Era sábado, me desperté tarde como de costumbre y vi entrar por mi ventana la luz cálida de una mañana aventajada en horas de vigilia. Haciendo un esfuerzo, que en aquel momento me parecía sobrehumano, levanté mi edredón dejando escapar ese calor templado que vale más que cualquier tesoro del mundo en un despertar. Busqué mis zapatillas de casa con un pie temeroso de rozar el suelo, algo que debí asimilar que sucedería antes de bajarlo sin mirar, y las encontré donde a nadie le gusta encontrárselas, en el otro extremo de una habitación con ese suelo de mármol que parece mirarte pensando algo así como “¿Qué? Yo también tengo derecho a darte los buenos días”, así que tomé aire y me lancé a la carrera para volver tan aprisa como pude a mi campamento base de tela, látex y por supuesto, mi pequeño botín calorífico. Pero ya no era lo mismo, mi calor templado se había destemplado así que empecé a arrastrar mis zapatillas por el suelo, como intentando lijarlo hasta la cocina, cogí un par de mandarinas y pulí otro trecho hacia el salón donde me dejé caer pesadamente en mi sofá favorito. Ante mi tenía una televisión aún mas dormida que yo por lo que decidí dejarla descansar un poco más mientras disfrutaba mi zafarrancho, despojé a la mandarina de su cáscara y me llevé las manos a la nariz para olerlas. Tenían, como siempre, una fragancia dulce pero ligera, uno de esos olores de los que nunca te cansarás por muchos años que pasen .Me abstraía viendo las luces que reinaban en mi salón, sutilmente doradas, luminosas, que dejaban entrever un cielo azul lleno de vida y promesas sobre el nuevo día, al mismo tiempo que disfrutaba del silencio tranquilo que inundaba la sala. ...