La distancia.
Unas manos me agarran fuerte. Me aprietan con dureza los párpados y sujetan mi mandíbula con sus dedos rasgándome la boca. Yo no sé donde están mis manos, sé que las tengo, pero las siento fuertemente encadenadas. Dolor punzante en los oídos, como el despertar de los cañones y el tronar de los cielos.
Llora todo mi cuerpo.
Y, al otro lado del mundo, Johnny, sin saber absolutamente nada de ésto, pide un café con hielo.
Ilogikah.







