SOPA DE RELATOS

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Diario de un condenado parte 1


Desperté en la soledad de mi celda, y descubrí la luz de la Luna que se filtraba por las rejas de mi habitación, siendo un gran placer en el mundo de tortura en el que me hacían arrepentirme día tras día del gran crimen cometido, la matanza de mi bella mujer a las escasos veintidós años. No había sido el asesinato de un psicópata enfermo que disfruta de la muerte ajena, había sido el arrebato de locura del hombre que descubre que su mujer no es fiel al compromiso eclesiástico. De todas formas, el tribunal había dictado sentencia, y a mis cincuenta y cuatro años aún seguía cumpliendo la cadena perpetua impuesta hacía treinta y uno.

No contaba con el apoyo de nadie, y la amistad con el resto de presos me resultaba intolerable, por eso había pasado mi tiempo entre libros, y realizando el duro trabajo de la que ahora consideraba mi única casa, la prisión.


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IMPOTENCIA


María estaba cansada, la fiesta de esa noche la había hecho bailar de tal forma que los pies, bonitos en circunstancias normales estuviesen enrojecidos y llenos de ampollas que extendían un dolor intenso por todo su cuerpo cada vez que apretaba el acelerador.

-Tal vez no hubiese debido tomar esa última copa de vodka antes de salir- pensó al llegar a un cruce.

Estaba borracha, y eso hizo que no advirtiese la señal de STOP situada a la derecha de la carretera.

El golpe fue rápido y provocó la explosión del coche de Carlos, hombre de sesenta y cinco años que volvía a casa tras estar de guardia en el hospital en el que trabajaba.

María tampoco salió ilesa, el golpe la expulsó del vehículo a través del parabrisas, y fue lanzada a un pequeño riachuelo que pasaba cerca de la carretera.


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CIERRA LOS OJOS


 

 

Había una oscuridad tal, que sentía que se quedaba ciega, y tenía que cerrar los ojos, que la abrasaban, para poder ver.

Observó una esfera puntiaguda, y acercó la mano, pero cuanto más cerca estaba, menos la veía. Reunió fuerzas y la tocó, cayendo hacia arriba.

Por fin llegó al suelo y notó que flotaba, llorando a carcajadas, pues quería tener alas y poder volar para nunca elevarse en el aire.

De pronto salió del agua y sintió que se ahogaba, mojando el suelo que quedaba seco; y vio a un hombre que la besaba a manotazos.

Huyó hacia él y la luz se encendió, quedando a oscuras y cegándola, y haciendo que cerrase los ojos, que la abrasaban…

 

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