Silencio… siempre acaba… silencio
El silencio se vio roto por el sonido de la cerilla al encenderse. La luz alumbró el final del cigarrillo al entrar en contacto con la llama, haciendo que el humo, cargado con el sabor de la nicotina, recorriese mi paladar y mi lengua, mi garganta, abriéndose paso hasta mis pulmones.
El consiguiente resoplido, acompañado del humo al salir de mi boca, volvió a romper el silencio; y yo, apoyado en el capó de ese coche, ése, precisamente, me dejé llevar por los recuerdos y la tranquilidad posible que pude reunir en ese momento.
Amor, pasión, odio, venganza y remordimiento. Sentimientos que fueron penetrando en mi mente poco a poco y ahogándome en mi propia agonía. No había perdón posible. Ella había muerto.
Y yo había sido su asesino.
El despertador, maldito instrumento de los infiernos creado para hundirme por las mañanas. Odioso trabajo y vida monótona, dos frases que me acompañan todos los días al abrir los ojos.









