SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

La última noche del asesino parte 1


1

Estaba sentado en el charco formado por la sangre de mi más reciente victima  cuando recibí una llamada en el celular. Era Roy (lo más cercano que tengo a un jefe). Me tenía aun nuevo “cliente”. Dije que sí, que cuando tenía que hacerlo y colgué. Realmente no planeaba hacer otro trabajo. Ya había tenido suficiente.

Alicia Winters, mi última víctima –una hermosa joven neoyorquina de unos 21 años, eso creo– me miraba con unos hermosos ojos castaños con esa fijeza y languidez que yo ya había visto muchas veces.  Su cabello negro  ahora era rojo, rojo sangre.

“¿Quién es usted?”, había preguntado ella, que en ese momento estaba caminando por su apartamento con una copa de vino en su mano, cuando abrí la puerta de su apartamento de una patada. Era un buen apartamento. Estilo art decó, o alfo así, en un edificio de lujo.  Rica e independiente.  Una bella heredera de millones. No era su culpa, pero que se le iba a hacer.


Necesita mejorarRegularBuenoExcelenteObra Maestra (¡Vótame!)
Loading ... Loading ...

La última noche del asesino parte 2


Entré tranquilamente y dije en recepción que venía a buscar a una amiga, que no, no necesitaba ayuda, que sabia en que habitación estaba, gracias. Me dirigí hacia el ascensor y cuando estaba a unos metros de encamine él, las puertas se abrieron y aparecieron dos botones riendo y charlando. Me sonrieron y yo les devolví la sonrisa. Todo seguiría igual para ellos.

Bien, manos a la obra. Con los años y la práctica me había hecho un experto en abrir cerraduras, así que abrir la minúscula cerradura que le daba acceso al ascensor a los últimos pisos (las suites más lujosas) fue extremadamente fácil.  unos segundos después el ascensor empezaba a subir con un sacudida.

Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo, pero esta vez daba a un pasillo que terminaba en unas puertas de doble hoja. Caminé hacia las puertas con mi paso decidido habitual mientras sacaba mi arma y le colocaba el silenciador. Cuando me encontré frente a ellas las abrí de una patada (como lo haría cinco años después).


Necesita mejorarRegularBuenoExcelenteObra Maestra (¡Vótame!)
Loading ... Loading ...

“Sonríe”.


Llegué a casa después de pasar todo el día en el trabajo, y la encontré ahí, en ese rincón, cogiéndose las rodillas, y sollozando silenciosamente. Me acerqué.
-¿Qué te pasa? -estaba preocupado. Ella negó con la cabeza, sin decirme nada. Insistí:
-¿Te han hecho daño? ¿Te han dicho algo? ¿Te han cogido alguna cosa?… -paré al verla sacudir la cabeza de nuevo. No se me ocurría que podía ser. Al fin habló:
-Esta mañana me he despertado… Y me ha llamado mi hermano por teléfono. Él también estaba llorando. -explicó, como si eso lo solucionara todo. La miré extrañado.
-¿Cómo? Osea… ¿No te ha pasado nada a ti? No comprendo.
Ella alzó la cabeza y me miró con esos grandes ojos negros, en ese momento tristísimos.
-¿No entiendes? ¡Intenté alegrarle, intenté consolarle, y fallé! No paró de llorar, hiciera lo que hiciera… Por eso estoy tan triste, ya sólo me queda acompañarle. -concluyó ella.
Sonreí con ternura. Qué buena e inocente era ella. Siempre preocupándose por los demás, siempre con sus seres amados, en los buenos y en los malos momentos. Le levanté la cabeza con la mano en su barbilla para obligarla a que me mirara.
-Sí, es cierto que la mejor manera de alegrarte es intentar alegrar a alguien, pero, aunque acompañar a alguien en su tristeza es un acto muy noble, no la ayudas. La mejor manera de alegrar a un ser querido si no puedes ayudarlo es ser optimista, para que te vea feliz, y entonces se alegre por ti.
Ella se enjugó unas lágrimas y soltó un suspiro.
-¿Va en serio? ¿De verdad tú crees eso?
Asentí con la cabeza y me levanté de mi incómoda posición arrodillada. Le tendí la mano, sonriente.
-Por supuesto. Vamos, iremos a merendar algo, a tomar un helado, y después de eso, cuando ya hayas recuperado tu sonrisa, iremos a ver a tu hermano para que, al igual que él te contagió su llanto, tú le puedas contagiar tu sonrisa.
Ella cogió mi mano y se impulsó para levantarse. Sonrió, aunque un poco melancólicamente.
Le tendí su abrigo y me puse el mío.
-Mejor, aunque en comparación con las sonrisas que sueles llevar tú, esa no es nada.
Ahora sonrió con malicia, y rió un poco.
-Cierto, pero es que tú nunca has sido tan bueno como yo, y la sonrisa de antes me la has pegado tú. -puse mala cara, y ella rió un poco, y me dio un beso en la mejilla.
-Gracias. -susurró, esta vez, feliz de verdad.


Necesita mejorarRegularBuenoExcelenteObra Maestra (¡Vótame!)
Loading ... Loading ...