¿Quién pudiera madrugar más?
Me gustaría levantarme más temprano cada mañana para coger el tren y no utilizar el coche. Así podría cerrar los ojos bajo el agua caliente de la ducha, afeitarme y vestirme antes que hoy. Podría desayunar media hora antes, escuchando las mismas memeces de siempre con mi cerebro nublado por los velos del sueño. A pesar de que mis ojeras me lo agradecerían, no se trata de un extraño instinto masoca. Confieso que despegar cada mañana la cabeza del calor de mi almohada me parte el corazón.
Distintos factores geográficos y estratégicos me obligan a coger mi utilitario para desplazarme a la facultad. El tren no es una opción, no puedo madrugar más y acercarme a la estación. Digo que no puedo no por capricho o comodidad, lo digo porque realmente no hay estación. Aunque la hubiese, tampoco hay raíles lo suficientemente cerca como para que algún vagón se deslizase por ellos.







