SOPA DE RELATOS

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Guión Literario: La vida es un chiste.


“A fin de cuentas, todo es un chiste”
Localización: Bar Síbaris. Parque de Santa Catalina. Las Palmas de Gran Canaria. Noche.

Voz en off de Dácil:
“¡Maldita Inma! ¿Para que me hace venir hasta aquí con este puto frío si sabe que aun no va abrir? ¡Y yo sin el dichoso móvil! En peor momento se me ha ocurrido un arranque de orgullo… Aunque, viéndolo desde otro punto de vista me ahorraría el mal trago de no cogerle el teléfono a este capullo. ¡Pero eso no quita que me esté muriendo de frío!
Odio el clima de este lugar… es tan variable como la menstruación Tania… por la mañana hace 30 grados y por la noche 17… ¡No lo entiendo! Los meterólogos, mi abuela y sus amigas descartan que sea a causa del cambio climático pero en mis veinte años recuerdo primaveras calurosas, veranos infernales, otoños sofocantes e inviernos “suaves”. Y cuando digo “suaves” me refiero a temperaturas que no obligan a la gente a llevar encima una camiseta, un jersey y una cazadora para protegerse.
Inma ¿Donde coño estás? ¡Es que no lo entiendo! Si sabe que hemos quedado a las siete y media… porque se empeña en levantarse a las seis de la tarde e ir a comer a un lugar donde tardan años en hacer una ensalada de col…”


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muSchaEs cXosasO (2)


Así que Roso le había vencido cual macho alfa a pequeño macho beta. Lo cierto es que por muy gordo, feo, pipa y raro que fuese, Roso era un verdadero macho alfa, o al menos eso pensaba Dani. Era un genio de las relaciones. Dani y él se llevaban a muerte, pero guardaban los modales cuando estaban en presencia uno del otro.

Todo empezó cuando Dani salió del colegio, a las 17h00, un Viernes, dispuesto a aceptar cualquier plan que hubiese. Así que se fué a jugar al futbol y se llevó a Ana, la chica que le gustaba, con él. Ella tenía novio, pero Dani sabía de sobra que era mas facil ligarse a una chica con novia que a una soltera. No sabía por qué, pero así era y punto. Desde que Dani leía el metodo, jugaba con las chicas ensayando metodos para ligar, y todos funcionaban. Sabía como llevar a Ana de un lado para otro, captar su completa atención, seducirla y hablar con ella de los temas mas intimos que podais imaginaros.


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PODÍA ELEGIR


El hombre entró en la habitación y encendió la luz. La mujer se incorporó de la cama y lo miró expectante. Él llevaba la camisa fuera del pantalón, tenía los ojos enrojecidos y en su cara se dibujaba una gran sonrisa.

–Hoy estoy contento. Esta noche puedes pedirme lo que quieras.

La mujer se quedó callada.

–Vamos… te doy a elegir, como el viernes pasado.

–Pero no es necesario, yo me conformo con…

–Claro que es necesario. Hoy estoy muy excitado. No me hagas perder el tiempo porque no voy a poder aguantarme. Dime.

La mujer volvió a callar, preguntándose sus posibilidades y sopesando las ventajas y desventajas de cada una. Quizás sólo sopesaba las desventajas.

–Venga… que te estoy dando a elegir… Deberías agradecérmelo, no todos los hombres son tan generosos con sus mujeres. ¿No crees que deberías darme las gracias?


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Vraeus


Esta es la historia de Yari, un joven ladronzuelo del Antiguo Egipto. 

En una calurosa tarde estival (en la que fácilmente se podría haber frito un huevo sobre las rocas), Yari comprobaba su botín…

Entrar en el mausoleo ha sido tan sencillo… ¿Cómo un monumento de semejantes dimensiones y tal grado de sacralidad podía estar dotado de tan poca vigilancia y protección? La gran Sala Hipóstila albergaba toda clase de riquezas… Pero ninguna tan bella y golosa como aquel VRAEUS de oro… Arrancado de la frente de la máscara de Tutankhamoon, esa serpiente dorada parecia que hubiese germinado de los mismos infiernos… Sólo el mirarla hacía daño a la vista con su rutilancia… No podía dejarla ahí…

¿Qué me está pasando? Dios mio… estoy sumido en la miseria, no puedo calmar mi hambre, ni mi sed… Sangro y no sangro… Tengo frio y sudo… Tengo calor y tiemblo… Me precipito al vacío… Caigo… y siento dolor al tocar el suelo… Muero… ¡Pero sigo vivo! ¿Por qué me pasa esto…?


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muSchaEs cXosasO


Lo primero que hizo Dani fué asignar una categoría a su nueva entrada. ”Siempre que se me olvida, va a zona basura” pensó. Parábola. ¿Que sería una parabola? Para volar. Parar una bola. ¿Volar para parar una bola? Ah, como un portero.

Y luego le puso un titulo. No se le ocurrió ninguno bueno, aunque solo le dedico un par de segundos en reflexionar sobre ello, así que puso ”Nada”. ¿Qué pensaría la gente si ve escrito ”Nada” en un relato? Nadie querrá leerlo. Así que lo borró y lo sustituyó por: ”muCHas cOsAS”, y, aunque le parecía un titulo muy estupido, así lo dejó.


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Altamente… Impredecible…


-¿Qué puede ser más impredecible que la muerte?
-No lo sé… Quizás un suicida.
-No.
-¿Entonces qué?
-Si hay algo que puede ser más impredecible que la muerte… solo puede ser un idiota.
-… No lo entiendo…. ¿Por qué?
-Sencillo… Porque los idiotas son muy creativos…

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Croquis. Ladera. Revolución.


Jorge, sentado en la mesa de la cocina, acercó la nariz a la ardiente y negra taza de su padre y aspiró el humo que brotaba de ella. Casi pudo saborearlo, sintiendo el calor en los pulmones y el gusto en la lengua.
Café. Volvía a pensar en aquello. Desde que el viejo le había dado aquel extraño consejo, que incluso a un niño de once años y medio como Jorge le sonaba más a provocación que a ninguna otra cosa, no había dejado de pensar en lo mismo. Miró a su padre, absorto en su agenda, y se le ocurrió que la forma rectangular de ésta no era tan diferente a un triángulo. Sólo sobraba una esquina. Maldito viejo.
————- ————- —————
El viejo se había acercado a Jorge hacía dos semanas, mientras él estaba en el parque buscando piedras blancas para las plantas de su madre.
Jorge escuchó sus pasos y levantó la cabeza. El viejo le preguntó qué hacía, dirigiendo su mirada a la bolsa llena de piedras que había en el suelo. Tenía la expresión amable, y una mancha ennegrecida en el bolsillo de la camisa. Apenas tenía pelo en la cabeza, ni dientes en la parte superior de la boca. El bigote que llevaba disimulaba aquella carencia con cierta eficacia. Jorge explicó que su madre las quería para adornar la tierra de las macetas.
–¿Y las quiere blancas?
–Quedan más bonitas, como la tierra parece negra, es como el café…
–¿Café? Ya. El blanco es un buen color, muchacho, tu madre te manda bien. ¿Cómo te llamas?
–Jorge.
–Bien, Jorge. Debería decirte algo. En principio porque has sido tú el que ha sacado el tema… Más que nada por eso, recuérdalo. — El viejo que sólo tenía arrugas en los ojos miró a su alrededor, como si no hubiera analizado antes el terreno, y señaló un banco que tenía a su izquierda, a apenas cinco metros. — Voy a sentarme… — dijo mientras se dirigía al asiento. Cuando estuvo al lado, se giró para ver a Jorge en el mismo sitio donde lo había dejado. — ¿Quieres que te lo diga o no?
Jorge lo dudó un instante. Ya se había tropezado con hombres demasiado simpáticos en el parque. Hombres, o viejos, que le ofrecían un billete, o un videojuego. Hombres que le habían acariciado el cuello. Hombres que se escondían detrás de los arbustos. Hombres que querían que él se escondiera con ellos en los arbustos. Sin embargo, éste era distinto. Le pareció bastante diferente para tomarlo por inofensivo.
–Sí.
–Bien. Ya te digo que si tú no hubieras hablado de ello yo no te contaría esto… pero ahora creo que debería decírtelo. — Jorge se acercó y se sentó en el banco, todo lo lejos que pudo del hombre, apoyando sólo medio culo en la madera, con la pierna izquierda soportando parte de su peso, en equilibrio y en tensión, como un resorte perfecto, lista para dar el salto y echar a correr en cualquier momento ante cualquier sospecha sobre las intenciones del viejo. Él notó la desconfianza del niño y sonrió, pues sabía el poco dolor que podían producir sus manos. Su voz, en cambio, era otra cosa. Podía ser un arma tan eficaz… — Tranquilo. No me importa que no te acerques. Como te decía, ya que has sacado el tema, me…
–¿Qué tema?
–El café.
–¿Qué pasa con el café?
–Muchacho, voy a decirte algo que nunca debes hacer con el café. Ya, ya sé que lo tomamos todos los días y lo venden en todas partes… pero ésto que voy a decirte lo saben muy pocas personas en el mundo. — Jorge, mientras abría los ojos y afinaba las orejas, siquiera se dio cuenta de que se había sentado por completo en el banco, tan intrigado como estaba por conocer aquel secreto. — Nunca hagas lo que voy a decirte. Nunca hagas un triángulo en el suelo con granos de café, Jorge. Si lo haces, no vayas a meterte dentro del triángulo. Si se te ocurre meterte en el triángulo, jamás lo hagas descalzo, y si te metes descalzo no digas ninguna palabra. Desde luego, no digas estas palabras: croquis, ladera y revolución. Que no se te ocurra decirlas en ese orden. Croquis. Ladera. Revolución. — Jorge pudo escuchar la abismal distancia que separaba cada palabra, y un escalofrío ascendió hasta su nuca. — No hagas un triángulo con café, ni te descalces y entres en él para decir esas tres palabras, muchacho. No debes hacer eso nunca.
–¿Por qué? — inquirió Jorge, usando la repetitiva e insaciable pregunta de la niñez.
–Es peligroso.
–¿Por qué? ¿Qué pasa si haces eso?
–No sabría decírtelo con certeza. Podría pasar cualquier cosa. Pero no lo hagas. No lo hagas nunca. — El viejo sacó un móvil de su bolsillo y lo miró. — Tengo que irme, Jorge. Tú también te estás entreteniendo, seguro que tu madre se preocupa cuando tardas, ¿eh? — ya se había levantado y se alejaba del banco. — Bueno, muchacho, ya charlaremos otro día — dijo apenas sin volver la vista.
El viejo siguió andando y Jorge no contestó nada. Se quedó mirando al hombre que se hacía cada vez más pequeño, hasta que su silueta se perdió detrás de un árbol. Luego se levantó, recogió la bolsa y se marchó a su casa.
A su madre le encantaron las piedras, y le dio un beso tan largo y sonoro que Jorge se deshizo de sus brazos llamándola garrapata, porque no lo soltaba, y ella se rio y le dijo que se hiciera un bocadillo para merendar, que había comprado chorizo. Jorge merendó, y luego ayudó a su madre a poner las piedras, y cuando encontró entre la tierra una piedrecita marrón y negra, brillante y opaca a la vez, con forma ovalada, observó el parecido que tenía con un grano de café, con cualquier grano de café, de ésos que estaban dentro del paquete de plástico verde que su madre guardaba en el armario que estaba a la derecha de la lavadora, y volvió a recordar qué era lo que el viejo le había dicho exactamente que no hiciera.
————- ————- —————
–Croquis — murmuró Jorge mirando hacia el techo de su habitación.
Estaba tumbado en la cama y hacía horas que escuchaba los ronquidos de su padre. No podía dormir. Habían pasado más de tres meses desde la tarde que el maldito viejo le había contado lo que nunca puedes hacer con unos granos de café. Ah… pero él tenía tantas ganas de hacerlo… Apenas podía pensar en otra cosa. Sus notas habían bajado, y su madre hacía semanas que cada dos días le preguntaba si se sentía bien y si quería decirle algo.
No se lo había contado a nadie. Si lo que decía el viejo era verdad, aquel era un secreto que pocas personas sabían, un misterio demasiado grande para dárselo a cualquiera. En un principio no quiso contarlo a nadie por puro egoísmo. O por vergüenza, tal vez. Sin embargo, ya no lo contaba por solidaridad. No podía decírselo a nadie, y menos aún a su madre, porque aquello era una trampa. Una trampa para volverte loco, como mínimo. Eso desde luego. Eso podía jurarlo Jorge ante cualquier tribunal o dios. Le habían tendido una trampa, y no conseguiría escapar de ella cuerdo.
Era peligroso, ya se lo había dicho el viejo. Podía pasar cualquier cosa.
–Ladera — escapó de sus labios como un insulto, y lo impulsó a sentarse.
Sabía con exactitud cómo no tenía que hacerlo. El maldito viejo se había guardado muy bien de explicárselo. Podía habérselo ahorrado, eso también lo sabía Jorge. Pero no lo había hecho. Oh, no, no se había ahorrado nada. Porque aquello era una trampa, Jorge era suficiente listo para saberlo. Le había dicho lo que nunca debía hacer con todo detalle, y desde entonces Jorge no podía quitarse los triángulos ni el café de la cabeza. Jorge no podía pasar ni un día sin decir esas tres palabras: croquis, ladera, revolución. Y esas palabras, que el primer día lo sorprendieron almacenándose en su memoria, cada día sonaban más misteriosas y más importantes. Jorge no quería acordarse de que si hacía ese triángulo tendría que descalzarse para entrar en él. Jorge quiso no haber sabido nunca el secreto. Jorge, cada noche que se acostaba y sus labios, casi independientes de él, susurraban las tres palabras escogidas, deseaba con todas sus fuerzas no haber escuchado jamás a aquel viejo. Incluso deseaba que aquella tarde aquel hombre hubiera sido como los demás, genoroso y pederasta, y haber tenido que salir corriendo para librarse de su abuso. Deseaba no haberle dicho que sí, que se lo contara. Deseaba ser un ignorante, y no saber que los granos de café guardaban magia en su interior.
–Revolución — pronunció su lengua con total claridad, y sus oídos percibieron la palabra demasido alta, demasiado grave y fuerte.
Puso los pies en el suelo, y el frío le recordó sus cómodas zapatillas. Las miró, pero no se las puso. Procurando no hacer ni un solo ruido, fue a la cocina y cogió el verde paquete de café. Volvió a su habitación y se sentó en la cama, con el café en la mano derecha. Hizo todo de forma autómatica, apenas sin darse cuenta, como se hacen las cosas que ya se han hecho muchas veces, o las que se han pensado hacer durante horas y horas.
–Croquis. Ladera. Revolución — susurró Jorge. — Croquis, ladera y revolución — repitió, con un tono de voz más elevado, mientras ponía los pies en el suelo y abría con mucho cuidado el paquete que llevaba. — Croquis — dijo mientras se agachaba y comenzaba a hacer una línea con los granos de café. Se levantó para admirarla y decidió que estaba bien, sonriendo. — Ladera — dijo formando la segunda línea. No en ángulo recto, por supuesto, porque aquello sería un triángulo. — Revolución — formuló mientras dibujaba la tercera línea y unía los puntos, guardándose de permanecer fuera del polígono.
Había sido tan fácil como sabía que sería. Dejó el plástico vacío sobre la cama. Se situó al borde de una de las fronteras, con los dedos de los pies casi rozando la diminuta cordillera de granos de café.
Dio el paso al frente con una idea cruzando su mente: podía suceder cualquier cosa. Por supuesto, no sucedería nada hasta que dijera las palabras mágicas.
–Croquis. Ladera. Revolución — proclamó Jorge, y antes de terminar la última sílaba sintió que se mareaba, que hacía demasiado calor y que sus pies dejaban de tocar el suelo.


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La Ecuación del Algoritmo


¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? ¿Eh? Vamos… Vamos, valiente. Venga, niña fría y mayor… dime cómo me olvido de ti. ¿Sabes cómo hacer para que te olvide? Venga, tú que te crees tan lista… dime qué tengo que hacer para no acordarme de ti. Vamos, campeona, dame la fórmula que borre tus recuerdos.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido? Deberías decírmelo tú, justamente deberías decirme tú cómo olvidarme de todas las cosas inolvidables que me hiciste vivir.


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Parapeto


Voy andando por una calle repleta de gente.

Los edificios parecen doblados, como si fueran a caerse hacia dentro, sobre las cabezas de los transeúntes. Al mirar hacia arriba veo que los pisos casi se rozan por los tejados, dejando tan sólo una rendija por la que contemplar el cielo, que es de color verde. Supongo que por eso hay tan poca luz, a pesar de los farolillos chinos que alumbran el ambiente, los cuales antes me habían pasado desapercibidos. El suelo es de gravilla y mientras camino veo pequeños brillos en él, azules y verdes y blancos, como si fueran piedras preciosas, pero no lo son. Son canicas. Huele a carne. El aire parece impregnado de ese olor, como si en todas las casas estuviesen asando chuletas, y en lugar de abrirme el apetito, me sobrecoge una arcada.


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Vivimos de amor


No me había pasado nunca, ni creo que vuelva a pasarme. Algunos que dicen ser mis amigos no se creen esta historia, y a mí, a veces, me cuesta creerla. Pero es cierta, porque yo la viví y sé que sucedió.

Resulta difícil de explicar, pero durante un año, nueve meses y cuatro días, viví de amor.

Eva y yo nos conocimos en una fiesta de un amigo común. Esa noche la pasamos hablando encerrados en la cocina. A los dos días quedamos para ir al cine, y después de la película, en su casa, nos acostamos por primera vez. A la semana siguiente nos declaramos como pareja oficial. A las dos semanas desaparecimos para el resto del mundo.

Estuvimos sin salir de mi dormitorio un año, nueve meses y cuatro días.


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La Tentación


Inmaculada estaba acostumbrada a resistir la tentación. De hecho, hacía un tiempo que parecía que toda su vida era sólo eso: resistir tentaciones.

Para ella la tentación era cualquier cosa que perturbara su moral de beata, y eso era sencillo.

La tentación estaba cuando pasaba ante una pastelería, cuando admiraba vestidos elegantes y cuando olía el humo del tabaco y quería volver a fumar como una adolescente. La tentación estaba en todas partes.

Darle una patada al odioso perro del vecino cada vez que se cruzaba con sus gruñidos. Chuparse los dedos con deleite. Dormir todo un domingo de lluvia. Acariciar el cuello de su cuñado cuando iba a pasar el fin de semana. Mandar a la mierda a sus hijos. Masturbarse en la ducha. Colgar el teléfono a su madre. Leer el final de los libros. Quedarse aquella fuente tan bonita que le dejó su hermana. Hacer topless en la playa. Llenar de lejía el nuevo edredón de la vecina de abajo. Pedir a su marido que la llame “puta” cuando lo hacen. Comerse la piel del pollo asado. Decirle al cura que deje de mirar las tetas de su hija. Estrellar contra el suelo el mando de la tele cuando no funciona. Gritar a su marido cuando no la escucha. Reírse a carcajadas cuando ve el pelo de su suegra…


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Alicia y Daniel


Escuchó unos tacones y se giró. La mujer que llevaba los tacones pasó a su lado. Y, entonces, la vio. Le entraron ganas de reírse, o de salir huyendo. No podía creérselo. Lo invadió el miedo. Pero sonrió. Porque se había sentido un loco y un estúpido esperando un sueño, y, sin embargo, allí estaba. A la izquierda, pegada al ventanal de la cafetería, estaba ella. Habría entrado sin que se diese cuenta… Cuatro horas sentado en la misma silla, bebiendo un café tras otro, despistaba a cualquiera, pensó. Tenía una cita con aquella mujer, aunque ella no lo supiese.

Era tal como la había soñado, preciosa. Reconoció sus uñas pintadas de rojo y el bolso que mantenía sobre la mesa. La mujer escribía en una agenda. Daniel apuró su café y se levantó. Sintió una gota de sudor resbalando por su espalda. Tomó aire y empezó a andar. Contó nueve pasos hasta que se detuvo junto a su mesa.


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Sin llaves no hay compromiso


–¿Estás bien? ¿Seguro?

Iban en un taxi. Eran dos muchachas y ambas estaban muy bebidas. Una de ellas, María, ya había vomitado un par de veces antes de que su amiga Sarah decidiera irse a su casa. Repitió la pregunta, dudosa de si la habría escuchado.

–¿Pero estás bien?

Sarah la miró. Estaba pálida y tenía los ojos brillantes. Hizo un amago de sonrisa al contestar.

–Ojalá.

Las dos se echaron a reír. El taxista las observó por el retrovisor, pensando que la juventud se perdía y desperdiciaba en esas noches de alcohol y risa floja. Ninguna percibió su mirada de desprecio y, más profundamente, de envidia.

–Pero… ¡joder! Joder, joder, joder…

–¿Qué? ¿Qué pasa?

Sarah rebuscaba en su bolso lloriqueando con manos aceleradas.

–Que no tengo las llaves, joder. Que no tengo las llaves… las tiene Pablo.


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Jardín de Cielos


Tengo un jardín de cielos; ¡He de mantenerlo libre de aeroplanos!

Retozar danzante en el caminar, que al articular la cadera resuena gong

Es mi posición aleatoria dentro del primer cuadrante del infinito campo de cultivo

Verbalización de los movimientos, torpementente mezclados con pausas y

Un cielo azul, otro sonrosado, alguno de cierto color y de cierto gobierno

Certeza de la no capacidad de erudición en cuanto a cielos se refiere

Ojos tan claros que evitan la reflexión de luz alguna

Elementos individuales de gas parloteante

Vidrieras de vacíos

Anos

MCMXXXVI – MCMXXXIX

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El Vuelo del Cuerpo (Parte II)


Relatos relacionados – Mirar página del foro: Aquí

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La operación marchaba bien. Habían conseguido encontrar las minas abandonadas con facilidad gracias al mapa que les había facilitado Walter, el alcalde. La llegada hasta allí fue sencilla. Dirk, Wyatt, Hoban y “Quick Mickey” iban en la Sky Surfer, la vieja nave de Wyatt, un modelo mucho más pequeño que “el Cuervo” pero, a diferencia de éste, con armamento. Así pues lo usaban como caza o transporte ligero,  cuando dejaban la lanzadera que no estaba ocupada por Arhyssa.

Wyatt se quedó al cargo del caza, mientras Michael y Dirk entraban en el complejo. Hoban iba detrás de éstos con la mochila de las cargas a la espalda, avanzando un poco más lento. El capitán confiaba en que los delincuentes no fuesen más que un hatajo de borrachos y que no se esperarían una trampa como la que pensaban tenderles. Por eso esperaron hasta que se hiciera de noche para realizar la operación, cuando estuviesen durmiendo plácidamente. Por la cabeza de Van Ulrich sólo pasaba una y otra vez la imagen de los pobres desgraciados despertandose con el sonido de las explosiones. Este pensamiento conseguía arrancarle una sonrísa facilona.


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VI Certamen Literario Santa María de Europa


¡Hola, soperos!

El Colegio Mayor Universitario Santa María de Europa convoca el Sexto Certamen Literario (Poesía y Narrativa), donde podrán participar todos los estudiantes de cualquier universidad pública o privada de la Comunidad de Madrid (España).

Hacemos especial hincapié en este certamen, pues las dos modalidades son la de relato corto (extensión máxima de seis folios) y poesía (de treinta a cien versos), siendo la mayoría de escritores de Sopa de Relatos unos auténticos expertos en ambas materias.

Para conocer las bases del concurso, click aquí.

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El Vuelo del Cuervo (Parte I)


Bueno, este relato tiene relación con uno que escribí hace mucho.

La tripulación del Cuervo Negro (1º Parte)

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Manahdi  era una pequeña luna que orbitaba alrededor de Lophno, el gigante gaseoso. Era realmente una luna con tan poco interés que había pasado inadvertida por todos, incluso por los ojos de la Alianza. Está habitada por viejos ganaderos que subsisten como pueden y que llevan una vida normal, hasta que aparece algún delincuente que les extorsiona y les roba. Por ello es un buen lugar para que mercenarios de todo tipo se saquen algún dinero ocasionalmente. Para el capitán Van Ulrich y su tripulación esto significaba dinero fácil.

- Wyatt, ¿ten cuidado quieres? – dijo el capitán dandole unos golpecitos a un botón rojo – Cada una de las cabezas que llevamos ahi atrás es un dineral. Si muere algúna, la descontaré de tu paga.


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Muerte en la Nieve


El cuerpo yacía entre la blanca nieve. Ésta, inconsistente, casi toda polvo, cubría el extenso campo de punta a punta. Apenas unas huellas, el muerto, y una zona cercana a él donde, extrañamente, no quedaba casi nieve, desfiguraban una estampa perfecta. Sin embargo, el cadáver apenas tenía restos de nieve, salvo en las manos, las rodillas, los pies… y la boca. Aunque en ella era más bien un rastro escaso de pequeños pedacitos de hielo semiderretido.

Era un hombre alto, de constitución delgada. Estaba bocarriba. Le abrí el abrigo, pesado y oscuro. También le desabroché la camisa. Su cuerpo estaba muy frío, aunque no tanto como el ambiente, por lo que deduje que no llevaba mucho tiempo muerto. Su torso, sin embargo, estaba azul, y el vientre estaba curiosamente hinchado, dando un aspecto absurdo, casi abstracto, a un cuerpo tan delgado.

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Afuera seguía nevando. Con fuerza.


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Mariguanos en un terreno baldío, frente a lo que especulo con Arturo, fue en algún momento la casa de un vagabundo


- Toma unas piedras para aventárselas por si nos intenta morder.

- Pero ya no hay. Creo que ha llegado al punto (5,14) en el que todas las piedras le han sido arrojadas (4,18) (4,19) (5,18) (5,19) (6,18) (6,19) de tal modo que para tomar una y lanzársela debemos pasar por donde él está (5, 16).

- Pues no, ahí hay una.

- Coño Arturo, no entiendes nada.

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Cortázar nunca lo hizo


Parfois, le dimanche

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