SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Parapeto


Voy andando por una calle repleta de gente.

Los edificios parecen doblados, como si fueran a caerse hacia dentro, sobre las cabezas de los transeúntes. Al mirar hacia arriba veo que los pisos casi se rozan por los tejados, dejando tan sólo una rendija por la que contemplar el cielo, que es de color verde. Supongo que por eso hay tan poca luz, a pesar de los farolillos chinos que alumbran el ambiente, los cuales antes me habían pasado desapercibidos. El suelo es de gravilla y mientras camino veo pequeños brillos en él, azules y verdes y blancos, como si fueran piedras preciosas, pero no lo son. Son canicas. Huele a carne. El aire parece impregnado de ese olor, como si en todas las casas estuviesen asando chuletas, y en lugar de abrirme el apetito, me sobrecoge una arcada.


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Vivimos de amor


No me había pasado nunca, ni creo que vuelva a pasarme. Algunos que dicen ser mis amigos no se creen esta historia, y a mí, a veces, me cuesta creerla. Pero es cierta, porque yo la viví y sé que sucedió.

Resulta difícil de explicar, pero durante un año, nueve meses y cuatro días, viví de amor.

Eva y yo nos conocimos en una fiesta de un amigo común. Esa noche la pasamos hablando encerrados en la cocina. A los dos días quedamos para ir al cine, y después de la película, en su casa, nos acostamos por primera vez. A la semana siguiente nos declaramos como pareja oficial. A las dos semanas desaparecimos para el resto del mundo.

Estuvimos sin salir de mi dormitorio un año, nueve meses y cuatro días.


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La Tentación


Inmaculada estaba acostumbrada a resistir la tentación. De hecho, hacía un tiempo que parecía que toda su vida era sólo eso: resistir tentaciones.

Para ella la tentación era cualquier cosa que perturbara su moral de beata, y eso era sencillo.

La tentación estaba cuando pasaba ante una pastelería, cuando admiraba vestidos elegantes y cuando olía el humo del tabaco y quería volver a fumar como una adolescente. La tentación estaba en todas partes.

Darle una patada al odioso perro del vecino cada vez que se cruzaba con sus gruñidos. Chuparse los dedos con deleite. Dormir todo un domingo de lluvia. Acariciar el cuello de su cuñado cuando iba a pasar el fin de semana. Mandar a la mierda a sus hijos. Masturbarse en la ducha. Colgar el teléfono a su madre. Leer el final de los libros. Quedarse aquella fuente tan bonita que le dejó su hermana. Hacer topless en la playa. Llenar de lejía el nuevo edredón de la vecina de abajo. Pedir a su marido que la llame “puta” cuando lo hacen. Comerse la piel del pollo asado. Decirle al cura que deje de mirar las tetas de su hija. Estrellar contra el suelo el mando de la tele cuando no funciona. Gritar a su marido cuando no la escucha. Reírse a carcajadas cuando ve el pelo de su suegra…


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Alicia y Daniel


Escuchó unos tacones y se giró. La mujer que llevaba los tacones pasó a su lado. Y, entonces, la vio. Le entraron ganas de reírse, o de salir huyendo. No podía creérselo. Lo invadió el miedo. Pero sonrió. Porque se había sentido un loco y un estúpido esperando un sueño, y, sin embargo, allí estaba. A la izquierda, pegada al ventanal de la cafetería, estaba ella. Habría entrado sin que se diese cuenta… Cuatro horas sentado en la misma silla, bebiendo un café tras otro, despistaba a cualquiera, pensó. Tenía una cita con aquella mujer, aunque ella no lo supiese.

Era tal como la había soñado, preciosa. Reconoció sus uñas pintadas de rojo y el bolso que mantenía sobre la mesa. La mujer escribía en una agenda. Daniel apuró su café y se levantó. Sintió una gota de sudor resbalando por su espalda. Tomó aire y empezó a andar. Contó nueve pasos hasta que se detuvo junto a su mesa.


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Sin llaves no hay compromiso


–¿Estás bien? ¿Seguro?

Iban en un taxi. Eran dos muchachas y ambas estaban muy bebidas. Una de ellas, María, ya había vomitado un par de veces antes de que su amiga Sarah decidiera irse a su casa. Repitió la pregunta, dudosa de si la habría escuchado.

–¿Pero estás bien?

Sarah la miró. Estaba pálida y tenía los ojos brillantes. Hizo un amago de sonrisa al contestar.

–Ojalá.

Las dos se echaron a reír. El taxista las observó por el retrovisor, pensando que la juventud se perdía y desperdiciaba en esas noches de alcohol y risa floja. Ninguna percibió su mirada de desprecio y, más profundamente, de envidia.

–Pero… ¡joder! Joder, joder, joder…

–¿Qué? ¿Qué pasa?

Sarah rebuscaba en su bolso lloriqueando con manos aceleradas.

–Que no tengo las llaves, joder. Que no tengo las llaves… las tiene Pablo.


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