SOPA DE RELATOS

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La Voz (parte II)


[Leer la parte I]

(¿trece?)

Había apuñalado algo blando. Pero la jodida voz no había desaparecido. Antes de sacarlo, retorció el cuchillo y abrió los ojos. Había apuñalado un cojín. Un maldito cojín. Pero allí debería estar el gato durmiendo, maldita sea. Seguro que habría (trecetreceTRECE) escapado, sigiloso, sin que se diera cuenta. Giró lentamente la cabeza hacia la izquierda, intentando fijar la vista en la ventana. Estaba entreabierta. ¿Habría huído por ahí la bestia? ¿Habría ido al pasillo? ¿Por qué tan oscuro? Su corazón empezó a latir más fuerte, y el dolor de cabeza empeoró. Se estaba cabreando de verdad. Pero empezaba a tener miedo de sufrir alucinaciones. ¿Y si el gato no había entrado esa noche? La verdad es que no lo recordaba, no había prestado mucha atención a lo que decía la desgraciada (treCe puta puta) puta de su mujer. Otra vez la voz. Cada vez estaba más convencido de que tenía alucinaciones. Ahora su cabeza empezaba a dar vueltas y le costaba demasiado pensar con claridad. Decidió que el gato habría ido al pasillo. Alargó la mano hacia la puerta, que ahora quedaba a su izquierda, y antes de poder abrirla le pareció ver dos puntos rojos, ojos demoníacos de película de terror barata, observándole desde la oscuridad. Intentó gritar, pero la exclamación murió en su garganta y cerró de un portazo.


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Recuerdos de familia capitulo 1: visiones y familia


1

Hace unos días que su esposa y su hija habían vuelto de sus vacaciones en México, y Roberto pensó en como las había extrañado. Pensó que no volverían, por eso cuando las recibió en el aeropuerto estatal les dio un ruidoso beso a ambas y cuando ellas sorprendidas le preguntaron porque tanto cariño, él respondió: por nada, simplemente que las extrañe mucho, muchísimo.

Mientras estuvieron fuera había tenido la visión de ellas tiradas en una zanja al lado de la carretera que salía del pueblo. Siempre que se dormía y la imagen aparecía en su cabeza despertaba sudoroso y jadeando, pero no podía hacer nada para mantenerla alejada. La van familiar entrelazada en un abrazo de metal retorcido con una camioneta negra con ventanas oscurecidas –de esas que conducen empresarios o jóvenes con padres adinerados–. El parabrisas estaba destrozado. De repente en el cuadro, y de la nada, parpadeaba azul y rojo intermitentemente. Alguien había llamado a la policía, que ahora se acercaba seguida de una ambulancia. Basta, no pienses eso, se dijo, pero el recuerdo era muy fuerte y no se iba, incluso tenía una voz. Era una voz que sonaba racional, un poco demasiado, pero lo que le repetía una y otra vez era algo que no podía ser posible. Ellas se han ido ¡Déjalo ir!


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