Diario de un condenado parte 1
Desperté en la soledad de mi celda, y descubrí la luz de la Luna que se filtraba por las rejas de mi habitación, siendo un gran placer en el mundo de tortura en el que me hacían arrepentirme día tras día del gran crimen cometido, la matanza de mi bella mujer a las escasos veintidós años. No había sido el asesinato de un psicópata enfermo que disfruta de la muerte ajena, había sido el arrebato de locura del hombre que descubre que su mujer no es fiel al compromiso eclesiástico. De todas formas, el tribunal había dictado sentencia, y a mis cincuenta y cuatro años aún seguía cumpliendo la cadena perpetua impuesta hacía treinta y uno.
No contaba con el apoyo de nadie, y la amistad con el resto de presos me resultaba intolerable, por eso había pasado mi tiempo entre libros, y realizando el duro trabajo de la que ahora consideraba mi única casa, la prisión.








