“No quiero morir”

– ¡¡ODILE!!
El aullido desgarrador de May se ahogó con el estallido de cristales.

Sentía como la brisa invernal se clavaba en su piel.
Sentía como descendía lentamente sin saber a donde… No, si lo sabía… sabía que descendía hacía la muerte y por ello no quería abrir los ojos… Entonces, recordó el momento en el que vio por primera vez la guadaña de la Muerte y la luz… aquella luz que no pudo alcanzar porque una mano cálida la agarró y la devolvió a la vida.
Yago.
¿Eso significaba que no le vería más? ¿No vería más aquellos ojos que tanto le gustaban? ¿No volvería a oír su voz… ni a oler su aroma a menta?

Nuevamente se encontraba en aquel vagón, sentada en el asiento rojo. A través del cristal no se podía ver nada más que oscuridad.

“No… no quiero morir… ¡Esto debe ser una pesadilla!” pensó aterrada.
Abrazó sus piernas con fuerza y hundió su rostro, desolada.

“Es que no puedes morir, Odile”, dijo una voz.
La misma voz que le ayudó a asesinar al vampiro Drake… la misma voz que la alentaba a sacar el poder que ella tanto temía.

“No sé quien eres en realidad… pero… ¿Puedes sacarme de esta?”

“¿No decías que no querías mi ayuda?, le preguntó con escalofriante sorna la vocecilla.

“Quiero vivir”, reconoció Odile.

“Quieres volver a verle” rió él “Mucho debes amarle para querer mi ayuda”.

“¿Me vas a ayudar o no?”, preguntó molesta.

“No debería, pero si no lo hiciera sería un gran desperdicio… después de todo, eres mi ama”.

Odile se mordió el labio inferior para esperar el Gran Golpe… pero no pasó nada.

“¿Qué pasa?”, le preguntó a la voz. “¿Por qué no me ayudas?”

“No lo necesitas. Abre los ojos, Odile”

Los abrió.
El cielo estrellado de Fantasy se iba alejando rápidamente.
Iba a llegar su hora…
“Yago”

¡ODILE!
Una luz dorada surgió en la oscuridad y se abalanzaba sobre ella a gran velocidad… Odile ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse que era esa luz hasta que sus ojos reconocieron qué se trataba de él… de Yago, el Arrebatador.
¡YAGO! – lo llamó con los ojos anegados de lágrimas.

Las lágrimas de la niña aterrizaban en el rostro del ángel que descendía velozmente para aferrarla una vez más.

Y cuando sus manos se entrelazaron… y cuando sus ojos se encontraron… un intenso resplandor dorado surgió de Yago.. haciéndolo más bello que nunca.
La estrechó entre sus brazos y ella, temblorosa, descansó su cabeza en su hombro.

¡Has venido! – sollozó la niña.
¡Claro que lo he hecho! – dijo él con voz temblorosa… tenía unas tremendas ganas de llorar – ¡Te dije que no te separaras de mí en la fiesta idiota!
Ella dejó escapar una sonrisa nerviosa. Su corazón latía aceleradamente. Alzó la mirada, chocándose con la del muchacho… fue entonces cuando se dio cuenta que estaba flotando en el aire entre los brazos de Yago.

¡Eh, mirad! ¡En el cielo!
El bonito suelo de palacio estaba bañado de una sustancia negra. Las enormes mesas estaban volcadas o destrozadas, al igual que las sillas, cuyas sobrevivientes estaban dispersadas por la sala o ocupadas por algún Cazador exhausto, cansado o herido.
Aun alejados uno de otros, observaban a través del aquella ventana por la que había salido un ángel disparado… como una hermosa luz dorada flotaba en el aire.
Lo ha conseguido – susurró Elba con una radiante sonrisa.
Ian también sonrió y se dirigió al pequeño anciano que estaba de pie encima de una de las pocas sillas que habían quedado intactas.
Por lo pelos ¿Eh?
Lo único que le voy a echar en cara a ese loco es el susto que nos ha dado.

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