SOPA DE RELATOS

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“A LA LUZ DE LA LUNA Y DE TUS BESOS” un regalo para una amiga,…


MEDIANOCHE

Se secó una lágrima de mis ojos.

Nació en mí uno de los sentimientos más fuertes que yo he llegado a tener en mi cabeza.

Tomé un impulso y salté al agua, presa de los nervios por volver a tenerle cerca, nerviosa por poder admirar cada gesto que en su infinita ignorancia de mi presencia él era capaz de entregar al mar.

Cuando la primera de las gotas rozó mi piel desnuda, pude sentir que la transformación era inminente.

Oleaje,…

La luna adornaba una de esas noches de verano en una de las playas más bonitas de la costa alicantina,…

Y entonces, el tiempo decidió detenerse justo en el momento en el que él decidió tumbarse en la arena cerca del agua para poder escuchar su música favorita.

Aunque no lo supiera, nos teníamos el uno al otro,…


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Todos


A veces la verdad duele, duele decirla y duele escucharla. A veces nos convertimos en testigos silenciosos del sufrimiento de los demás.

Y allí estábamos todos, el grupo de siempre, paseando por las mismas calles y haciendo las mismas cosas. Y de repente, sin saber muy bien el motivo, estábamos contemplando una escena como si fuésemos unos espectadores ante la gran pantalla.

Ella le grito delante de todos que no le quería, que nunca le había querido, que si estaba con él era porque se sentía bien a su lado. Pero que aún sentía algo por el otro chico con el que estuvo y que tanto daño le había hecho. A veces me pregunto si el dolor es consentido, como un niño caprichoso y malcriado, que coge una rabieta para llamar la atención y conseguir lo que quiere. Por qué bailamos al son de los demás y dejamos que jueguen con nuestros sentimientos.


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De cómo las ansias de libertad nunca traen nada bueno.


Samantha Disaster nació en un pequeño pueblo del interior de Estados Unidos, resultando ser una niña algo marimacho y alocada y una adolescente infantil y rebelde que finalmente, se transformó en una joven con complejo de Peter Pan.
Una chica de dieciocho años menuda, delgaducha, de carita aniñada y ojos redondos de un color negro violáceo muy llamativo, y piel rosada y pecosa. Llevaba ropa de corte roquero, cortada, rajada, de colores oscuros, y su pelo naturalmente negro teñido de un color morado más llamativo si cabe.
Sus padres, una respetable pareja del pueblo, terminaron desesperados por su conducta y actitud, y no se interpusieron en lo más mínimo cuando la pequeña Sam anunció su marcha a la ciudad más próxima, Sunshine Valley, donde, según sus propias palabras, “realizaría su sueño de convertirse en estrella de rock”, tras un pequeño altercado con la policía, donde se vieron implicados toda la pandilla de amigos de Sam. Alcohol y jóvenes en una plaza de un pueblo pequeño a las cinco de la madrugada, ya se sabe.
Volviendo a la historia de cómo las ansias de libertad (de esta chica en concreto. Las ansias en libertad de los demás no tienen por qué conllevar implícitamente el desastre) nunca traen nada bueno, Sam cogió su ropa, algo de dinero de los cumpleaños, la vieja furgoneta, y su guitarra, y se fue a vivir a su famoso primer piso en Sunshine Valley.


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Con una lágrima en la cara


La vida, de vez en cuando, te enseña que las cosas no son tan difíciles como parecían en un primer momento.

Añoro los momentos de risas en los que la soledad no era más que un mal recuerdo, pero me han dicho que he de madurar para poder hacerme mayor.

Lucho porque se me vea como uno más en una sociedad mediocre, y todo ¿para que?

Si soy sincero, no me voy a hacer más que daño si dejo que mis sueños sean rotos por un par de cabrones hijos de puta.

Y como no quiero sufrir, voy a ponerle una sonrisa alegre a la vida y voy a maquillar todos esos momentos malos que me toca vivir día a día,semana a semana, y así, durante dieciséis fatales años, remarcando con más consideración la fatídica adolescencia que me pasa factura poco a poco.


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A la luna


A lo mejor resulta un poco simple, pero espero que sea de vuestro agrado.

La luna se balanceaba en el cielo;

desnuda, cubierta de heridas.

Melancólica, una tonada cantaba.

Su piel de blanco refulgente

iluminando, sin saberlo,

los ojos de esta expectante alma.

Este insignificante humano

que aún recuerda,

que aún siente.

Permíteme que te pregunte,

hermosa luz de marfil,

del cielo y de mis sueños pendida,

si hace frío allí arriba.

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En algún lugar




En algún lugar que solo tú y yo conocemos, que solo tú y yo amamos.

En aquel sitio en el que ocurrió nuestro primer abrazo, susurro o caricia,…

Un lugar especial donde los haya, con sus fallos, si, pero emotivo para ambos.

Allí donde los dos pudimos amarnos y respetarnos hasta que la luz se apagó.

La luz se apagó porque uno de los dos quiso, ese mismo que decidió que no debía luchar contra una sociedad teñida de homofobia, xenofobia y racismo.

Aquel que no se atrevió a luchar contra la marea y la corriente por un sentimiento que, por mucho que negara, al final de su vida se vio obligado a admitir que nunca había olvidado.


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La carta del adiós


He decidido escribirte, no se aún si por miedo, despecho, o como una fútil despedida.

Aún no se si te echo de menos, o es rencor lo que siento. Creo que llegado a este punto, el amor y el odio que siento por ti han quedado a la par. Apoyado sobre los labrados barrotes de mi balcón, pasé un rato mirando al exterior, intentando ver más allá, buscando un sentido al mundo. ¿Pero sabes qué? No encontré nada.

Creo que soy una calamidad. Que sin ti no me queda nada por lo que vivir, y contigo sufro. Que si te tengo delante no puedo ni siquiera levantarte la mirada. No me queda nada.

Pero siendo sincero, estoy más sereno de lo que creía. No siento tristeza, ni por mí, ni por ti. No siento nada absolutamente. Mi interior es un vacío inescrutable. Posiblemente este estado no dure mucho, me parece antinatural, así que debo hacerlo ya.


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QUIERO


Quiero ser tu principio y tu fin.

No quiero que haya nadie más en nuestras vidas.

Deseo morir de tu mano, y levantarme para acariciar tus lindos labios.

No quiero existir si tú no estás.

Escúchame y me comprenderás.

Dame la mano y ven a descubrir conmigo un mundo nuevo.

Deja que te susurre al oído lo que el lobo le dijo a la luna…

Si tú me dices que espere, yo te esperaré.

Hagamos de cada día el último que nos queda por vivir.

Nademos en un universo paralelo en el que no importe el qué dirán.

Quiéreme con pasión, ternura y amistad.

Ámame, y prometo no olvidarte nunca,…

Quiero que seas mi alfa y omega en esta vida, y sólo tú puedes conseguirlo,…

Porque te quiero,…”

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GEARS: CAPÍTULO 12, FINAL DE LA SAGA


 (ATENCIÓN: ÉSTA ES LA ÚLTIMA PARTE DE UNA SAGA, SI NO HAS LEÍDO LO ANTERIOR NO VAS A ENTENDER NADA. PARA ACCEDER A LOS CAPÍTULOS ANTERIORES HAZ CLICK AQUÍ)

Gear acababa de escuchar la historia y no sabía cómo sentirse, le dolía la cabeza y los músculos apenas le reaccionaban. Este hombre tenía razón, él era la persona de la que le hablaban, todo encajaba, el ser capaz de ver el funcionamiento del mundo, el no recordar su pasado y el que se hubiese visto en una foto de hacía tantos siglos… él era el ejecutor.

En el momento en que Gear se dio cuenta de eso, un calor surgió en su interior, lo identificó como una furia, una sensación de querer destruir a ese hombre y lo que representaba… una sensación de hacer lo que se esperaba de él…


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De nadie


Frente al espejo aparece la silueta de un cuerpo desnudo en perfecta inarmonía, lleno de pequeñas marcas que simbolizan las batallas perdidas. Y a cada paso que da, va dejando tras de sí la piel que antes le cubría, para dejar paso a la cicatrices de los recuerdos.

A veces fuerte, a veces débil, pero es la debilidad la que se va deslizando, desquebrajando cada poro de la piel para terminar como un cristal roto en mil pedazos.

Cada abrazo recibido, cada beso anhelado, cada lágrima derramada, cada caricia sentida, cada palabra susurrada, debilitan aún más un cuerpo frágil hecho para sentirse diferente.

Y al contemplarlo en silencio se va recordando un pasado que tal vez formaba el camino para llegar el presente o nada fue como tenía que ser, quizás nadie fue capaz de ver lo que con tanto esmero trataba de ocultar.


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1. Siempre igual.


Sam llegó a su casa dando una patada a la puerta de su roñoso apartamento, tras subir cinco pisos de unas mugrientas escaleras de linóleo de un color verdoso que nunca le gustó, y sin más, se derrumbó en el sofá, tapizado con una tela áspera de un diseño parecido al tartán. Frotó sus pies el uno contra el otro para sacarse las Converse negras reventadas con dificultad, dejándolas caer al suelo con un ruido sordo, y con algo más de delicadeza, dejó su guitarra eléctrica, con estampado de piel de cebra, también en el suelo.
Había sido un día de mierda.
Soltó todo el aire, desesperada. Por la mañana, al sonar su móvil como despertador, lo había apagado medio en sueños, dispuesta a despertarse al cabo de un rato. Por desgracia, la noche anterior había estado rondando hasta las tantas, por lo que se quedó dormida, y, tras salir pitando de casa sin desayunar (sin sus cereales azucarados de la mañana, Sam Disaster no era persona), llegó con un petardeo de su vieja camioneta al trabajo, donde su jefe, como siempre, le echó bronca, y, aprovechando que llegaba tarde, la despidió.
Por si no fuera poco, al salir de su ex-trabajo, su camioneta se caló, negándose rotundamente a arrancar. Sam tuvo que andar 5 km hasta llegar a su casa, bajo una fina y oportuna lluvia.
Y por último, el colmo.
Al llegar a su bloque, donde vivía sola, su casera, una vieja gruñona de la que cuyo nombre nunca se acordaba, le dijo que mañana mismo debía estar fuera. Ya no le atrasaban más el pago del mes de alquiler.
Se dio la vuelta en el sofá hasta quedar con la cabeza hundida en el sucio y viejo olor del duro colchón, donde tuvo una de sus míticas pataletas.
Hasta que, milagrosamente, una carta salvó su vida de un ahogamiento por chillar demasiado seguido a causa de la frustración.
Un sobre blanco, pulcro y limpio, que cayó con suavidad a través de la rendija del correo. Sam levantó la mirada de pronto al oír el suave sonido del papel contra el suelo de linóleo. Observó escépticamente el sobre un instante, hasta que finalmente se levantó del sofá perezosamente, refunfuñando, y despeinándose la mata de pelo morado.
Una vez cogido el sobre, se echó en el sofá de nuevo, con cuidado de no dar con la cabeza en el reposabrazos de madera.
-Vaya… ¿Quién demonios puede llamarse Lara Lovely y no haberse cambiado el nombre a estas alturas? -rió cuando leyó el remite. -Oh, y encima vive en la Avenida del Olmo, será pija la tía…
Rasgó el sobre blanco con una de sus largas uñas pintadas de negro o azul oscuro, no lo recordaba, y se dispuso a leer el contenido, cuando una melodía de rock la distrajo. Su móvil.
Se estiró por encima del sofá para coger su móvil, una antigualla con pantalla en blanco y negro que se resistía a morir y darle una excusa para cambiárselo, y lo descolgó.
-No, Vince, no quiero saber nada sobre lo que pasó ayer. -empezó ella cortando lo que fuera que su amigo iba a decir.
-Joder Sam, siempre estás igual. ¿Me harás el favor de dejarme hablar? -suspiró él exasperado. -Son buenas noticias. Y ayer no pasó nada que yo sepa; bebiste tanto que ya ni te acuerdas y quieres asegurarte, ¿no es eso?
Sam bufó, asqueada.
-Vale, sí, lo que tú digas. Buenas noticias, ¡ya, ya!
-¡No me cortes al principio y luego me des prisas, Disaster! -le advirtió Vince aparentemente antipático.
-Jooo, vaaale. Estaré calladita. -inconscientemente, Sam puso morritos. Vince suspiró al otro lado del aparato.
-Está bien, escucha, enana. Encontré una compañera de piso para ti. -Sam se incorporó de golpe en el sofá.
-¡¿Qué?! ¡¿Compañera de piso?! -se enfadó. -¡Demasiado tarde, tonto el culo, me echan ya! ¡Te lo dije hace un mes, ¿como puedes haber tardado tanto…?!
-Eh eh eh, quieta, fierecilla. ¿Me vas a dejar terminar? -Sam se calló, y Vince bufó. -Uf, si es que siempre igual. Nunca va a cambiar. En fin, el caso es que la chica en cuestión, Lara, es la hermana de un colega de un colega mío… Bueno, les di detalles de donde vives y tal, y como la señorita tiene casa ya, me ofreció para ti quedarte a vivir en su casa, pagando la mitad del alquiler que pagas ahora. Supuse que te gustaría la idea, la casa es bonita y tal…
-Espera, ¿una casa? -Sam aplaudió satisfecha. -¡Eres genial, Vinnie! Voy a hacer las maletas y… Espera, ¿cómo se llama la tía? ¿Y dónde vive? ¿Y…?
-¡Por Dios Sam!
-Lo siento.
-Se llama Lara Lovely, y vive en una casita de la Avenida del Olmo creo… Sea como sea, heredó la casa de su abuela hace poco, así que está buscando alguien con quién compartir esa casa tan grande como para uno. Pero Sam, hay una pega y…
-¡Dios! ¡Lara Noséqué! ¡La tipa de la carta, estupendo! De hecho estaba leyéndola justo cuando tú me interrumpiste y tal, pero da igual, Vinnie, ¡te per-do-no! -canturreó.
-Sam, me alegro de verte tan contenta, pero te repito que hay algo que debes saber antes de aceptar tan felizmente y es que…
-Uy, se me acaba la batería. Bueno, da igual Vince, no será tan importante, iré a hacer las maletas y luego hablamos, ¿vale? ¡Chao-chao!
-¡Sam! -la chica colgó alegre, sin preocuparse lo más mínimo por lo que fuera que Vince tuviera que decirle. Miró la carta perezosamente. Bueno, ya la leería más tarde. El caso era que ya tenía sitio donde dormir esa noche. Y la dirección ahí anotada.
Una vez recogidas sus escasas pertenencias en una pequeña maleta y una mochila aun más pequeña, Sam salió de su viejo piso sonriente.
La portera malhumorada miró despectivamente a su ex-inquilina, menuda, pecosa y con look roquero, que se despidió alegre con un gesto considerado ampliamente obsceno.


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