cogerla en el coche. Después, unos segundos de silencio…


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EL AVISO – PARTE 2


Andrés se dejó caer sobre las crujientes sábanas de la cama, en la pequeña habitación a la que le había conducido aquel anciano. No podía dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir. Miró por la ventana que había a su izquierda, como había hecho antes en su coche. Aún llovía con fuerza… “¿Lleva 23 años muerta? Pero… yo la vi… me habló…”

            Tuvo que ponerse la chaqueta, aún húmeda, que había colgado al entrar sobre una silla situada cerca de la puerta; de repente, había comenzado a hacer mucho frío allí dentro. Andrés examinó la estancia, para asegurarse de que el aire no pudiera entrar por ningún resquicio. Era extraño, sólo había dos ventanas, la que ya había visto y la del pequeño cuarto de baño, y ambas estaban totalmente cerradas. No había ninguna rendija más que la corriente helada del exterior pudiera atravesar.


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EL AVISO – PARTE 1


“…seguirán las fuertes lluvias a lo largo de toda la semana. Noticia de última hora: la policía se centra en la búsqueda de un peligroso prófugo que ha escapado hace escasas horas del centro penitenciario provincial. Se ruega a las personas residentes en las cercanías de la capital que tomen todo tipo de precauciones y…”

            Andrés apagó la radio del coche. Miró un instante a través de la ventanilla, empapada por la violenta tormenta que acababan de comentar en las noticias. Se había visto obligado a trabajar aquella noche, de modo que cogió su vehículo y se dirigió a la oficina, en la capital. No le llevaría mucho tiempo. Con suerte, estaría en casa aquella misma noche. Pero en sus planes no habían constado los caprichos de la madre naturaleza. Decidido a no seguir conduciendo hasta que el tiempo mejorara, paró en un pequeño hostal de carretera para pasar allí la noche.


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El principio de un final (Cap. 1.3/3)


CAPÍTULO I
3ra PARTE


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El principio de un final (Cap. 1.2/3)


CAPÍTULO I
2a PARTE


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el ataque


La calle parecía desierta en la noche pero un par de zapatillas chocaban contra el suelo ritmicamente, parecía que alguien llegaba corriendo. A la luz de la farola se vislumbró por un instante su aspecto. Tenía la cara descompuesta de terror, sin parar de mirar hacia atrás a cada paso dirigiendo sus ojos al suelo. Tenía el pelo corto y la barba bien afeitada. Debía de tener alrededor de cuarenta años y no llevaba ropa de estar haciendo deporte. La verdad es que Joan era un antropólogo famoso por sus descubrimientos del comportamiento humano, y por lo general era alguien tranquilo, con ropa de colores suaves y jerseys tejidos a mano regalados por su madre hacía tiempo.

Joan corría y apretaba fuertemente en su mano una grabadora alargada que entre zancada y zancada se acercaba a la boca y musitaba alguna frase de manera entrecortada por la fuerte respiración de correr más que en los últimos diez años.


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Muestramelas


Muéstrame tus manos

Déjamelas esta noche

Sé que lo necesitas

No me rehúyas en el ruido

Y te escondas solo en la oscuridad

Son mis manos

Ahora, las que calientes

Por ese amor

que un día me diste

Hoy te buscan a ti

Para darles calor,

dejar que llores en ellas

y seguir amándote

Escrito por: Beatriz Hernando Robledo

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El principio de un final (Cap. 1.1/3)


CAPÍTULO I -hay prólogo-
1ra PARTE


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Microversos (I)


Verde que te quiero verde: Si el príncipe te sale rana, no se arregla sólo con un beso…

No son las personas las que realmente nos defraudan, sinó las expectativas que nos formamos de éstas.

No hay personas normales o extravagantes. Sólo hay quienes se dejan influir o quienes se atreven a ser ellos mismos.

El colmo de la empatía: Cuando miras un concurso en la tele y sabes la respuesta de la pregunta, ¿por qué te pones a gritar? ¿Te crees que el concursante te va a oír?

Una tajada de sandía me recuerda a una enorme y sonriente boca abierta que dice “¡cómeme!”. Aquí la tenéis (con dos pepitas) –> : D

¿De qué te quejas? Eso a lo que llamas “malas hierbas” y “bichos asquerosos” son lo que alimentan a esos animales que tanto te gustan.


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Los Cazadores


Llovía mucho. Una negra figura se colaba entre los grandes árboles, pero caminaba con mucha dificultad. También jadeaba. Estaba caminando, pero lo perseguían, así que empezó a correr. Tropezó. Ahora que había salido de la espesura del bosque la luna ilumino su rostro. El miedo más puro brillaba en sus ojos verdes.

Sus perseguidores se acercaban cada vez más, no había tiempo que perder; debía advertirles a todos. Sin embargo, sus heridas lo hacían cada vez más lento y faltaba mucho camino hasta su pueblo.

Maldición, pensó.

Intento acelerar el paso, pero su pierna no se lo permitió y cayó al suelo estrepitosamente. Se levanto molesto por su error y continuo. Una sonrisa se dibujo en su rostro de tez clara, ya podía ver  a la distancia las luces de su pueblo. Esto le dio nuevas fuerzas para continuar, la esperanza empezaba a surgir en él.


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Aún estoy aquí


Imaginaos la escena: un sol abrasador, una llanura infinita, el horizonte apenas moteado por arbustos muertos. Sus botas de cuero gastado hacen crujir la arena, levantan a cada paso una nubecita de polvo, y las ramas se parten bajo ellas.

El pistolero no tiene agua, ni siquiera conserva un pedazo de cecina. Perdió su sombrero millas atrás, y su revólver solo aloja una bala en el tambor. Su piel está abrasada, su lengua cuarteada.

Os preguntareis: ¿qué esperanzas tiene?

Gira el cuello, allí sigue su perseguidor. Él camina despacio, mascando tabaco, su abrigo negro ondea al viento. Le sonríe con la mitad de su cara. -Aún estoy aquí-.Parece decirle.

El pistolero se detiene con la vista nublada. Saca su revólver y se lo coloca en la sien derecha. Una carcajada llega hasta él. El hombre de negro le muestra todos sus dientes.


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Una ventana abierta


Escudriño dentro y sólo veo una ventana abierta
por donde se cuelan una sonata de tubos de escape,
la soledad y el calor de una noche inacabable,
la ausencia de sus risas que, en exilio voluntario,
tiñen el verano de torcidas sombras y silencios,
mientras ahogan en olvidos el timbre del teléfono.

Tengo a mano la nicotina y una botella de ese licor
que anestesia mis recelos con su sabor ácido y fresco.
Ya sé que no es muy didáctico ni sano, ¡pero bueno!,
mañana será un nuevo día, renunciaré a la adicción
de fumar, de beber, de pensar…. A pensar no,
no creo que pueda.

Un hombre fuma un cigarro prohibido en un balcón,
mientras un autobús perturba esta falsa claridad
envuelta en farolas de luz mortecina y cielo de hormigón.
Yo sigo jugando al despiste con el sueño para evitar
una cama vacía en la que aun dormita tu olor.


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El principio de un final


CAPÍTULO


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Terreno peligroso


Patricia se secó las lágrimas con una toalla, reprimiendo una arcada. El espejo le devolvió su imagen, asustada, sucia y demacrada. Apartó la mirada, temblando, para observar una vez más el inodoro, donde su vómito flotaba, sin color, asqueroso. Tantas veces había visto esa escena en los últimos meses; tantas veces había llorado en secreto, ocultando su problema, sintiéndose como el ser más despreciable del planeta. Abrió el grifo y dejó correr el agua unos segundos, para luego inclinarse sobre el lavabo y beber, evitando tocar el metal con los labios. Se enjuagó la boca y escupió. Finalmente tiró de la cadena, echó un último vistazo al espejo, y salió del cuarto de baño, como si nada hubiera pasado.

Ada Vander

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La Cadena: Un mes después.


Cuando Lluvia me pidió que la acompañara a ese lugar me estremecí… Para ti seria irónico si sabes realmente quién soy, de dónde vengo y a qué me dedico… aunque te sorprenda, creas que estoy bromeando o tomándote el pelo, es que yo, a mis quince años, jamás había pisado un cementerio.
No es que me diera vergüenza admitirlo… bueno, un poco sí, porque cuando se lo confesé a Edorta y a Mike se rieron de mi pensando que me estaba riendo de ellos… entonces, un rato después, Loki me advirtió que no lo volviera a decir… y yo le hice caso… y ahora estaba metida en este embrollo.
Mmmm…. ¿Cómo será un cementerio? Sé que hay ahí dentro… muertos bajo tierra y tal… ojala fuese como los que hay en las películas de Tim Burton y no verdes y frondosos o con una niebla espesa bajo… ¿¡Pero que estoy diciendo!? Debería avergonzarme tener miedo a algo así si me dedico a matar cosas más horripilantes que un cementerio…
Pero es que la muerte y yo… no somos compatibles, es decir, no me gusta sentir a la muerte tan cerca… si Loki supiera lo que estoy pensando me insultaría y diría algo así como: “¿Y tu quieres ser Cazadora? ¡Búscate otro oficio!” Solo de imaginarlo me embajono…
- Te veo un poco pálida.
Miré con reproche a mi acompañante. Si no fuera por ella ahora mismo estaría haciendo algo más interesante que acompañarla… Maldito Kagura… ¿No tendría que ser el su guardaspaldas?
- Si pudiera elegir entre quien podría ser mi acompañante te aseguro que tu serías la última opción – dijo entonces la Lluvia.
- Comparto tu opinión – siseé entre dientes desviando la mirada – ¿Por qué no esperas a que Kagura regrese?
- Llevo dos semanas inconsciente y otras dos asimilando la muerte de mi mejor amiga. – volví a estremecerme para luego, seguidamente, llamarme gilipollas – Cuando vea su nombre inscrito en una piedra podré asimilarlo totalmente.
El resto del camino, no fui a capaz de volver a mirarla a la cara.


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Tic Tac


tictacLa plaza estaba repleta de gente. Todos alegres esperando el año nuevo.

Y aunque yo observaba desde lejos, desde muy lejos, aquellas personas de alguna manera estaban ligadas a mí; y no sólo por el binocular.

Pronto, cuando el reloj marcó el último Tic- Tac, dí yo al detonador.

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