LA CARTA
El grito escalofriante del ama de llaves había alertado a los vecinos del inmueble. Cuando algunos de ellos acudieron, confusos, al piso, punto de origen de semejante alarido casi inhumano, se quedaron absolutamente sobrecogidos ante la escena dantesca. La mujer permanecía allí, de pie, petrificada como el resto de concurrentes. Justo enfrente, un cuerpo se balanceaba tímidamente, al compás del sonido que producía la lámpara desde la que pendía. Era la muchacha que se había mudado un par de días antes, quizás, según los pocos que habían tenido ocasión de entablar cierta conversación con ella, huyendo de un pasado que pretendía olvidar para siempre. Ahora su cuello gravitaba cruelmente, sin remisión alguna, sobre un trozo de sábana que emulaba a la soga de un verdugo. Pero aún encontraron en la habitación algo que despertó una mayor inquietud, si es que la capacidad sensitiva humana puede abarcar todavía un grado más amplio de agitación del que los allí presentes estaban experimentando desde el principio. Al frente, justo delante del ventanal abierto de par en par, las cortinas ondulando al son del viento, había una silla. Estaba chamuscada por algunas partes, y restos de ceniza se amontonaban sobre ella y el suelo alrededor de la misma. A medida que la gente se iba atreviendo a acceder al interior, hubo uno de ellos que se detuvo en seco ante un leve chasquido. Había pisado algo cuya presencia, hasta el momento, nadie había sido capaz de advertir. Una hoja de papel arrugada descansaba sobre el suelo, muy cerca de los pies de aquella desgraciada muchacha. Pese a que la tinta se había corrido en algunas zonas, el mensaje era perfectamente legible, y como, dadas las circunstancias fuera de lo normal, no había cabida para la culpa moral, entre todos comenzaron a leer:


La plaza estaba repleta de gente. Todos alegres esperando el año nuevo.




