De cómo las ansias de libertad nunca traen nada bueno.
Samantha Disaster nació en un pequeño pueblo del interior de Estados Unidos, resultando ser una niña algo marimacho y alocada y una adolescente infantil y rebelde que finalmente, se transformó en una joven con complejo de Peter Pan.
Una chica de dieciocho años menuda, delgaducha, de carita aniñada y ojos redondos de un color negro violáceo muy llamativo, y piel rosada y pecosa. Llevaba ropa de corte roquero, cortada, rajada, de colores oscuros, y su pelo naturalmente negro teñido de un color morado más llamativo si cabe.
Sus padres, una respetable pareja del pueblo, terminaron desesperados por su conducta y actitud, y no se interpusieron en lo más mínimo cuando la pequeña Sam anunció su marcha a la ciudad más próxima, Sunshine Valley, donde, según sus propias palabras, “realizaría su sueño de convertirse en estrella de rock”, tras un pequeño altercado con la policía, donde se vieron implicados toda la pandilla de amigos de Sam. Alcohol y jóvenes en una plaza de un pueblo pequeño a las cinco de la madrugada, ya se sabe.
Volviendo a la historia de cómo las ansias de libertad (de esta chica en concreto. Las ansias en libertad de los demás no tienen por qué conllevar implícitamente el desastre) nunca traen nada bueno, Sam cogió su ropa, algo de dinero de los cumpleaños, la vieja furgoneta, y su guitarra, y se fue a vivir a su famoso primer piso en Sunshine Valley.







