SOPA DE RELATOS

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Un día en el museo


Rafael se despertó temprano para el paseo de su escuela al museo. Tenia el presentimiento de que seria un viaje interesante y educativo. Se apresuro a vestirse pues no quería perderse un día tan emocionante con sus amigos y el resto de la clase. Aunque para el resto de personas no significaría lo que significo para Rafael.

Al fin llegaron al museo, un edificio alto e imponente. En su fachada tenia fotografías de hechos históricos importantes, lo que encanto a Rafael que por un momento se olvido del resto de la clase. Pero cuando entro tuvo que tomarse un tiempo para mirar todo a su alrededor  antes de unirse al resto del grupo.


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“Real”


He mirado al cielo durante muchos años, y he encontrado respuestas increíbles, pero inquietantemente reales.
Ahora miro al horizonte:
para ver el amanecer y el atardecer,
el inicio y el final,
la mentira, y la verdad.
Debo mirar al horizonte para hallar una respuesta a aquello que llaman “real”

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y algún día tal vez


Caminabas con las manos en los bolsillos, yo te seguía en silencio, esperando a que dijeras algo que no era lo que pensabas. Me preguntaba que rondaba por tu cabeza, en que pensabas todo el tiempo.

Una tímida sonrisa se dibuja en mis labios al ver como mirabas de reojo para ver si aún estaba ahí. Te alejabas cada vez que me acercaba.El silencio nos hacía compañía, ni tu decías lo que yo quería oír, ni yo te decía lo que tú querías oír. Tal vez era mejor así. Palabras vacías se escuchaban en la nada.

No sé cuando cambió todo ni siquiera cuando empezó, ya no hay nada que decir, pero aunque la distancia haga acto de presencia sé que te seguiré, aunque no digas nada yo te escucharé, no me preguntes por qué. Quizás no te llegue a entender pero cuando mires a tu lado me verás caminando a tu verá y algún día tal vez nos encontremos frente a frente.


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Sobre la musa oscura de morfeo


Y aunque desnuda caminases por el cielo.

El cielo desmaquilla esa luz

de sus mejillas de azul profundo.

¡Bastante colorete y sol llevaste!

Deja de ser la dama complicada,

se noche cárdena de luna nueva

aunque quedaras a oscuras conmigo,

aunque murieras y desmaquillada,

desnuda caminases por el cielo.

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Recuerdos de familia capítulo 2: Roberto Y Eddie


Y ese “algo” más que Eduardo le vio a Roberto cuando llegó a su casa eran las ansias que tenia Roberto de contar su historia. “A mí, solo a mí”, pensó Eddie.

Roberto empezó su historia en la noche del martes –ese martes en el que estaba tan feliz trabajando en el jardin–. “Eddie eran como otras personas…” refiriéndose a su esposa y a su hija. Parpadeo varias veces para detener las lagrimas que asomaban a sus ojos. “fui un tonto. Dijeron que se habían ido de vacaciones y yo les creí Eddie, yo…”. Eddie le dijo que se tranquilizara, que no era ningún tonto. Roberto se tranquilizo, y continuó: a la medianoche (exactamente a la medianoche) escuchó ruidos de pasos en el piso inferior y como padre con una familia que cuidar se levantó de la cama y corrió tan rápido como pudo hacia la sala dispuesto a hacer frente a cualquier ladrón. Cuando llegó a la sala encontró algo peor que un ladrón…


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REINA Y CONDENADA.


Uno de los verdugos coloca la punta del clavo en el antebrazo, muy cerca de la muñeca, en ese preciso espacio entre los huesos cúbito y radio. El verdugo presiona hacia abajo y la clavija se hunde en la piel de la condenada. Mana algo de sangre y la mujer cierra los ojos y arruga la nariz en señal de dolor, un dolor pequeño y soportable, antesala minúscula de lo que se avecina. Cae el martillo y el clavo atraviesa la carne abriéndose paso hasta alcanzar la madera de debajo del brazo. Cinco serán en total los martillazos necesarios en la operación que realiza el verdugo y, por cada uno de los cinco agudos alaridos correspondientes, la mujer condenada recibe una fuerte bofetada en las mejillas de parte del asistente del verdugo clavador; al parecer le está prohibido gritar y debe ser castigada por eso también. Vuelve a repetirse lo mismo en el otro antebrazo y ya está la condenada con los brazos abiertos y fijos al patíbulo. Los verdugos se ponen de pie y se retiran un paso hacia atrás como para observar con perspectiva cómo va quedando su trabajo. La condenada acostada boca arriba, encima de la cruz, absolutamente desnuda, no para de sollozar.
Para la etapa siguiente es llamado un tercer hombre; la mujer es pequeña y delgada, bastante menuda, sin aparente fortaleza física, pero el entramado compacto de los tendones, nervios y huesos metartasianos de los pies ofrecerán su resistencia a la invasión de los clavos y se necesita de más brazos para sujetarla ya que el dolor que experimentará será 20 veces mayor a lo que sufrió cuando fueron clavados sus antebrazos. El pie de uno de los hombres se hunde con brutalidad en el bajo vientre de la condenada a fin de inmovilizar su pelvis mientras otro, utilizando el peso de su propio cuerpo, asegura las piernas a la altura de sus muslos. Una vez los tobillos fuertemente atados, el verdugo clavador no pierde más tiempo y con la mayor fuerza de que es capaz su brazo, deja caer los martillazos. Los primeros dos segundos que siguen a la penetración de los clavos, anuncian unos alaridos agudos y desgarradores, mas enseguida la mujer los ahoga como gritando hacia adentro, como perdiendo la respiración. Los dos hombres que la sujetan se ven en dificultades al principio pero son más fuertes y logran inmovilizar los involuntarios sobresaltos reflejos de ese pequeño cuerpo desnudo y sufriente; como contrapartida a esa represión y escape al dolor, la condenada suda helada y copiosamente, pone blanco los ojos y tiembla como si estuviera aterida. Cuando ya el verdugo principal ha terminado de clavar, los tres hombres miran su obra a medio terminar como apreciándola y para descansar ellos mismos y también dar tregua a la supliciada. Con rostros serios y atentos miran el cuerpo moreno de la mujer que no ha dejado en ningún instante la agitación, ni los estertores desesperados. Su tórax sube y baja convulso y lo mismo su abdomen. Los hombres parecen solemnes ante la visión, se diría hasta respetuosos y nada dicen, mas uno de ellos -el que dio los martillazos- parece sufrir un trance hipnótico; no pestañea y sus sienes comienzan a manar transpiración. Se fascina observando la sudorosa desnudez de la condenada y su atroz sufrimiento; su boca abierta anhelante de aire, la hondonada que se forma en sus axilas abiertas, sus pechos derramados hacia los lados, las costillas marcadas y el vellón negro de su sexo desnudo; sus muslos morenos le parecen insoportablemente bellos y deleitosos. Casi sin percatarse, la mano del hombre perturbado va hacia su propio sexo enhiesto y comienza a refregarlo. Sus compañeros trasladan ahora sus miradas ceñudas hacia él y quedan, por un instante, estupefactos antes de estallar en sonoras carcajadas, pero el masturbador parece no escucharlos ni verlos y no se detiene sino hasta eyacular.
Dos proyectiles de semen, blancos y viscosos, se precipitan encima de la condenada: uno cae sobre su nariz y el otro en el pecho; casi enseguida de este bombardeo, la mujer se mea producto de la fatiga. La visión del charco amarillo que se ha formado en el suelo redobla las risotadas de los otros hombres que se desternillan llevándose las manos a sus vientres. Ella quiere unirse a la fiesta y yo también voy- dice uno y acto seguido, descubriendo su pene, orina encima del rostro de la mujer que crucificarán.
————————————
¡RINGGGGGGG¡, suena el despertador, son las 7 AM. La mujer despierta abruptamente, su mano izquierda está metida en su entrepierna y la derecha soba sus abultados pechos. Se sorprende al ver su camisón de dormir abierto. Al principio no entiende y la cabeza se le confunde por unos instantes. Soñaba y era tan real la imagen de pesadilla. Se da cuenta que su sexo está húmedo. Se sienta en la cama y se lleva los dedos embadurnados de sus jugos a su nariz; ahí está el olor a almizcle, a concha excitada, a zorra diría su hermano. Lo que más la impresiona, hasta casi avergonzarla, es descubrir que se ha estado masturbando mientras dormía; si, se ha calentado con ese sueño cruel y macabro. No puede ser, dice en voz alta y se cierra el camisón guardando otra vez su pesado busto. Había algo extraordinario en esa pesadilla -bueno, no podemos llamarla pesadilla considerando la excitación- lo extraordinario, aparte de la calentura, fue que ella observaba la escena de la mujer siendo clavada, como una espectadora, era una voyeur mirando desde afuera sin participar y sin embargo ella sabía que la condenada era ella misma y eso era precisamente la causa de su excitación. Había sido condenada a la crucifixión en ese sueño y eso ¿le gustaba?, pero no era ella y se recordaba claramente como espectadora. Nunca estuvo acostada de espaldas encima de la cruz cuando los clavos atravesaban la carne y los huesos, pero era ella y lo sabía bien. Ella era una mujer de piel blanca, rellenita, de busto y trasero grande, de curvas, sus tetas estaban coronadas con una gran areola, su entrepierna la llevaba afeitada, su cabello era liso y castaño y sus ojos hacían juego con él. No se parecía en nada a la crucificada; esta era de piel morena, delgada, parecía ser de menor estatura, sus ojos eran negros lo mismo su cabello azabache el cual era ondulado y muy largo, y el sexo estaba oscurecido por un matorral de vellos muy espeso y negro. Ella había estado presente como testigo en la crucifixión, pero sabía que de algún modo era “su propia crucifixión”; sintió un escalofrío al pensar esto y al mismo tiempo le cosquilleó el bajo vientre. Había sido como estar desdoblada observando su propia muerte. Tal vez sea un recuerdo de mis vidas pasadas, pensó, pero seguía intrigándole las sensaciones placenteras que le había provocado el sueño. Tengo una sensualidad-dad-dad; tengo una voluptuosidad-dad-dad masoquista, decía, remarcando con los labios y la lengua, la sílaba “dad”; sin darse cuenta sus dedos se habían posado otra vez encima del clítoris.
Se levantó, se desnudó y se metió bajo la ducha. No pudo evitarlo(no quiso evitarlo) y otra vez evocó el sueño de la condenada retorciendo su cuerpo ante los martillazos y el semen y la orina de esos bestiales hombres cayéndole encima.
-Yo soy esa, soy esa, soy la clavada, la humillada, la ultrajada y comenzó a restregarse el clítoris con furia como si fuera una posesa, mientras el agua tibia le corría por su cuerpo y abría su boca imaginando que el agua que tragaba era la orina y el moco blanco de esos sucios y brutales bárbaros. Al correrse gritó de placer al punto de derramar lágrimas, luego continuó bajo la lluvia unos minutos, sin moverse, sentada ya en el suelo. Mientras se maquillaba ante el espejo se lamentó de que la campana del reloj la sacara de su sueño sin dejarla terminar de presenciar la escena; había faltado la segunda etapa, el izamiento de la cruz con la condenada colgando de ella. Cuando ya estuvo lista salió rauda de su departamento rumbo al trabajo.
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La palabra con la que hablo.


Sientes en tu boca la navaja de la noche, esperas a que la música empiece a follarse a tus oídos, dejas la consciencia aparcada en un charco de vómito asqueroso, cierras los ojos esquivando el fogonazo de energía que te derriba en cada estruendo.

Relucen los metales en el claroscuro que te absorbe, se mecen en el océano de ojos que arden ante ellos.

Miras a tu alrededor, sabes que hay alguien cerca de ti pensando lo mismo que tú, tal vez un cruce de miradas, de nuevo estruendo, adrenalina invade tus venas y estalla en el cerebro, restalla el látigo del humo en tus retinas. Cierras los ojos.

Sabe a sangre entre tus dientes, por un momento mueres en la oscuridad.


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Vacaciones.


Pronto. Demasiado pronto todavía. Aquellos ojos de piedra, fijos en los tuyos, removían las oscuras e impenetrables sendas del miedo. Cada crujir de la ajada madera, cada rechinar de los hierros oxidados retumbaba como si fuese el aullido penitente de algún desgraciado ardiendo en el infierno. La vasta negrura que se alzaba sobre tus cabellos, sostenida por columnas de trazos imposibles, en nada tenía que ver con la apacible serenidad de la noche ahí fuera. En fin, una espera interminable, como un canto gregoriano de los de antaño, que pronto había de dar sus compases finales.

Pero obró el milagro. Un rayo de luz alcanzó las baldosas, abriendo un reguero de motitas de polvo en la asfixiante atmósfera que sabía a antiquísimos tiempos, que olía a la fe de cuanto peregrino hubiese quedado prendado de aquella maravilla de cristal, que recordaba noches y días de tramas imposibles y órdenes tajantes. Por fin, el primer rayo de luz que había de iluminar Septima Legionis hizo justicia con la íncreíble belleza de las vidrieras.


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A título póstumo.


Rugoso. Polvoriento. Desamparado. Mis manos ya no sólo eran sentido, sino sentimiento. Notaba cómo alguna parte de mi ser se escapaba por los dedos, buscando libertad antes de ser corroída por la oscuridad. Pero seguía anclada al suelo, desvelada en el intento de restar angustia a ese momento. Por eso acariciaba las piedras, por el simple hecho de encontrar sustento en algo que ni siquiera podía ayudarme; tal era mi desconsuelo.

Sin embargo, en un alarde de valentía, abrí los ojos; quise perderme por última vez en aquel sendero nocturno que tantas otras madrugadas me había guiado hacia el destino correcto. Me sentía inútil utilizando mi cerebro para algo que ni siquiera necesitaba. Tenía –siempre había tenido- una memoria prodigiosa, hasta el punto de recordar cada minuto de mi historia desde que tuve consciencia.


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Extracto ”Las aventuras de Adolf Pickler”


Bueno aquí os dejo un extracto del libro que estoy escribiendo. Se llama ”Las aventuras de Adolf Pickler” y tiene 232 paginas. Empecé a escribirlo en verano. ¡Espero que lo disfruteis!

Una mañana cualquiera llegué puntual como siempre a las oficinas del Sunday Express. Me gustaba esperar a que fueran justo las cinco en punto  (de la mañana, obviamente) para entrar el primero (y a veces el ultimo también) a las oficinas. Recuerdo que ese día fue cuando me llegó el email en cuestión. Abrí la puerta a las cinco y treinta y nueve segundos, algo sofocado por mi retraso y ante mi sorpresa pude distinguir una silueta flaca y diminuta encima de la mesa de mi modesto despacho.

- ¡Psst! ¿Eres el de la pizza? – me preguntó la voz del Kobra.

- No – me limité a responder secamente.


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Nada tiene… (Parte Final)


Ver parte 1

Al girar una esquina el hombre se había detenido. Se bajó del vehículo. La otra puerta se abrió también, un joven salía a través de ella. Le pareció extraño no haberle visto nunca, sobretodo verles juntos, teniendo en cuenta que el cabrón al que seguía se había pasado tres días completos a su lado. Esperó que ambos se alejaran del coche y una vez les vio borrosos a causa de la niebla matutina, se bajó también. Cogió un destornillador amarillo del maletero y cerró con un fuerte golpe. Al girar se dio de bruces contra algo. La mujer del día anterior le miraba con cara compungida.

—Lo siento —dijo. Y acto seguido se abalanzó sobre ella, apretando su cuello con ambas manos con una fuerza no esperada por parte de una mujer tan mayor.


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Nada tiene… (Parte 1)


Ver parte final

—Es lo mismo —dijo con temple de caballero.

—¡Voy a cantar! —le respondió su amigo.

—¿A cantar qué?

Elevó la voz al cielo haciendo caso omiso de su compañero de viaje. El retumbar en la lejanía de las montañas les devolvió el eco de sonidos. Llevaban varias semanas fuera y por primera vez, ambos sonreían.

—Va siendo hora de volver, ¿no?

—Digo yo que sí —y siguió canturreando, mientras los dos bajaban la ladera.

Cuando llegaron al coche, se percataron de que estaba hecho polvo. Todas las puertas abiertas, las lunas rotas, las ruedas pinchadas y parecía haber sido víctima de un incendio.

—¡Me cago en la hostia puta!

—¡¿Pero qué ha pasado aquí?!

Ambos dejaron la mochila en el suelo, atónitos. Entonces tres perros salieron de detrás de los restos del vehículo y corrieron ladera arriba a una velocidad asombrosa.


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Odile


Su nombre era…

Yago, el arrebatador, de origen bíblico. Creo que es un variante de Santiago, el apóstol, pero no lo sé con exactitud.
Y tampoco es que me interese confirmarlo.


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El Amanecer Zombi Canino


28 de octubre. 18:00
Cada vez estoy más cerca de conseguirlo. Lo noto. Cuando aísle la cepa, podré inyectársela a Max. Si mis predicciones no fallan, voy a hacerme rico.

30 de noviembre. 10:30
Hoy he visto a Junior jugando cerca de mi laboratorio. No parece que haya entrado, ni tocado nada. Si llega a joderme mi trabajo… No quiero ni pensarlo.

12 de diciembre. 11:45
Mañana espero resultados. Max cada vez está peor. Apenas come. Ni pienso ni esas albóndigas que tanto solían gustarle. Junior está muy triste. El tumor parece haber llegado a invadir parte de la médula espinal. No se observa respuesta en las patas traseras. También muestra incontinencia. Le he inyectado con el preparado que extraje de la cepa. Esperemos a mañana.


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Extrañas muertes en Villalaloca (1)


Carlos era un tipo normal y corriente. No sé si os habeis fijado en que he dicho ”era” y no ”es”. Él ha muerto. Le mató mi caniche. También murió el animalito . A Carlos le gustaban los Beatles, el zumo de naranja y pegar patadas a los coches aparcados cuando nadie le observaba. Solía pegar puntapies a esos Mercedes que brillan tanto, aunque esten recubiertos de barro y que son tan caros. Su rechoncha pierna se estiraba primero hacia atrás y después se dejaba caer contra el vehiculo.

El verano que yo llegué desde Southampton él fué el unico que no me hizo ascos ni me juzgó por ser extranjero. A Carlos le gustan los hombres extranjeros. Si, también sexualmente.


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¿Obsesionado con las rubias?


-Nacido en Barcelona en el año 97, graduado por la universidad de biológicas de la misma ciudad y también en medicina unos años más tarde. Ha terminado numerosos masters en diversos ámbitos y recientemente ha recibido el premio principe de Astur por su contribución a la ciencia. Con todos ustedes… !Marc  Serra i Vidal!

La voz del presentador dió paso a un sonoro aplauso por parte del público. Mientras, el famoso científico entraba en el plató del nuevo programa sensacionalista, político y científico que estaba causando furor en España: “Peta-Zetas”.

-Buenas tardes . -tartamudeó, claramente nervioso, el invitado.

- Buenas tardes Marc – espera a que tome asiento y prosigue- comenzaremos la entrevista preguntándole acerca de su trabajo. Pero antes, ¿por qué esa obsesión por el pelo rubio?


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El rey de la casa


En el patio del recreo le llamaban “el pirata”, pues era conocido ladron de piruletas. Mataba el tiempo con balas de juguete y siempre desafiaba a la gravedad en la rampa del tobogan. Por las noches salía a buscarle tres patas a las gatas de su tejado, confundía con estrellas las farolas de su calle, y era experto en salirse del plato. Creció volando, volaba tan rápido que ni su propia sombra lograba alcanzarle, nadie nunca logró pararle los pies pues era experto en hacer trampas al pollito inglés. Siempre pensó que la plastilina era comestible y los rotus fluorescentes luces de neón, La suerte le guiñaba un ojo y él le sonreía, sabía reinventarse con plastidecor todos los días, Sólo besaba para recuperar los besos que le faltaban, coleccionaba moratones en las rodillas. Hacia bolas de papel con sus recuerdos , y equilibrios encima de la silla, y siempre que la noche le venía a asustar callaba a la luna con el dedo pulgar.


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Consumo


Miré desde la terraza los últimos resquicios de sol que me ofrecía aquel día. Apoyado en la baranda, viendo como las luces de aquella ciudad empezaban a brillar como rastros de purpurina mal esparcidos sobre las montañas. El cigarro que había empezado a consumirse, dejaba haces de humo que formaban ondas perfectas en el aire. La tranquilidad de la noche había caído sobre mí, serena, lenta, pausada…

Miles de ideas brotaban en mi mente, sin encontrar un camino de salida que fuera coherente, y se unían unas con otras, dando forma a un monstruo amorfo y enorme que palpitaba en mi sienes, que pedía salir de ese minúsculo mundo en el que se veía atrapado y asfixiado.

Miraba embobado el humo de ese cigarro que se consumía lentamente. Me parecía tan bello aquel humo denso, aquellos dibujos que desparacían con la brisa del aire, aquel color rojo intenso del cigarro.


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Interrogaciones


Se pasa la tarde sentada  escuchando las palabras de otros, pensando en las letras de los demás, pero cuando intenta  juntar las suyas siente cómo se caen del folio. Una a una se precipitan  y forman el punto de la interrogación. Una interrogación cada vez más grande que esconde una respuesta que aún no puede ver porque las vendas del tiempo  ciegan y apagan su esperanza.

Mañana será otro día en el que tendrá que seguir trabajando aún si saber qué le espera. Otro día en el que una palabra más se unirá a esas otras tantas que antes que ella llegaron a sus pensamientos.

Beatriz Hernando Robledo

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Aveces Pienso


A veces pienso que los seres humanos nacemos con una capacidad de odiar tremendísima. Después, cuando somos conscientes de que nuestras madres nos quieren empezamos a quererla a ella, y después a otras personas, sin importar condición, sexo o edad. Al cabo del tiempo hay personas que nunca han aprendido a querer, y otras sin embargo se exceden queriendo y sufren por haber querido tanto, a quien no debían, o a quien sí debían pero no eran correspondidos.
Entonces me di cuenta de que las personas básicamente lo que hacemos es utilizar a las personas a nuestro antojo. Y de esto, no se libra nadie. Primero conocemos a alguien, lo examinamos, y si puede cumplir alguna función para nosotros, le utilizamos, sacamos sus entrañas y sus posibilidades, tiramos de la cuerda hasta que no queda nada. Y cuando ya le hemos sacado todo el jugo, le matamos. Le odiamos, aniquilamos los buenos momentos, los sustituimos por las sensaciones de ira, nos aliamos con otros para abandonarle en el vertedero, y luego, ¿qué queda? Nada. Estamos solos en medio de la nada, en medio del odio, en medio del veneno, y cuando es demasiado tarde para rectificar, nos refugiamos en el odio porque es lo primero que sentimos cuando alguien nos hace daño. Lo de la pena, la tristeza, es para los débiles. Y se supone que ninguno de nosotros nos consideramos débiles cuando nos hacen daño.


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