Jorge, sentado en la mesa de la cocina, acercó la nariz a la ardiente y negra taza de su padre y aspiró el humo que brotaba de ella. Casi pudo saborearlo, sintiendo el calor en los pulmones y el gusto en la lengua.
Café. Volvía a pensar en aquello. Desde que el viejo le había dado aquel extraño consejo, que incluso a un niño de once años y medio como Jorge le sonaba más a provocación que a ninguna otra cosa, no había dejado de pensar en lo mismo. Miró a su padre, absorto en su agenda, y se le ocurrió que la forma rectangular de ésta no era tan diferente a un triángulo. Sólo sobraba una esquina. Maldito viejo.
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El viejo se había acercado a Jorge hacía dos semanas, mientras él estaba en el parque buscando piedras blancas para las plantas de su madre.
Jorge escuchó sus pasos y levantó la cabeza. El viejo le preguntó qué hacía, dirigiendo su mirada a la bolsa llena de piedras que había en el suelo. Tenía la expresión amable, y una mancha ennegrecida en el bolsillo de la camisa. Apenas tenía pelo en la cabeza, ni dientes en la parte superior de la boca. El bigote que llevaba disimulaba aquella carencia con cierta eficacia. Jorge explicó que su madre las quería para adornar la tierra de las macetas.
–¿Y las quiere blancas?
–Quedan más bonitas, como la tierra parece negra, es como el café…
–¿Café? Ya. El blanco es un buen color, muchacho, tu madre te manda bien. ¿Cómo te llamas?
–Jorge.
–Bien, Jorge. Debería decirte algo. En principio porque has sido tú el que ha sacado el tema… Más que nada por eso, recuérdalo. — El viejo que sólo tenía arrugas en los ojos miró a su alrededor, como si no hubiera analizado antes el terreno, y señaló un banco que tenía a su izquierda, a apenas cinco metros. — Voy a sentarme… — dijo mientras se dirigía al asiento. Cuando estuvo al lado, se giró para ver a Jorge en el mismo sitio donde lo había dejado. — ¿Quieres que te lo diga o no?
Jorge lo dudó un instante. Ya se había tropezado con hombres demasiado simpáticos en el parque. Hombres, o viejos, que le ofrecían un billete, o un videojuego. Hombres que le habían acariciado el cuello. Hombres que se escondían detrás de los arbustos. Hombres que querían que él se escondiera con ellos en los arbustos. Sin embargo, éste era distinto. Le pareció bastante diferente para tomarlo por inofensivo.
–Sí.
–Bien. Ya te digo que si tú no hubieras hablado de ello yo no te contaría esto… pero ahora creo que debería decírtelo. — Jorge se acercó y se sentó en el banco, todo lo lejos que pudo del hombre, apoyando sólo medio culo en la madera, con la pierna izquierda soportando parte de su peso, en equilibrio y en tensión, como un resorte perfecto, lista para dar el salto y echar a correr en cualquier momento ante cualquier sospecha sobre las intenciones del viejo. Él notó la desconfianza del niño y sonrió, pues sabía el poco dolor que podían producir sus manos. Su voz, en cambio, era otra cosa. Podía ser un arma tan eficaz… — Tranquilo. No me importa que no te acerques. Como te decía, ya que has sacado el tema, me…
–¿Qué tema?
–El café.
–¿Qué pasa con el café?
–Muchacho, voy a decirte algo que nunca debes hacer con el café. Ya, ya sé que lo tomamos todos los días y lo venden en todas partes… pero ésto que voy a decirte lo saben muy pocas personas en el mundo. — Jorge, mientras abría los ojos y afinaba las orejas, siquiera se dio cuenta de que se había sentado por completo en el banco, tan intrigado como estaba por conocer aquel secreto. — Nunca hagas lo que voy a decirte. Nunca hagas un triángulo en el suelo con granos de café, Jorge. Si lo haces, no vayas a meterte dentro del triángulo. Si se te ocurre meterte en el triángulo, jamás lo hagas descalzo, y si te metes descalzo no digas ninguna palabra. Desde luego, no digas estas palabras: croquis, ladera y revolución. Que no se te ocurra decirlas en ese orden. Croquis. Ladera. Revolución. — Jorge pudo escuchar la abismal distancia que separaba cada palabra, y un escalofrío ascendió hasta su nuca. — No hagas un triángulo con café, ni te descalces y entres en él para decir esas tres palabras, muchacho. No debes hacer eso nunca.
–¿Por qué? — inquirió Jorge, usando la repetitiva e insaciable pregunta de la niñez.
–Es peligroso.
–¿Por qué? ¿Qué pasa si haces eso?
–No sabría decírtelo con certeza. Podría pasar cualquier cosa. Pero no lo hagas. No lo hagas nunca. — El viejo sacó un móvil de su bolsillo y lo miró. — Tengo que irme, Jorge. Tú también te estás entreteniendo, seguro que tu madre se preocupa cuando tardas, ¿eh? — ya se había levantado y se alejaba del banco. — Bueno, muchacho, ya charlaremos otro día — dijo apenas sin volver la vista.
El viejo siguió andando y Jorge no contestó nada. Se quedó mirando al hombre que se hacía cada vez más pequeño, hasta que su silueta se perdió detrás de un árbol. Luego se levantó, recogió la bolsa y se marchó a su casa.
A su madre le encantaron las piedras, y le dio un beso tan largo y sonoro que Jorge se deshizo de sus brazos llamándola garrapata, porque no lo soltaba, y ella se rio y le dijo que se hiciera un bocadillo para merendar, que había comprado chorizo. Jorge merendó, y luego ayudó a su madre a poner las piedras, y cuando encontró entre la tierra una piedrecita marrón y negra, brillante y opaca a la vez, con forma ovalada, observó el parecido que tenía con un grano de café, con cualquier grano de café, de ésos que estaban dentro del paquete de plástico verde que su madre guardaba en el armario que estaba a la derecha de la lavadora, y volvió a recordar qué era lo que el viejo le había dicho exactamente que no hiciera.
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–Croquis — murmuró Jorge mirando hacia el techo de su habitación.
Estaba tumbado en la cama y hacía horas que escuchaba los ronquidos de su padre. No podía dormir. Habían pasado más de tres meses desde la tarde que el maldito viejo le había contado lo que nunca puedes hacer con unos granos de café. Ah… pero él tenía tantas ganas de hacerlo… Apenas podía pensar en otra cosa. Sus notas habían bajado, y su madre hacía semanas que cada dos días le preguntaba si se sentía bien y si quería decirle algo.
No se lo había contado a nadie. Si lo que decía el viejo era verdad, aquel era un secreto que pocas personas sabían, un misterio demasiado grande para dárselo a cualquiera. En un principio no quiso contarlo a nadie por puro egoísmo. O por vergüenza, tal vez. Sin embargo, ya no lo contaba por solidaridad. No podía decírselo a nadie, y menos aún a su madre, porque aquello era una trampa. Una trampa para volverte loco, como mínimo. Eso desde luego. Eso podía jurarlo Jorge ante cualquier tribunal o dios. Le habían tendido una trampa, y no conseguiría escapar de ella cuerdo.
Era peligroso, ya se lo había dicho el viejo. Podía pasar cualquier cosa.
–Ladera — escapó de sus labios como un insulto, y lo impulsó a sentarse.
Sabía con exactitud cómo no tenía que hacerlo. El maldito viejo se había guardado muy bien de explicárselo. Podía habérselo ahorrado, eso también lo sabía Jorge. Pero no lo había hecho. Oh, no, no se había ahorrado nada. Porque aquello era una trampa, Jorge era suficiente listo para saberlo. Le había dicho lo que nunca debía hacer con todo detalle, y desde entonces Jorge no podía quitarse los triángulos ni el café de la cabeza. Jorge no podía pasar ni un día sin decir esas tres palabras: croquis, ladera, revolución. Y esas palabras, que el primer día lo sorprendieron almacenándose en su memoria, cada día sonaban más misteriosas y más importantes. Jorge no quería acordarse de que si hacía ese triángulo tendría que descalzarse para entrar en él. Jorge quiso no haber sabido nunca el secreto. Jorge, cada noche que se acostaba y sus labios, casi independientes de él, susurraban las tres palabras escogidas, deseaba con todas sus fuerzas no haber escuchado jamás a aquel viejo. Incluso deseaba que aquella tarde aquel hombre hubiera sido como los demás, genoroso y pederasta, y haber tenido que salir corriendo para librarse de su abuso. Deseaba no haberle dicho que sí, que se lo contara. Deseaba ser un ignorante, y no saber que los granos de café guardaban magia en su interior.
–Revolución — pronunció su lengua con total claridad, y sus oídos percibieron la palabra demasido alta, demasiado grave y fuerte.
Puso los pies en el suelo, y el frío le recordó sus cómodas zapatillas. Las miró, pero no se las puso. Procurando no hacer ni un solo ruido, fue a la cocina y cogió el verde paquete de café. Volvió a su habitación y se sentó en la cama, con el café en la mano derecha. Hizo todo de forma autómatica, apenas sin darse cuenta, como se hacen las cosas que ya se han hecho muchas veces, o las que se han pensado hacer durante horas y horas.
–Croquis. Ladera. Revolución — susurró Jorge. — Croquis, ladera y revolución — repitió, con un tono de voz más elevado, mientras ponía los pies en el suelo y abría con mucho cuidado el paquete que llevaba. — Croquis — dijo mientras se agachaba y comenzaba a hacer una línea con los granos de café. Se levantó para admirarla y decidió que estaba bien, sonriendo. — Ladera — dijo formando la segunda línea. No en ángulo recto, por supuesto, porque aquello sería un triángulo. — Revolución — formuló mientras dibujaba la tercera línea y unía los puntos, guardándose de permanecer fuera del polígono.
Había sido tan fácil como sabía que sería. Dejó el plástico vacío sobre la cama. Se situó al borde de una de las fronteras, con los dedos de los pies casi rozando la diminuta cordillera de granos de café.
Dio el paso al frente con una idea cruzando su mente: podía suceder cualquier cosa. Por supuesto, no sucedería nada hasta que dijera las palabras mágicas.
–Croquis. Ladera. Revolución — proclamó Jorge, y antes de terminar la última sílaba sintió que se mareaba, que hacía demasiado calor y que sus pies dejaban de tocar el suelo. ...